domingo, 27 de febrero de 2011

Las niñas del desván (14)

No podía creer lo que brotaba de los labios de aquel ser. No podía ser real. Tenía que hacer algo si de verdad quería salvar mi vida de las garras de aquellas miserables y perversas máquinas de matar. Ya sin tiempo para reaccionar aquel ser me dedicó sus últimas palabras que penetraron en lo más profundo de mi mente.

-          Bueno cariño, ha llegado tu hora. Dale recuerdos a tu padre y muchísima suerte en tu nueva vida porque estoy seguro de que la necesitarás.- me susurró al oído mientras me aprisionaba el cuello con su mano izquierda.

En ese preciso instante sólo pude apreciar puntitos rojos, brazos retorciéndose sin parar y espuma brotar de sus repugnantes y asquerosas gargantas, hasta que por fin levantó su brazo derecho, el más largo y feo que había visto hasta la fecha, y agarrando aún con fuerza el cuchillo intentó clavármelo con todas sus fuerzas pero en ningún momento el arma tocó mi piel...

Ha sido sin lugar a dudas la peor pesadilla que tuve jamás. Esa misma noche de finales de marzo Mario y Beatriz intentaron por todos los medios tranquilizarme, no obstante no les resultó tarea fácil. Estaba sudando y respiraba ruidosamente y con notable agitación como si durante el sueño me hubiese olvidado de respirar. No reuní el valor necesario para contarles que es lo que en realidad soñé pero les advertí que bajo ningún concepto pisaren el suelo de ese puto desván porque tarde o temprano iba a acabar con cada uno de nosotros. Me miraron sorprendidos pero al final acabaron jurándomelo por lo que ellos más quieren y aún conservan, sus propias madres.

Al principio cuando cerraba los ojos los primeros días a la pesadilla se me aparecían diminutos puntos rojos sobre un fondo oscuro pero a medida que pasó el tiempo estos disminuyeron hasta que por fin un día desaparecieron todos y ya nunca más volví a pensar en ese dichoso mono al que hacía referencia mi padre. Con el tiempo seguía oyendo intervalos de ruido mezclados con otros de silencio al tumbarme en mi cama justo antes de conciliar el sueño pero ya no le daba tanta importancia como antes. Es más ya no sentía miedo. Me había convertido en una persona inmune, como deseó toda la vida mi difunto padre.

En la actualidad ya no vivo en esa casa que tan malos recuerdos me causó sino que me mudé a cientos de kilómetros de distancia para comenzar una nueva vida rodeado de personas que valen la pena de verdad. Por cierto continuo viviendo con Mario y con Bea, mis dos mejores e inseparables compañeros, y los tres seguimos compartiendo historias de terror por las noches al resplandor de otra chimenea sin nunca más volver  a hacer algún tipo de alusión a mi antigua morada y más en concreto, a ese desván que por lo menos a mí me llevó por el camino de la amargura durante todos estos años.

Las niñas del desván (13)

Desde mi posición podía distinguir más ojos rojos al fondo, detrás de viejas estanterías y de bultos tapados con sábanas cubiertas de polvo. Había doce o trece en total y todos ellos transmitían la misma sensación de estremecimiento. Pero cuando me di cuenta de que aquel no era mi lugar, cuanta razón tenía mi padre, ya era demasiado tarde. En aquel polvoriento desván siempre lo fue. Ya no había marcha atrás. Me rodearon clavándome esos condenados ojos y en mi mente el mono consiguió tumbarme y ya se estaba disponiendo a sentarse encima de mi pecho desnudo mientras Mario y Bea compartían carcajadas y gestos de felicidad. Pero... ¿qué demonios hacían ahí? Bueno, eso ya no importaba. El caso es que desobedecí los sabios consejos que mi padre me había ofrecido tiempo atrás y ahora pagaría por ello. 

-          No tienes por qué preocuparte. Nosotras cuidaremos de ti, justo lo que no consiguió cumplir tu padre. Te voy a contestar una por una a todas las preguntas que te surjan y después nos acompañarás. ¿De acuerdo, pequeño?- la voz ya no tenía ni punto de comparación con la de mi madre. Ahora parecía la de una máquina.- En primer lugar quiero que sepas que yo sigo siendo tu madre aunque no me reconozcas por mi aspecto físico. En segundo lugar no te preocupes por tus amigos, Mario y Beatriz, porque están sanos y salvos lejos de aquí. Esto no va con ellos, es un asunto de familia, ¿no te parece, corazón? Y, por último, todas estas preciosidades a las que tengo el gusto de acompañar no son ni más ni menos que viejas compañeras mías de colegio que, por desgracia, fallecieron por diferentes causas a lo largo de estos últimos años. No tienes por qué desconfiar de ellas. Te lo dice de todo corazón, tu madre.
-          Solo tengo una pregunta más que hacerte y espero que seas sincera. ¿Qué pretendes hacer conmigo?- la pregunté en medio de una oscuridad solo rota por diminutos puntitos rojos rodeándonos.
-          Esa es la pregunta del millón, pequeño.- en ese preciso instante dio cinco pasos y se me acercó a escasos centímetros de mi piel. Era el monstruo más horrible que había visto jamás. Llevaba algo en su mano derecha pero no pude distinguir de que se trataba hasta que me lo puso a la altura del cuello. Un cuchillo, un enorme cuchillo de cocina de grandes dimensiones. Noté como los puntitos rojos cada vez estaban más cerca y como aparecían más aún al fondo del desván. Ahora ya se podían contar por decenas.- Escúchame hijo, quiero que me prestes toda la atención posible en estos momentos. Seré breve. La culpa por la que yo misma fallecí no la tuvo esa enfermedad tan extraña que conociste, sino tu padre. Él ha sido el único responsable de que yo me marchara al otro barrio y también de que me encuentre ahora mismo enfrente tuyo en el desván de nuestra propia casa con un cuchillo amenazando a la persona que más he querido en el mundo. Él me mató y ahora he venido con todas estas cómplices para vengarme, pero cual ha sido mi sorpresa cuando en vez de encontrarle a él aquí arriba te encuentro a ti. Pensaba que nunca  reunirías el valor necesario para subir hasta aquí pero ya veo que estaba confundida. Me has demostrado que ya te has convertido en un hombre, hijo, como tu padre y como a él no le puedo asesinar consumaré mi venganza contra tu propia carne. Al fin y al cabo contáis con la misma sangre, ¿no es así?

Las niñas del desván (12)

En realidad nunca debí haber pronunciado esas palabras. O por lo menos en el tono en el que lo hice. En ese mismo instante todo sufrió un giro brusco. El aire que respiraba se tornó como por arte de magia mucho más pesado, el resplandor de la linterna se debilitó con timidez y, como no, el rostro de aquella niña se transformó por completo. Ahora ya no era tan dulce. Sus ojos se tiñeron de un rojo muy intenso, su mirada era mucho más diabólica que antes y la sonrisa que desprendía ya no tenía nada de encantadora. Es más, era aterradora como toda ella. Me lo tenía que haber imaginado desde un principio. Además las trenzas desaparecieron y toda su larga melena rubia quedó suspendida en el aire como si bailase al son de una danza muy peculiar. La misma danza que siempre me causó pánico y que me tenía en vilo noche tras noche sin poder hacer nada por evitarlo. Ha sido entonces cuando levantó su brazo derecho, aún con el frasco entre sus dedos, ahora convertidos en asquerosas y mugrientas garras con uñas sucias y afiladas y, con sus ojos clavados en los míos,  comenzó a pronunciar una serie de palabras en latín. Desde mi posición no lo distinguía con claridad pero el líquido que aún permanecía en el interior del recipiente de cristal empezó a burbujear y a temblar agitando a su vez la garra de un lado hacia otro con una fuerza que daba la impresión de ser sobrenatural. Ante tal espectáculo retrocedí un par de pasos hasta que me topé con algo blando que se encontraba justo a mis espaldas. No obstante era incapaz de desviar la vista de aquel ser que poco a poco seguía con su terrible transformación. Ya medía más de dos metros de altura y su piel continuaba sufriendo las impredecibles erupciones y sarpullidos alterando su aspecto en otro infinitamente más agresivo y provocador. La luz de la linterna ya apenas alumbraba a medio metro de distancia pero mis ojos se fueron adaptando, de forma paulatina, a la oscuridad, por lo que seguía viendo todo lo que allí acontecía hasta que llegó el momento en el que el envase de cristal se rompió en mil pedazos derramando todo su contenido por el abandonado y polvoriento suelo del desván. Ese ha sido el momento que elegí para tirar las dos canicas que llevaba en el bolsillo derecho por el hueco de la escalerilla para de esa forma avisar a Bea de que me encontraba en serio peligro. Sin embargo algo dentro de mí no paraba de repetirme que Beatriz al igual que Mario me había abandonado. Cuando por fin me desprendí de la linterna y me giré para comprobar con qué había chocado, el corazón me volvió a dar otro vuelco más. Y ya eran muchos. Era otra niña y, probablemente en otros tiempos otra madre, comenzando su metamorfosis para lograr convertirse en un ser cruel y maligno como lo era ya la niña que intentó hacerse pasar por mi madre. Ésta última hacía cosas tan repugnantes y odiosas como su compañera de pesadilla, como desprender espuma blanca por la boca o enroscar y desenroscar sus alargados brazos produciendo auténticas espirales de terror. Lo cierto es que las cosas se estaban empezando a poner muy feas y cada vez tenía menos esperanzas de que Beatriz o Mario apareciesen en cualquier momento.

Las niñas del desván (11)

La niña se llevó su mano hacia su bolsillo derecho y la introdujo en él. Ya me temía lo peor. Intuía que iba a sacar un gran cuchillo de cocina y que se lo clavaría a su propio hijo en el cuello o en el mismísimo corazón no sin antes haberle explicado con todo lujo de detalles que era lo que había hecho con Mario y que era lo que tenía pensado hacerle a Beatriz instantes después. Sin embargo, me equivoqué. Extrajo un pequeño frasco en el que parecía contener colonia o alguna fragancia afrodisiaca y me lo mostró mientras me explicaba que era el líquido que en realidad descansaba en su interior. Una vez más sus palabras me recordaron a mi madre y me volvieron a atrapar. Me dijo que eran mis propias lágrimas y que las guardaba con mucho cariño. Justo lo que años atrás me había comentado mi padre.

-          Así que todo era cierto, no se lo había inventado él para consolarme.- pensé.
-          Por supuesto que no lo hizo para consolarte corazón. Toma, mira, aquí tienes el frasco para que veas que era verdad.- me contestó la muchacha de ojos verde esmeralda y sonrisa traviesa.

Sorprendente. Tenía la asombrosa capacidad de leer mi pensamiento como si tal cosa. Cada vez se me parecía más a un indeseable monstruo que a una tierna y dulce niña de nueve años. Me tenía total y completamente prisionero a las órdenes de su gran repertorio de habilidades sobrenaturales de las que presumía constantemente. Pero no podía dejarme seducir tan fácil por una cría por lo que reuní fuerzas, carraspeé y la empecé a pedir explicaciones.

-          ¿Quién coño eres?, ¿qué has hecho con Mario?, ¿quién son todas estas crías que te acompañan?...
-          Eh, tranquilo pequeño. Relájate. Te lo contaré todo. En el fondo somos madre e hijo, ¿no?
-          Tú no eres mi madre, mi madre está muerta así que dejar de hacer el paripé. Todo esto es estúpido.- la repliqué notablemente cabreado.

Las niñas del desván (10)

Era cierto. No mentía. Veintiocho de marzo, el cumpleaños de mi madre. Pero, ¿cómo era posible que lo supiera? Sin ninguna duda aquí había gato encerrado. Alguien se lo había dicho tiempo atrás pero quién y quizá lo más importante de todo, por qué. Las incógnitas comenzaban a formar una pequeña montaña al mismo tiempo que el dichoso simio ya se encontraba a veinte centímetros escasos de mí y me estaba estrechando la mano, sin embargo, algo me decía en mi interior que si por alguna razón me atrevía a estrecharle la mano a aquel mono estaría perdido. Todavía conservaba la linterna en mi mano derecha pero ya apenas me fijaba en la proyección de la luz sino en la forma que esa cosa hubiera adoptado a mis espaldas. Con grandes dosis de valor empecé a girar sobre mí mismo con el fin de descubrir de una vez por todas quien se encontraba detrás de todo esto, quien me había hecho sufrir durante estos últimos años y, por supuesto, quien me impedía dormir en mi propia casa. Solo sabía que la respuesta a todas esas preguntas tenía voz de mujer y más en concreto de mi madre, que en paz descanse. Cuando por fin me di la vuelta y la enfoqué con la linterna no daba crédito a lo que veían mis ojos. Era una niña de unos nueve años, muy parecida a la que me había parecido ver antes, con unas trenzas muy graciosas, ojos verdes y una sonrisa de oreja a oreja la cual llamaba mucho la atención. Estaba vestida con un traje de flores estampadas que le llegaba hasta más debajo de las rodillas y que a su vez le hacía juego con un collar y una pulsera. A primera vista no caí en la cuenta pero segundos más tarde cuando volví a clavar mis ojos en los suyos me percaté de quien era en realidad. Se trataba de mi difunta madre cuando no era más que una muchacha. Había pasado mucho tiempo observando retratos de ella junto con mi padre en el salón y la conocía bien. La reconocería entre un millón, sin lugar a dudas. Lo cierto es que tenía infinitas preguntas que formularla pero en aquel instante se me quedó la mente en blanco. No sabía qué hacer ni qué decir, solo era capaz de respirar con cierta agitación y no quitarle la mirada de encima como si hubiese visto un fantasma. Bueno, en realidad aquella niña era el fantasma de mi madre, no obstante, yo no quería verla como un fantasma sino como una cría normal y corriente.

-          Hoy es veintiocho de marzo, el cumple de tu mamá, ¿no le tienes preparada una sorpresa a tu madre?- me susurró.

De mis labios no brotó ni una palabra, solo silencio, por lo que ella continuó.

-          Pues yo si que le he traído una pequeña cosita a mi hijo para que no se entristezca y para que recuerde a su madre como una gran mujer.

Las niñas del desván (9)

Contra todo pronóstico me animé a dar un par de pasos más muy atento y expectante a todo lo que pudiera suceder y fue entonces cuando por fin, aunque de una forma muy vaga, distinguí algo al fondo. Era una sombra detrás de un viejo sillón envuelto en plásticos y cubierto de abundante polvo. Una sombra de lo que a primera vista parecía... ¡Dios mío!, se trataba de una niña. Una niña de unos ocho o nueve años se encontraba inmóvil a siete metros de distancia. No cabría la menor duda, sin embargo no me estaba mirando a mí sino que se encontraba de espaldas y con la cabeza ligeramente desviada hacia abajo y hacia la izquierda como examinando algo extraño que se encontró a su paso. Mientras la observaba desde ahí otra sombra aprovechó para avanzar un par de metros y volver a detenerse detrás de una vieja estantería de libros muy mal conservados. Por un momento me dio la impresión de que estaban jugando al escondite en el desván de mi propia casa sin pedirme ningún tipo de permiso ni nada y yo les había descubierto. O les había molestado. Esta última idea se me clavó en el corazón con tanta fuerza que hasta llegó a conseguir ponerme los pelos de punta. En un principio ya podía constatar que ahí arriba vivía gente, gente de carne y hueso, es decir, que no comenzaba a volverme loco como en más de una ocasión llegué a pensar. Y también caí en la cuenta de otra cosa más, no les daba ningún tipo de reparo o vergüenza corretear de un lado hacia otro en mi presencia como si no me tuvieran respeto. Lo que sí estaba claro era que Mario no daba señales de vida y eso ya me empezaba a preocupar.

La situación en la que me mantenía inmerso era tan impredecible que cualquier cosa podía pasar a unas velocidades de vértigo. Y así ha sido como realmente sucedió. En aquel fatídico instante de mi vida pude comprobar con mis propios ojos que todo viajaba a gran velocidad. Bueno, casi todo porque mis acciones, mis pensamientos y mis reflejos mantenían el mismo ritmo que de costumbre. Bajo aquel techo y en aquellas circunstancias un ritmo bastante torpe y parsimonioso. Inmediatamente después noté como alguien yacía a mis espaldas a escasos centímetros de mi piel contagiándome todo un cúmulo de escalofríos que no hacían otra cosa más que atravesar mi cuerpo. Un cuerpo cada vez más débil y vulnerable. No había oído ningún ruido ni de movimiento ni de ligeras carcajadas ni de nada. Se había desplazado en el más absoluto de los silencios y ahora, ahí seguía, conservando una posición y respirando un aire que no tenía por qué respirar. El dichoso mono volvía a ocupar un gran espacio en mi mente como si quisiera entrar por todos los medios y quedarse en ella para siempre pero yo luchaba por apartarlo de mí.

-          Hola corazón, ¿cómo estás?, ¿va todo bien por aquí?- me dijo aquel ser en un perfecto castellano.

 ¡Dios mío!, aquellas palabras..., aquella voz... ¡era mi madre! No cabía la menor duda. Hacía ya mucho tiempo que nadie me hablaba de una forma tan dulce y cariñosa como antaño lo solía hacer ella. Me apostaría cualquier cosa a que aquella voz era inconfundiblemente la de mi madre. Pero... ¡era imposible!, ella estaba...

-          ¿Qué pasa pequeño?, ¿no le vas a dar dos besitos a tu madre el día de su cumpleaños?- volvió a decirme aquella voz que ya me resultaba muy familiar.

Las niñas del desván (8)

A decir verdad jamás había subido al desván a por algo bajo ninguna excusa, ni cuando solo era un crío, por lo que no sabía con qué me iba a encontrar una vez hubiera encendido la linterna que aún reposaba en mi bolsillo izquierdo. Acto seguido de pensar de nuevo en ese mono que continuaba acercándose hasta mi posición y que cada vez me daba más miedo, conseguí introducir mi mano zurda, notablemente temblorosa, en el bolso y coger uno de los muchos regalos que me había hecho mi padre hacía años. Era amarilla, pequeña y manejable pero no por ello desprendía un haz de luz poco intenso. En absoluto.

Mi cabeza seguía dando vueltas y más vueltas al tema imaginando y dando forma a uno de los seres más inmundos y repulsivos, el cual con gran probabilidad yacería acechando agazapado como cualquier asesino en serie con un amplio historial de antecedentes tras sus espaldas. Y saltaría como un resorte en el momento más inesperado produciéndome a parte de un gran susto la muerte instantánea. Así y no de otra forma era como mi novato cerebro había escogido un posible destino para mi vida e intentaba transmitírmelo constantemente, sin embargo yo continuaba ignorándolo como si de verdad se tratase de una posibilidad realmente absurda e irracional.

Con la linterna encendida ahora ya en mi mano derecha, los pelos como auténticas escarpias y los ojos clavados al frente pestañeando solo lo imprescindible pisé por primera vez en mi vida mi propio desván. En un primer instante no percibí nada que me resultase extraño, si bien es verdad que desde la posición en la que me encontraba era francamente imposible poder distinguir con claridad lo que uno se hubiera propuesto. Pero yo insistía, forzando la vista hasta límites insospechados, en lograr ver algo sin dar ni un paso más. Algo dentro de mi cabeza me aconsejaba que ni se me ocurriese avanzar otro poco porque llegaría un momento en que resultase demasiado tarde para rectificar. Todo parecía indicar que algo malo estaba a punto de suceder, no obstante aquel día no iba a permitir bajo ningún concepto que el terror en estado puro me atrapase como a menudo antaño lo hacía con mi difunto padre. Ni hablar.

Lo cierto es que no oía nada. Ni a Mario gritar o quejarse, ni los típicos ruiditos intermitentes. Nada. Es como si esa condenada buhardilla contara con la impropia habilidad de perpetrar el más riguroso y estricto de los silencios durante un periodo de tiempo indeterminado. Ese lugar repartía invitaciones a todo el que osare pisarlo para poder asistir en directo a un mundo paralelo al mundo real en el que la oscuridad y el silencio no era más que el más conseguido de los prolegómenos para lo que inmediatamente después iba a acontecer. Ese era, por lo menos, mi punto de vista sobre ese rincón aquella fría noche de marzo.

Me mantenía inmóvil, presa de la asfixiante atmósfera que me rodeaba, pero con la esperanza de que al final todo desembocara en un simple susto y los tres marcháramos de allí felices y contentos hasta nuestros respectivos hogares. Giré sobre mí mismo acompañando mi movimiento el resplandor de la linterna pero sin percibir ni la más mínima señal de vida hasta que por fin algo o alguien se decidió a desplazarse de un lado para otro de una forma tan veloz que consiguió ridiculizar de una forma y manera magistral los reflejos que por aquel entonces me acompañaban. El movimiento de lo que quisiera que fuera aquello se vio escoltado en todo momento de un leve ruido y de una especie de carcajada tan suave que me costó unos segundos hasta a mí archivarla en mi memoria como tal. El caso es que no le importaba ni lo más mínimo mi presencia y ahí continuaba de un lado para otro como si tal cosa desafiándome hasta más allá del límite que jamás hubiera imaginado que alguien en alguna ocasión rebasaría.

sábado, 26 de febrero de 2011

Las niñas del desván (7)

Lo cierto es que cuando las zapatillas de Mario desaparecieron de mi vista pensé en lo peor. Pensé en que ya nunca más le volvería a ver y tan solo esa idea bastó para que se me pusieran los pelos de punta. No sabía lo que pensaba Beatriz de todo esto pero me lo podía imaginar. Ese preciso instante en el que, cogidos de la mano, intercambiábamos respiraciones entrecortadas y miradas pensativas ha sido quizá el más largo y angustioso de todos los que abarca mi memoria. Transcurrieron algo más de diez minutos que a mí en particular me pareció hora y media y ya, sin resistir más la tensión del momento, volví a cruzar la mirada con la de Bea y la susurré unas palabras de las que aún me arrepiento en el día de hoy. No articulaba con absoluta claridad las palabras que de alguna forma brotaban de mis labios y el sudor comenzaba ahora más que nunca a cobrar protagonismo sobre mi frente. Yo sabía mejor que nadie, y estoy seguro de que Bea también, que Mario se encontraba en claro peligro y ayudarle en este momento sería lo que cualquier amigo de verdad haría. En todo este lapso de tiempo que prometía ser eterno, Mario no arrojó las canicas por el hueco, no se oía su voz para por lo menos tranquilizarnos y restar un poco de importancia a todo esto, ni siquiera volvimos a oír los ruidos de lo que aquello, fuera lo que fuese, ya nos tenía acostumbrados. Nada. Solo silencio.

-          Voy a subir Bea, no soporto más.- la dije en un tono tan convencido que hasta yo mismo me sorprendí de mis propias palabras.
-          Espera un poco más, Mario tiene que estar a punto de bajar. No es normal que se tire tanto tiempo allá arriba al no ser que...
-          ¡Qué!
-          Bueno, al no ser que haya encontrado algo sospechoso y se haya entretenido un poco, ¿no te parece?

Esas palabras estuvieron a punto de convencerme pero no lo hicieron. Los dos sabíamos que Mario no bajaría tan tranquilo por esas escaleras y nos daría una palmadita en la espalda mientras nos dijera tranquilos, todo ha sido invención nuestra, ahí arriba no hay nada. Eso no pasaría, era absurdo. En el momento en que uno se parase un momento a reflexionar se daría cuenta de que allí arriba pasaban cosas extrañas, extrañas de verdad. No había que ser un lince para caer en la cuenta de ello.

Cuando por fin me despojé de su mano un pequeño escalofrío atravesó fugazmente mi cansado y convaleciente cuerpo. El mono al que una vez hizo alusión mi padre se me estaba acercando despacio, muy despacio siempre clavándome esos ojos tan repugnantes en los míos.

-          Dios mío, cuanta razón tenía mi padre, que en paz descanse.- pensé.

Mientras me alejaba de ella, ascendiendo por esa maldita escalerilla cerré los ojos e intenté por todos los medios olvidar a ese condenado mono pero en aquel instante y bajo aquellas circunstancias prometía ser algo imposible. Sin darme la vuelta en ningún momento notaba como Bea seguía todos y cada uno de mis movimientos con su mirada con todo el interés del mundo y oía también, aunque de una forma muy vaga, apenas inapreciable, como crujía alguno de los escalones de aquella escalera. Aquella noche y bajo aquel techo todo contaba con suma importancia por lo que no está de más relatar hasta el más mínimo detalle. Cuando por fin volví a abrir los ojos ya solo me faltaban dos escalones más para poder pisar el suelo de ese desván y aunque quisiese darme la vuelta ya no vería a Bea como tuve la oportunidad de haberlo hecho hasta ahora. Nunca antes recuerdo haber conservado los ojos tan abiertos y los cinco sentidos tan en alerta como aquella vez. No quería perderme ni un solo movimiento por insignificante que pareciese porque por primera vez mi vida y la de mi mejor amigo corrían peligro.

Las niñas del desván (6)

Antes de que comenzase la ascensión habíamos planeado una pequeña pero no por ello infructuosa táctica. Teníamos las cosas muy claras y sabíamos mejor que nadie que allí arriba no tenía lugar un concurso de disfraces precisamente. Nos acechaba un peligro desconocido del que ignorábamos su magnitud sin embargo algo nos decía con machacona insistencia que era imposible escapar. Una serie de términos comenzaba a desfilar en mi mente como nunca antes lo habían hecho. Palabras como huir, peligro, pesadilla o miedo eran los principales e indiscutibles protagonistas de mi película cuyo título y guión prometía mantenerse en secreto. Mario sería el primero en descubrir la verdad, sus movimientos acordamos que fuesen lentos pero seguros y Bea le aconsejó que conservare los ojos bien abiertos a pesar de todo. Esas palabras también me servían para mí. Le dimos un par de canicas para que si en algún momento se viese acorralado las arrojase por el hueco hasta donde siempre permaneceríamos Bea y yo, cogidos de la mano, compartiendo nervios y agitadas respiraciones de una forma bastante peculiar. Y, por último le deseamos la mejor de las suertes porque de verdad la iba a necesitar. Mientras subía, yo repasaba mentalmente todas y cada una de las cosas que segundos antes pactamos. No eran muchas y en principio parecían sencillas pero cuando el terror se convierte en un mono y este se sienta sobre tu pecho, todo, absolutamente todo, pasa a un segundo plano. Ya no recordaba que el cuarto escalón estaba a punto de romperse pero si durante todos estos años soportó bien el peso de mi padre, ¿por qué no iba a soportar el de mi mejor amigo?

Cuando por fin pisó el último escalón, el corazón me dio un vuelco y noté como Beatriz me apretaba más mi mano derecha. Nunca pensé que de verdad contase con tanta fuerza. A partir de ese momento me hubiese gustado, por una parte, estar en la piel de Mario para así poder contaros con pelos y señales lo que allí arriba ocurría. Pero por otra parte no deseaba que el terror tomara las riendas de mi cuerpo. Sentía miedo, el mismo que estaba, de alguna forma, transmitiendo a Bea y, probablemente, el mismo que sintiese Mario segundos antes de vivir la experiencia más impactante, escalofriante y estremecedora de su vida. Miles de adjetivos servirían con total seguridad para describir lo que en aquellos precisos y frenéticos instantes acontecía en mi propia casa pero ninguno de ellos me serviría para conseguir vuestras acreditaciones a conocer la verdad.

Las niñas del desván (5)

Muchas veces cuando haces o dices alguna cosa no sabes en realidad explicar por qué  te has decidido y eso ha sido lo que por desgracia nos sucedió aquella fría noche de finales de marzo. No sé quien de los tres sacó el tema, ni la razón por la cual lo hizo, pero lo que sí os puedo ratificar es que el desván volvía a estar presente en mi boca y ahora también en la boca de mis más entrañables y respetados camaradas. Mario quería subir ahí arriba, no sé si para experimentar la sensación de miedo, la misma que inundaba todas y cada una de sus excitantes historias, o simplemente para zanjar de una vez por todas el asunto del desván. Bea, por el contrario, se mantenía tan cauta y prudente como siempre y ese se había transformado en el comportamiento que más me gustaba presenciar en aquellos frenéticos instantes. Sin lugar a dudas. Esa misma tarde estuvimos charlando a cerca de qué es lo que podía estar generando tanta incertidumbre y quizá lo más importante de todo, por qué. Llegué incluso a recordar algunas palabras sueltas que mi padre me había contado tiempo atrás. Expresiones nada acordes con su incrédula y suspicaz personalidad como por ejemplo que, lo que allí arriba yacía no era un oscuro y desordenado desván sino una fábrica de sustos, sustos que tarde o temprano se cobraría la vida de más de una persona. Y lo peor de todo es que no estaba muy equivocado. En absoluto.

Lo cierto es que la idea de dejar subir a Mario por esa estrecha y endeble escalerilla, en la cual crujían algunos de sus peldaños al ser pisados, no me seducía nada. Menos mal que aún me acompañaba la esperanza de estar cerca de Beatriz que con sus maduros razonamientos camuflaba a la perfección su verdadera edad. Sin embargo, aquel día la costaba mucho más analizar la situación, pensar y reflexionar, expresarse, como si de alguna forma se hubiera convertido en una esponja capaz de absorber todos los temores que una vez pasaron por su cabeza, como si ese condenado bicho que sobrevivía en el desván la hubiese poseído a su antojo al igual que una triste y apagada marioneta de plástico. Pero Beatriz era una chica muy fuerte, siempre lo ha sido, y lo intentaría por todos los medios como sin con ello le fuera la vida.

¿Quién hubiese imaginado que esa tarde noche estaba marcada con una x desde el primer momento? Prometía ser tan larga y extraña como los ruidos que no paraban de acompañarnos y de incitarnos a averiguar que es lo que ahí dentro acontecía, aunque solo fuese alzar la vista desde la calle a través del pequeño y polvoriento ventanuco. Recuerdo bien como Mario se pasó toda la tarde pensativo, Bea y yo mirábamos como lo hacía. No teníamos ni idea de qué era lo que en aquellos momentos rondaba por su cabeza, pero nos lo podíamos imaginar, por lo menos yo. Sabía mejor que nadie que uno de los deseos de mi amigo era asomar la cabeza y cotillear un poco pero las cosas no eran tan sencillas y los errores prometían pagarse caros, muy caros. La advertencia de mi padre se había convertido como por arte de magia en una inapreciable mota de polvo en un lugar tan mugriento el cual no quiero volver a recordar. Pero era necesario. Uno no puede huir constantemente de su peor pesadilla porque tarde o temprano se agotaría y esta lo acorralaría de una forma y manera magistral. Eso ha sido por lo menos lo que pensé aquella noche y quizá el único motivo por el que no prohibí a Mario pisar de nuevo aquellos peldaños de los que ya apenas me acordaba.

Ellos lo sabían todo, yo mismo fui el encargado de contarles lo de los ruidos, lo de los pequeños intervalos de silencio y cada vez que lo hacía me miraban sorprendidos, perplejos, como si se hubiesen olvidado de pestañear. Aquella noche decidimos hacer una cosa que con toda probabilidad no se me olvidará en el resto de mi vida, decidimos permanecer agazapados en mi cuarto, esperando lo que inevitablemente sucedería, ya que noche tras noche así tenía lugar. Y esperamos un rato que, a mí particularmente, se me hizo eterno hasta que por fin aquel ser comenzó a jugar a su manera con los breves espacios de tiempo emitiendo pequeños ruiditos y combinándolo a la perfección con otros de silencio. Estaba claro que aquella cosa no le gustaba el día, ya que mientras había claridad y hasta que no caía la noche lo aprovechaba para dormir o para, simplemente estar quieto. No os podéis ni imaginar cuanto tiempo me robó, obligándome a estar pendiente de cómo sería en realidad, por qué correteaba de un lado hacia otro en la oscuridad y quizá lo más importante de todo, por qué había escogido, si es que de verdad tuvo la oportunidad de hacerlo, este desván, mi propio desván. Las incógnitas eran tantas y el tiempo que disponíamos para resolverlas tan breve que Mario no resistió más la presión a la que nos manteníamos sometidos y decidió subir. Eran las doce y media de la noche y los tres sabíamos que antes o después había que enfrentarse con aquello, fuera lo que fuese.

Las niñas del desván (4)

Siempre guardaba una historia en la recámara para las situaciones más especiales. Beatriz, en cambio, no era una chica tan charlatana y extrovertida pero poseía otras facultades que iluminaban constantemente su presencia. Sabía escuchar a los demás y aprendía de los errores a pasos agigantados. Era, digámoslo de alguna forma, como nuestra profesora particular. En primer lugar escuchaba con mucha atención e interés nuestras palabras sin interrumpirnos en ningún momento y acto seguido realizaba su particular valoración. Ponía notas a todas y cada una de las historias que en esos precisos instantes pasasen por nuestras cabezas y nos revelaba como podíamos mejorarlas. Beatriz lo veía todo más fácil que la mayoría de las personas, sus notas en la escuela y su modo de pensar y actuar lo ratificaban, pero al mismo tiempo en su mente notaba como poco a poco se acercaba a lo que posiblemente fuese un límite, su límite.

-          Igual que para la mayor parte de las cosas hay un truco, siempre lo hubo. Las cosas no son blancas o negras, sino que pueden ser de muchos otros colores, simplemente debéis arrastrar vuestros pensamientos hasta lo que para vosotros os parezca más fácil. Es un poco difícil de explicar por mi parte y de que me entendáis por la vuestra pero si de verdad me habéis comprendido, reflexionar sobre ello, por favor.- nos repetía una y otra vez al resplandor de esa chimenea que aún mantenía cálida nuestra presencia.


Esos días, con el aún reciente recuerdo del fallecimiento de mi padre en la cabeza, transcurrieron sin sobresaltos ni sorpresas, asistiendo a la escuela, compartiendo mi cuarto para hacer los deberes y, como no, contándonos las historias más extrañas y a la vez asombrosas que se nos ocurrían mientras Bea hacía sus ya particulares evaluaciones al respecto. Nos lo pasábamos tan bien que el tiempo volaba ante nuestros ojos como un auténtico relámpago sin poder hacer nada por evitarlo. Por aquel entonces éramos expertos en acorralar y matar al tiempo. Sin embargo dos años después, cuando ya todo parecía que iba por el buen camino algo sucedió. Yo sabía que tarde o temprano iba a tener que enfrentarme con el bicho que acabaría por despertarse del largo letargo al que se había sometido. Esa cosa, fuera lo que fuese, se había animado de nuevo a corretear de un lado al otro del desván emitiendo a su vez una serie de ruidos muy familiares de los que ya apenas recordaba. Me volvían a acompañar las noches en vela, los comederos de coco y también, la sensación de miedo que ya notaba como comenzaba a acariciarme despacio, muy despacio, como solo ella sabía hacer. Por suerte Mario y Beatriz no me habían fallado durante todo este tiempo y seguían siendo mis aliados y mi más poderosa protección.

Las niñas del desván (3)

Esos años han sido los mejores de mi vida. Todo eran risas, diversión, optimismo y una felicidad que nos rodeaba e impregnaba el aire que respirábamos. No obstante, la vida no es siempre  color de rosa y tras la muerte de mi madre todo comenzó a adquirir un cáliz cada vez más oscuro y misterioso. Mi padre ya no subía con tanta asiduidad al desván y en las contadas ocasiones que lo hacía tardaba mucho menos tiempo que antaño, como si tuviese prisa, como si tuviese miedo. Y más de una vez pude apreciar que cuando descendía por las escaleras de madera se tornaban visibles pequeñas gotas de sudor sobre su frente mientras respiraba un poco más rápido que de costumbre. Nunca le pedí algún tipo de explicación pero yo sabía que a mi padre le daba miedo subir allá arriba para conseguir satisfacerme con cromos, pósters o tebeos de grandes y conocidos superhéroes.

Un día de aquellos, lo recuerdo a la perfección, me comentó algo que, aunque tardé un poco en darme cuenta, me sorprendió. Sentado en su mecedora con una chaqueta raída, gafas con montura de metal, siempre con la pipa entre sus labios y conmigo apoyado en sus rodillas dejó escapar una serie de palabras que parecía que bailaban al son de una danza muy particular. Y se me clavaron en mi mente como cuchillos excelentemente afilados. Me habló de la fuerza con la que puede penetrar el miedo en algunas personas y me dijo que en ocasiones el terror en estado puro se sentaba sobre su pecho como un mono. Yo al principio, como ya he dicho, no sabía por donde iban los tiros pero poco a poco empecé a encajar piezas y a darme cuenta de que en el desván de nuestra propia casa sucedían cosas extrañas. Me dijo que desde su cuarto oía ruidos que provenían de arriba y que no se trataba precisamente de ratones o del viento. En absoluto. Aquella tarde no le di demasiada importancia a sus palabras pero con el tiempo no dejaba de pensar una y otra vez en ellas. También me avisó que si alguna vez faltase no subiera a por más premios a la buhardilla porque tal vez el premio de lo que allí permanecía acechando fuese yo mismo. No recuerdo muy bien más palabras suyas pero yo creo que sus intenciones habían quedado muy claras desde un principio.

Cuando falleció mi padre ahorcado en el patio trasero en extrañas circunstancias, faltaban solo tres días para mi decimocuarto cumpleaños. Pensaba que iba a resultar un día feliz como el resto pero el destino me tenía guardada una sorpresa, la cual, gracias a Dios, ya he podido superar por completo. Para ello me ayudaron mucho mis compañeros de la escuela, sobretodo dos, Mario y Bea, sin lugar a dudas, mis dos mejores amigos. Ha sido, en gran parte gracias a ellos, por lo que con toda seguridad continúo ahí, al pie del cañón, intentando reconstruir mi vida sin ganas de arrojar la toalla. Es sorprendente como alguien puede influir en la vida de una persona de una forma y manera tan positiva. Yo tuve el placer y el privilegio de vivirlo y les estoy muy agradecido por todo lo que han hecho. Recuerdo que por las noches nos sentábamos en el suelo del salón de mi casa, al pie de la chimenea, y de nuestras bocas brotaban auténticas historias de terror. Casi siempre el primero en romper el hielo era Mario que, con una sorprendente imaginación y una capacidad de ambientación y de argumentación dignas del mejor escritor del género, nos relataba las historias más peculiares que jamás habían llegado a nuestros oídos.

-          Cuenta la leyenda que antaño existía una mujer tan joven y tan bella que no había hombre en el mundo que no cayera rendido a sus encantos. Era realmente preciosa, con un cuerpo escultural, larga melena rubia, una sonrisa de fábula y, como no, unos ojos azules sorprendentes gracias a los cuales conseguía siempre todos sus propósitos. Sin embargo esa mujer, como tantas otras, tenía un defecto que la caracterizaba y la separaba del resto y no me estoy refiriendo a su envidiable belleza. A través de sus ojos lo quería ver todo. Quería ver tantas cosas en tantos lugares diferentes que era realmente imposible que alguien pudiese satisfacer sus deseos. Ya cansada de ver todo aquello que de alguna forma rodeaba su esbelta silueta quiso verle la cara al mismísimo diablo. Para ello le invocó y lo que en realidad vieron sus ojos llegó a ser tan extremadamente repugnante e inmundo que no tuvo más remedio que arrancárselos de cuajo y huir lejos, muy lejos de su familia, de sus amigos y de todos sus dulces recuerdos que acompañaron su camino para que así nadie pudiese reconocerla nunca más. Dicen que en la actualidad vaga sin rumbo por los pasillos de un hospital psiquiátrico en ruinas a las afueras de una gran ciudad buscando desesperadamente lo que un día se arrancó.

Las niñas del desván (2)

Todo empezó cuando murió mi madre. Por aquel entonces yo tenía diez años y la pérdida de lo que en aquellos momentos significaba mi más preciado tesoro y mi mano derecha llegó a ser muy duro para mí. Mi madre sufría una enfermedad que hasta hace poco era completamente desconocida por la gente, el desorden bipolar. Se trata ni más ni menos que de una serie de trastornos que afectan a una pequeña minoría de las personas y que les hace pasar de la mayor euforia a la más terrible de las depresiones en un espacio de tiempo muy breve. En un principio se creyó que era una patología que jugaba con el estado de ánimo pero sin aparentes consecuencias fatales para nadie, sin embargo mi madre cayó presa de esa dolencia y poco a poco todo el mundo era testigo de cómo se consumía de una forma paulatina. Paulatina pero inevitable. Tardó mucho tiempo en llegar a mentalizarse de que en realidad se encontraba enferma pero no sirvió de nada porque ya era demasiado tarde, siempre lo ha sido. Al poco de fallecer, mi padre me hizo una promesa que cumplió fielmente y que aún revolotea en mi mente ocho años después de todo lo acontecido.

-          Tranquilo pequeño, yo cuidaré de ti. No te preocupes por mamá porque aunque no la podamos ver por aquí ha llegado a un lugar muy bonito y siempre estará esperándonos. Siempre. Cierra los ojos y piensa en todas aquellas cosas que has compartido a su lado y ya verás como las lágrimas que ahora se deslizan por tu cara se desvanecen como por arte de magia y de alguna forma llegan hasta ella. Antes de fallecer me dijo que llevaría un pequeño frasco a donde quiera que fuese y que metería todas y cada una de tus lágrimas para así conservar un bonito recuerdo de ti.

Todavía se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo esas palabras, palabras que por otra parte, nunca olvidaré y siempre me acompañarán. Sentado en su mecedora preferida con ese peculiar balanceo, fumando tabaco con su pipa y con la mirada perdida en la ventana del salón, me hablaba de muchos y muy diversos temas. Todo lo que pasaba por la mente de mi padre y que me intentaba transmitir tenía sentido. Jamás me hablaba por hablar porque, entre otras razones, me consideraba alguien adulto y con mucho sentido común a pesar de mi corta edad. Ha sido sobre todo a raíz de la muerte de mi madre, como si interfiriese de alguna forma en nuestra estrecha relación, cuando por fin entablábamos largas pero no por ello aburridas conversaciones en las que tocábamos bastantes cuestiones mi padre y yo, cara a cara. Sin embargo de todas ellas solo me quedo con una que, sin lugar a dudas, me marcó mucho más que el resto. El desván, ese maldito desván tenía la culpa de todo. Desde pequeño siempre supe que no encerraba nada bueno pero nunca imaginé que entre sus paredes vivía el causante de todas mis pesadillas. Mi padre había subido muchas veces allá arriba y se sabía de memoria todo lo que permanecía y como estaba ubicado porque el mismo había sido el que años atrás lo había colocado. Tenía muchas revistas viejas, tebeos en blanco y negro y cromos de jugadores de béisbol. Lo tenía tan bien ordenado que siempre tardaba muy poco tiempo en encontrar lo que buscaba. Cada vez que me portaba bien o que le obedecía me daba algo de allá arriba y conseguía arrancarme sonrisas y verdaderos gestos de felicidad de mi cara. Al principio, cuando mi madre aún nos acompañaba, subía como un avión, permanecía media hora y volvía a bajar por esas escaleras, las cuales crujía la madera en algunos peldaños, con infinidad de regalos en las mangas y los bolsillos. Recuerdo que primero me repartía todo lo que descansaba en los bolsos de su pantalón de pana y acto seguido levantaba los brazos al aire para que así yo mismo pudiese introducir mis diminutas manos en ellos y percatarme que de verdad ya me lo había dado todo y que ya podía marchar a jugar con mi premio pero yo sabía mejor que nadie que debajo de las mangas de sus camisas estampadas había más cromos, más regalos, más felicidad.

Las niñas del desván (1)

Los oscuros y polvorientos recovecos que conformaban el desván de mi antigua casa nunca han presumido de compañía, hasta hace poco. Allí arriba nació y creció un pequeño pero hambriento monstruo y las viejas paredes y el diminuto ventanuco han sido durante estos últimos años testigos directos de su fantasmagórica existencia. Nunca le vi pero sé que vivía allí arriba, respirando ruidosa y entrecortadamente, un aire que jamás mereció respirar. Mi padre, que en paz descanse, no paraba de repetirme que no subiera al desván por nada en el mundo y que no permitiese que nadie lo hiciese porque si de verás alguien reunía el valor necesario, algo le sucedería y nadie, absolutamente nadie, oiría los chillidos que en esos momentos brotasen de sus labios, si de verdad en esos momentos lo hacían.

-          Apenas asomes la cabeza para ver que es lo que hay allá arriba, es muy peligroso y ese condenado bicho tiene mucha hambre, no te imaginas cuanta.- me repetía una y otra vez sentado en esa vieja mecedora de caoba mientras fumaba con su pipa.

Yo, por aquel entonces, no contaba con más de doce años y no valoraba como así se merecían, sus sabias palabras. No puedo negar que siempre tuve la curiosidad de desplegar ese falso techo convirtiéndolo de esa forma en una estrecha escalera de madera y asomar la cabeza para ver si, de verdad, allí arriba había algo. Pero no me hacía ninguna falta hacerlo porque ya lo sabía. Por las noches cuando la oscuridad y el silencio bailaban más pegados que de costumbre, sentía como alguien corría de un lado para otro, descansaba varios segundos y lo volvía a repetir en otra dirección, oía pequeños gruñidos de lo que posiblemente fuese un jabalí o un oso herido y muy enfermo y notaba en mis propias carnes como ese extraño ser conseguía lo que nunca antes nada había logrado conseguir, que el terror en estado puro me atrapase.

Puede parecer incluso gracioso pero un día de aquellos me eché en mi cama como solía hacer a menudo y sentí algo así como si un cerrojo comenzase a ceder dentro de mi cerebro. Lo cierto es que no puedo explicarlo como desearía porque ni yo mismo sabía con exactitud que era lo que me estaba sucediendo en realidad. El caso es que algo iba mal y no sabía como debería de reaccionar bajo aquellas circunstancias. Durante el largo periodo de tiempo que allí prevalecí me imaginé a ese bicho con miles y miles de formas distintas, a cuál más temible y aterradora y todas ellas compartían algo en común, unos dientes y garras extremadamente afilados. Mi padre siempre me hablaba de ello y me preparaba psicológicamente para que me transformase en una persona mucho más poderosa de lo que en realidad era. Una persona inmune.

-          No renuncies a tu miedo pero tampoco te entregues a él... hagas lo que hagas conserva siempre la calma e intenta razonar, ¿de acuerdo, hijo?...

De todo aquello transcurrieron ya ocho largos años en los que vivía o, por lo menos intentaba vivir tranquilo, sin sobresaltos. Mi padre falleció cuando yo apenas contaba con catorce años y ese hecho, sin lugar a dudas, marcó un antes y un después en mi corta pero agitada vida. Me gustaría mucho que escucharais mis palabras y que me acompañaseis en un viaje al pasado hasta lo que años atrás era mi ciudad natal, mis amigos y mis miedos. Yo prometo que os contaré toda la historia desde el principio hasta el final sin engaños ni exageraciones, al ritmo de los latidos de mi corazón y con la esperanza de que ya nadie pueda volver a asustarme como alguien o algo intentó hacerlo insistentemente hasta la fecha. Vamos allá.

Presentación!!!!!!!!!

Hola !!!!!Despues de mucho pensarlo y darle vueltas al asunto me decidi a abrir este blog .Para los que no me conoceis os dire que siempre me ha gustado mucho el cine la lectura y sobre todo escribir es mi pasión los generos que mas me gustan son sobre todo el suspense y el terror .Durante varios años he ido escribiendo relatos de este genero siempre desde el anonimato de mi habitación pero por fin hoy me he decidido ha sacarlos a la luz para compartirlos con todos vosotros y agradeceria vuestras opiniones siempre de una manera sincera .Muchas gracias a tod@s y espero que os gusten mucho mis relatos.