- Hace aproximadamente doce años, mucho antes de que me conocieras, coincidí con unas chicas un tanto peculiares cuando aún asistía a las clases del instituto. Por aquel entonces sólo tenía dieciséis años y cursaba 3ºBUP. Aquel año había llegado nueva al centro y no conocía a nadie por lo que estas muchachas constituyeron lo que se puede denominar mis primeras amistades. Al principio solo eran dos pero con el paso del tiempo se unieron tres más y, junto conmigo, formábamos una pandilla en donde el sentimiento de la sinceridad y la franqueza ondeaban por encima de todo lo demás. Era muy feliz y me divertía mucho con ellas, pero esa felicidad no tardaría mucho tiempo en abandonarme…
Con mis ojos clavados en los suyos y la respiración algo agitada ya me temía lo peor. No entendía por qué a una chica como Lidia tenían que pasarle estas cosas. A continuación ladeó ligeramente su cara y con un semblante apagado y lloroso, que en ningún momento intentó disimular, hizo una pausa. Todo parecía indicar que iba a costarle sudor y lágrimas terminar de relatarme lo que se había propuesto aquella morena rizosa que cada noche dormía a mi lado. Desconozco cual había sido la razón por la cual se decidió a compartir conmigo sus palabras ni qué importancia contaba todo esto para ella pero lo que sí estaba claro es que esa mañana se esforzó hasta límites insospechados para cumplir su propósito.
- Y… ¿qué sucedió después Lidia?- la susurré mientras entrelazaba los dedos de mis manos con los suyos.
- Los estudios no representaban ningún problema para nosotras ya que las seis éramos buenas estudiantes y muy trabajadoras por lo que los retos los buscábamos en otras áreas. Áreas, de algún modo, más peligrosas y problemáticas que nunca debimos haber visitado pero que sin embargo no te das cuenta hasta que ya estás totalmente sumergido. No sé como explicártelo Fran. En la vida hay lugares prohibidos para ciertas personas, lugares que nunca deberían ser pisados porque contagian sensaciones muy fuertes de miedo y dolor. Pues bien, esas sensaciones son las que, por desgracia, experimentamos aquel veintidós de diciembre.
- ¿A qué lugares te refieres?- le pregunté sorprendido con el ceño fruncido.
- Pues a lugares sombríos y desapacibles en donde en ocasiones se pueden llegar a percibir voces de fondo que parecen sicofonías del más allá.
- Venga Lidia, no me digas que crees en todo eso. ¿Nadie te dijo nunca que esas cosas son simples fantasías?
Solo le bastó una mirada que inmediatamente catalogué como de incertidumbre e incredulidad para responderme a mi pregunta. Nunca pensé confesárselo a nadie pero a veces sentía pánico permanecer al lado de mi chica. Cuando se ponía seria perdía de alguna forma toda la dulzura y el encanto que era capaz de transmitir y se transformaba, como por arte de magia, en una joven infinitamente más austera y sobria.
- Existen muchos lugares que cumplen esos requisitos de los que hablo como bien pueden ser cementerios, bosques, sótanos o un simple armario empotrado en el que sus puertas viejas de madera ni siquiera rechinen a los oídos de nadie. Nosotras por aquel entonces buscábamos diversión y sensaciones fuertes y reunimos nuestros jóvenes corazones ni más ni menos que en un cobertizo abandonado en el que ya sabíamos de antemano que sucedían fenómenos misteriosos. Deseábamos comprobarlo, apreciar con nuestros propios ojos de qué se trataba eso que la gente no paraba de repetir. Yo, particularmente, estaba convencida de qué no iba a suceder nada extraño ni fuera de lo normal mientras perdurara nuestra estancia allí, porque pensaba que todo eso eran simples y llanas fantasías como bien tú has comentado hace un momento, pero me equivoqué. Allí dentro tuvieron lugar los hechos más insólitos y sobrecogedores que nunca jamás hubiera podido ni imaginar. Carecíamos de tablas guijas o cualquier instrumento necesario para contactar con espíritus o seres de otras naturalezas mucho más oscuras pero es que apenas nos hizo falta.
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