lunes, 14 de marzo de 2011

Fallos cerebrales (5)

Al volverme para ver algo, lo que fuese, a través de la ventana mis ojos quedaron a medio camino. El cuadro. Ese dichoso cuadro que un día me había regalado mi madre estaba poseído. En él, un cocodrilo, más parecido a los de las películas de la Disney que a los protagonistas de un documental de naturaleza, me transmitía información. No hablaba ni gesticulaba, sin embargo al pie de su boca surgía una especie de bocadillo, como sucede en los cómic, y cada cierto intervalo de tiempo unos mensajes de texto cumplían a la perfección su papel informativo. No sabía si era la respuesta de... bueno, de Dios, o simplemente formaba parte del espectáculo. Lo cierto es que entre unas cosas y otras estaban consiguiéndolo. Comenzaba a enloquecer.

“No te asustes. Está sentada en el suelo de la cocina, de momento no corres ningún peligro”

¡Dios mío! Ahora comprendía el por qué de los chasquidos. Alguien había entrado en mi casa y pretendía asustarme emitiendo toda clase de ruiditos extraños. En lo más profundo de mi mente alguien o algo me aconsejaba que no me moviese de ahí por nada del mundo. También llegó a susurrarme algo sobre una energía negativa o algo así que no llegué a entender bien. No pensaba que todo esto iba a llegar hasta tal extremo, pero una vez convencido de ello la situación no me dejaba alternativa. Necesitaba empuñarlo, sentir el frío acero entre mis dedos. Reclamaba la ayuda de mi machete y este, por supuesto, no me falló. No me lo habían regalado mis padres ni mis hermanos, ni siquiera alguno de mis mejores amigos. Lo había comprado yo con mis propios ahorros.

Al ponerme de pie sobre la cama abrí el estante de mi armario y al verlo pude comprobar como el alivio y la distensión arrinconaba a los nervios y la incertidumbre que, sin permiso alguno, se habían instalado en mi desamparada cabecita. El valor y coraje que hace unos años me visitó, llamaba otra vez a mis puertas con el propósito de instalarse. Sin pensármelo dos veces lo empuñé con mi mano derecha y lancé una mirada más que desafiante hacia el marco de la puerta de mi propio cuarto. No iba a dejar que nadie entrase en mi casa y mucho menos con la intención de gastarme una broma o asustarme. Ni hablar. En ese momento dentro del cuadro en el que aún continuaba estático e impasible ese dichoso cocodrilo, las palabras que rellenaban el bocadillo desaparecieron y en su lugar aparecieron otras nuevas con un significado más aterrador sí cabe que el anterior. Pero no le presté atención. Ya no.

Estaba decidido. Iría hasta la cocina y me enfrentaría con esa cosa. O con esa persona, o quizá fuese un imponente y repulsivo monstruo o un simple espíritu. No tenía ni la menor idea de lo que estaba sentado en la cocina pero fuese lo que fuese me las iba a pagar. Lo que de verdad me aterrorizaba era pensar en la idea de que allí no hubiese nada. Absolutamente nada, lo que ratificaría la presencia de cualquier trastorno mental que estuviese sufriendo. Otra vez se posó en mi mente, pero de una forma muy fugaz, la portada de ese tomo con el título: “Fallos cerebrales”.

Solo os puedo decir que cuando entré en la cocina se me cayó el cuchillo al suelo del susto. No consiguió atraparme y ahora, dos semanas después, espero impaciente mi hora.

Fallos cerebrales (4)

El ruido que había oído anteriormente constituía el único motivo por el cual volvía a tener contacto con la realidad. Pero ya no era tan familiar...

Se había convertido como por arte de magia en un chocante chasquido. Nunca había oído nada por el estilo pero a aquellas alturas ya nada me podía sorprender. Tras unos segundos de silencio otro chasquido, este menos pronunciado, llegó al regazo de mis tímpanos avisándome que tarde o temprano nada bueno iba a ocurrir en mi propia casa.

Con grandes dosis de fuerza de voluntad, de la que ya no me quedaba, intenté recordar todo, una vez más. Su presencia detrás de aquel pulcro visillo amarillento, su mirada... ¡Un momento! Antes de que clavase, por primera vez, sus ojos en los míos recuerdo que se giró y posó la vista en algo o alguien que inestimablemente se encontraba en su piso. Pero, ¿qué persona cuenta con el poder de incitar a alguien a realizar tal barbaridad? O también puede que haya oído un extraño ruido o algo así...

“El sonido de la muerte es una tenue melodía celestial que va cobrando vida propia cuando sospecha que es capaz de realizar bien su trabajo”

Cuando el pomo de la puerta de mi habitación comenzó a girar suavemente conseguí captar las primeras notas de tan restringida composición musical. Sin embargo en aquel breve espacio de tiempo no podía ni debía concentrarme en ridículas musiquillas del más allá. Toda mi atención se concentraba en el perfil de ese pomo que aún giraba despacio, muy despacio. Pensé en esconderme debajo de la cama, en levantarme y plantar cara a fuese lo que fuese aquello. En aquel instante volví a pensar en demasiadas cosas en muy poco espacio de tiempo. Mi posición no se alteró lo más mínimo. Cuando el pomo llegó al final de su recorrido el movimiento se trasladó a la puerta. Nunca antes hubiera imaginado algo así porque no creía ni en espíritus ni en fantasmas ni en nada. Lo consideraba una tremenda payasada. No obstante aquel día, bajo aquel techo el payaso era yo. Tenía la impresión de haber vivido años y años de mi vida con un velo oscuro que ocultaba mi rostro y, sobre todo, ocultándomelo todo a mí.

Por fin la puerta se abrió del todo pero nadie estaba detrás de ella. Por lo menos hasta ese momento. Llegué incluso a pensar en una novatada de mal gusto. Si de verdad todo formaba parte del espectáculo de unos mocosos con el fin de pasar un divertido rato a mi costa lo estaban bordando. Pero... sobre aquella cama pedía a Dios que así fuese y que se acabase de una vez por todas todo esto pero no parecía hacerme mucho caso. Tal vez por mi incesante manía de pensar muchas cosas en tan poco tiempo. Desvié la mirada a mi reloj de pulsera digital para conocer cual era la hora del sufrimiento. Las doce y veintitrés minutos. No sabía si de verdad estaba capacitado para seguir ahí, esperando de alguna forma, la muerte. Esa palabra cobraba tal importancia en mi cabeza que con solo pensar en ella me producía escalofríos.

Fallos cerebrales (3)

Un leve ruido se hizo audible justo en la otra punta de la casa pero por el simple motivo de parecerme familiar me obligué a descartarlo como algo extraño. Mirando de reojo la ventana de mi habitación y con la garganta seca encendí el interruptor de la cocina. Aún sabiendo que me encontraba solo en mi propia casa y que nadie me atacaría por sorpresa cuando encendiera las luces, me sentía un poco incómodo. Eché un poco de agua en un vaso y me lo bebí. Respiré hondo y me sentí mucho mejor. Una oleada de valor y coraje atravesó fugazmente mi cuerpo.

-          Creo que la voy a mirar otra vez y me demostraré a mí mismo que de verdad yace muerta y que la enterrarán un día de estos y que su familia llorará y lamentará mucho su pérdida. Después llamaré a la policía y se lo contaré- pensé.

En ese momento caí en la cuenta de que el teléfono y la ventana estaban a escasos centímetros y que podría realizar las dos cosas simultáneamente sin ningún problema.

Pues bien, cuando me acerqué a esa ventana, a mi propia ventana, y me asomé por segunda vez en toda la noche, creía que me moría. Lo que en realidad presencié aquella fría noche no lo había soñado ni en mi peor pesadilla. Nunca había visto un cadáver en la vida real pero aquello no era un cadáver. Era un monstruo. Sus ojos, o lo que fuesen, seguían conservando su anterior aspecto macabro. Pude comprobar como de su boca emanaba espuma blanca y un líquido amarillento un tanto peculiar. Sin embargo lo que realmente me impactó eran sus dilatados e interminables brazos que se enroscaban una y otra vez como dos venenosas serpientes instantes antes de atacar a su presa.
La oscuridad de la noche y la perplejidad que me producía tan insólita situación estaban destinados a convivir eternamente. Era incapaz de mover un solo músculo, de desviar un segundo la vista, incluso de respirar. Me sentía cautivado, preso en una asquerosa y mugrienta telaraña sin esperanza ninguna de sobrevivir, esperando la llegada de la araña, de la muerte.

Nunca antes me había parado a pensar si todo aquello que emitían en las películas pudiese, en algún momento, suceder en la vida real. Ese era el momento elegido para que, por fin, pudiese abrir los ojos y enfrentarme a la terrible realidad. Y los abrí, y mientras continuaba observando cada centímetro de su piel a una distancia considerable, a mi cabeza aterrizó la portada de ese maldito libro. Era verde con las letras en plata, pero era curioso, porque nunca llegué a conocer el nombre de su autor. Si no hubiesen derribado hace dos años aquella biblioteca volvería y lo buscaría, pero ahora lo único que me queda es recordar.

“Los defectos cerebrales no son sueños ni pesadillas, conviven con nosotros en la vida real y una vez que ven la luz pueden llegar a ser mortales... Yo he tenido el placer de conocer casos de personas que lo han sufrido en sus propias carnes y os puedo asegurar que sus testimonios fueron realmente sobrecogedores... Emanaciones de sangre por ojos, narices y bocas, sorprendentes retorcimientos de extremidades, vómitos de arena y barro..."

En aquel momento una caravana de malos recuerdos de los cuales algunos ya pensaba que los había olvidado para siempre, pedía paso en mi mente. Lo único que se me ocurría era tumbarme en mi cama boca abajo y cerrar los ojos muy fuerte. Pero cuando el terror conoce tus puntos débiles no hay nada que hacer. Aún con los ojos cerrados y sumergido en el mundo de la suprema oscuridad unos pequeños puntitos blancos adornaban las cuatro esquinas de un cuadrado imaginario. No intentaban comunicarme nada sin embargo me transmitían una sensación indescriptible y como no, amenazaban con crecer. Crecer y crecer hasta unirse los cuatro en uno mucho mayor y poblar todo el cuadrado de una forma y manera magistral. Al cabo de unos segundos ya podía observar la imagen con bastante nitidez, era una calavera. No estaba furiosa ni tampoco feliz. No reía ni lloraba simplemente estaba ahí, cumpliendo su papel. Empezaba a sospechar que todo estaba minuciosamente planeado para destruirme pero yo sabía que mucho tendrían que cambiar las cosas para que comenzase a enloquecer de verdad.

Fallos cerebrales (2)

Pero la cosa no acabó ahí, ni muchísimo menos. Una vez en el suelo, boca abajo, y con el pelo alborotado, no parecía ella. Daba la impresión de tratarse de una especie de malvado ser o de una bruja. Yo continuaba inmóvil, con el corazón en un puño, el alma encogido y con la misma sensación de impotencia que al principio, pero poco a poco esta percepción perdía fuerza y ha sido el tiempo el encargado de difuminarla por completo. Cuando la vi ahí tirada entre la acera y la carretera una ráfaga de pensamientos irrumpió en mi mente. Pensé en demasiadas cosas en muy poco tiempo y eso posiblemente se convirtió en la inesperada y principal causa de los fallos cerebrales que surgieron desde aquel momento.

Hace cuatro o cinco años tuve la oportunidad de leer un libro a cerca de estos extraños pero reales fenómenos que habitan en el interior de los cerebros humanos. Aún recuerdo que lo extraje de una biblioteca pública en el barrio donde vivía con mis padres y en él te explicaban a grandes rasgos en que consistían estos errores macabros más conocidos con el nombre de fallos cerebrales. También te exponían una serie de medidas para prevenir estas espontáneas dolencias de las que ya no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que no se trataba de una enfermedad de nacimiento y por lo tanto, se podía originar en cualquier etapa de la vida de una persona. Por aquel entonces aún no se había encontrado ninguna cura o antídoto eficaz.

Su cuello comenzó a girar levemente. Desde allí arriba apenas percibía el movimiento pero su cuello giraba, vaya que si giraba. Conservaba el cuerpo boca abajo pero de alguna forma había conseguido rotar su pequeño y delicado pescuezo hasta apoyar la nuca en el asfalto de la húmeda carretera que separaba los dos edificios. En aquel momento no daba crédito a lo que veían mis ojos. Mi mirada, imperturbable, seguía clavada en ese inservible cuerpo, en esa pálida cara, en esos endemoniados ojos oscuros. De repente me volví y decidí ir a buscar unos viejos prismáticos que me había regalado mi padre por mi cumpleaños, hace ya nueve años. Los rescaté del armario de mi cuarto y pude comprobar como aún se mantenían intactos, como el primer día. Me los coloqué y al graduar las lentes enseguida comprendí que no podía estar sucediendo algo así y que ahora, al verlo mejor con los prismáticos conocería la verdad. Y en efecto, la verdad era esa, la que nunca antes hubiese imaginado que algún día ocurriría. Había girado el cuello hasta más allá de los límites humanos y, sorprendentemente, había conseguido abrir los ojos. Pero estos no me miraban a mí, tenían la vista perdida. Con los gemelos podía controlar minuciosamente toda la calle, sin embargo me costaba trabajo abandonar el punto de mira del cuerpo. Nunca jamás había visto un cadáver y este, al ser el primero y al verlo de esta manera, me sorprendió profundamente.

Patricia, una joven que acababa de suicidarse al arrojarse por un décimo piso al vacío, se había convertido en mi mayor pesadilla. Por más que miraba hacia ambos lados de la calle no encontraba a nadie. Solo permanecíamos ella, con todas sus aspiraciones demoniacas, y yo, sujetando con fuerza los binoculares y rezando a Dios que yaciese muerta de verdad.

Continuaba examinándola de arriba abajo pero ya no pude encontrar nada extraño ni fuera de lo normal, por lo que volví a fijar la mirada en su descolorido y cadavérico rostro y... ¡Dios mío! Sus dos ojos negros ya no tenían la vista perdida y, como un par de puñales de acero se clavaron en mí. Me había descubierto y ya no había vuelta atrás. Tiré los prismáticos al suelo y retrocedí un par de pasos pero en mi cabeza una vocecilla no paraba de repetir de forma un tanto insistente tarde, tarde, demasiado tarde.

Las primeras gotas de sudor hicieron acto de presencia en mi frente pero tenía cosas más importantes en las que pensar. Desde luego a partir de aquel momento no resultaría fácil olvidar aquellos ojos oscuros. Y la forma con la que me miraban. Sin embargo con una enorme agilidad y destreza impropias de mí, mi mente volvió a hacer referencia a ese fenómeno paranormal. Decidí entonces pensar en eso y no darle más vueltas. De lo contrario me acabaría volviendo loco. Guardé los gemelos en su correspondiente funda y los deposité donde estaban. Acto seguido entré en el cuarto de baño y, una vez frente al espejo, me refresqué la cara con abundante agua fría. Al volver la mirada al espejo este me devolvió la imagen de un joven cansado y algo confundido, por lo que supuse que dormir sería la única vacuna eficaz contra toda esta pesadila.

Fallos cerebrales (1)

Desde mi posición la luna ya no brilla como lo hacía antes. Ahora ya no. De un tiempo a esta parte han cambiado muchas cosas, tantas que la mayoría de la gente no se ha dado ni cuenta. Antes cuando me acercaba a la ventana de mi habitación y echaba un vistazo  disfrutaba del placer de observar cosas bonitas, bonitas de verdad. Veía a parejas besándose y abrazándose, demostrando más que nunca lo mucho que se aman y susurrándose al oído perlas de sabiduría románticas. También podía distinguir a solitarios jubilados paseando a sus chuchos a cualquier hora del día. Pero no estaban tristes ni desolados, al contrario. A través del cristal descubría como eran sinónimo de alegría y optimismo. Después de contemplar aunque solo fuesen unos minutos esa calle donde tantas y tantas veces había dedicado mi tiempo, te dabas cuenta que el mundo que te rodeaba giraba a su vez en torno a la paz y la tranquilidad. No existía razón por la cual entristecerse, enfadarse o bien discutir con tus más allegados.

Por aquel entonces el caudal del río circulaba tranquilo y sosegado, sin sobresaltos. Sin embargo alguien o algo amenazaba con romper esa armonía. Sin ir más lejos, hace escasamente dos semanas, a esta misma hora, tuve la desgracia de contemplar con mis propios ojos la forma con la que una adolescente se arrojaba al vacío desde la ventana de su propia casa. La impresión de la caída que archivó mi cerebro resultó ser algo sobrecogedor. Todavía cuando pienso en ello se me ponen los pelos de punta. Tuve la desgracia de estar en el sitio adecuado a la hora indicada. Desde el sofá de mi salón, como si de un lugar privilegiado se tratase, observé de principio a fin toda la macabra secuencia que, sin lugar a dudas, quedará grabada en mis retinas para siempre. Estas cosas aunque uno desee olvidarlas y pasar página es imposible. A mí me ha sucedido y aunque solo lleve conservada esa terrible imagen dos semanas en mi mente, la crueldad y la brutalidad presentes me acompañarán hasta la tumba. De eso estoy total y absolutamente convencido.

Segundos antes de saltar al vacío, incluso antes de que hubiera reunido el valor suficiente para hacerlo, pude comprobar como alzaba la vista y clavaba sus ojos en los míos. En ese preciso instante el corazón me dio un vuelco y la sangre que circulaba por mis venas, si es que de verdad lo hacía en ese momento, se me congeló de tal forma que llegué incluso a quedarme sin respiración durante un breve espacio de tiempo. A pesar de la distancia entre las dos ventanas y de la enorme tensión del momento conseguí rescatar de sus ojos una impresionante sensación de terror en estado puro. En su pálido semblante y, más concretamente en esos ojos temblorosos, estaba la llave que abría las inmensas puertas del misterio, el enigma y los marcados entresijos de su vida.

Rondaba los diecisiete años de edad y únicamente la conocía de vista. No obstante, cuando cruzamos las miradas aquella fría noche de abril caí en la cuenta de que necesitaba con desesperación algún tipo de ayuda, ayuda que por otra parte no llegaba. Estaría sufriendo una especie de crisis nerviosa o una terrible depresión y los problemas que la rodeaban crecían y crecían estrepitosamente hasta conseguir derribarla por completo. Algunas personas no se imaginan lo peligrosas que pueden llegar a ser en un hombre adulto y más mortífero si cabe si la víctima no es más que un frágil e indefenso adolescente.

En el instante en el que Patricia (supe su nombre al leer el periódico al día siguiente del accidente) se precipitaba al vacío y justo antes de producirse el fatal impacto contra el suelo, lo que la produciría la muerte instantánea, mi cerebro eligió vivir la tragedia a cámara lenta eliminando cualquier ruido que en ese mismo espacio de tiempo se hubiese producido. Todo el mundo pasaba a formar parte de un segundo plano ya que a aquella hora y en aquel lugar la protagonista principal tenía nombre y apellidos: Patricia Rodón Blanco. Y ahí estaba yo, detrás de la ventana de mi dormitorio presenciándolo todo con suma impotencia e ineptitud. Al principio no supe como reaccionar y lo relacioné como si hubiera sido el fragmento de una prestigiosa película de acción americana. Pero aquí no había cámaras ni guiones. Era real. Esa idea que aún revoloteaba en mi cabeza me amenazaba constantemente.

Joker (4)

En ese instante tres periodistas más decidieron levantarse de sus sillas y abandonar la sala. En este caso no se produjeron susurros ni críticas de ningún tipo. El experto en cuestión aprovechó esta inesperada pausa para beber otro poco de agua. Los reporteros que aún quedaban, ahora ya se podían contar con los dedos de una mano, seguían murmurando cosas y escribiendo, aunque ahora bastante más relajados. Quizá todos los presentes coincidían en pensar por qué tanto misterio con relación a esa persona. Es posible que si prestase su colaboración todo fuese mucho más sencillo. Pero también cabría la posibilidad de que si daba la cara en un acto público, tal vez, ya no estuviese nunca más entre nosotros. Prefería, pues, agachar la cabeza y ocultarse en el anonimato. Un anonimato que se estaba pagando con la vida de noventa y tres personas. Y de fondo un payaso. Un payaso feliz, que ríe. Con toda probabilidad lo haga de sus víctimas o simplemente porque no sabe hacer otra cosa.  ¿Es que existe poca maldad en el mundo?, ¿es necesaria la inexplicable aparición y presencia de un ser de diabólica sonrisa para unirse a las guerras y a las enfermedades? ¡Dios mío!, ¿nadie va a ser capaz de detenerlo en los tiempos en los que vivimos?

Las señales en los tobillos se sucedían uno tras otro hasta que los cuerpos hallados se empezaban a contar por centenares. El mundo entero, aunque nunca lo había visto en persona, lo conocía, lo reconocería entre un millón porque su sonrisa se había transformado como por arte de magia en la más famosa de todas. Se escribieron muchos libros y se rodaron también películas a cerca de tan singular personaje pero, durante aquellos tres años, sin lugar a dudas los más duros de toda la historia de la humanidad, la cruda realidad superó con creces a la ficción.

Dicen que el tiempo da y quita razones y con el paso de este se logró saber que nunca jamás nadie hizo nada por evitar lo inevitable, que no se cazó al payaso como se había sugerido, ni siquiera hubo una miserable intención de hacerlo y que el experto entrevistado había sido la única persona que sobrevivió a las garras del payaso. Nunca reconoció que él mismo había sido testigo directo de esos poderosos ojos y nunca quiso relatar cual había sido el truco que hubiese significado la salvación de cientos y cientos de vidas humanas. Él arrastraba, como todas y cada uno de los cadáveres, la señal en su tobillo izquierdo por la sencilla razón  de que estuvo allí aquella fría noche de febrero y lo vio. Al alzar la vista una sorprendente silueta de un payaso sonriente y seguro de sí mismo apareció ante él. Ambos se reían, ambos se cruzaron sus miradas mientras sus sonrisas chocaban estrepitosamente en algún lugar constituyendo una situación bastante surrealista. Permanecieron escasos segundos inmóviles, enfrentados, hasta que por fin, algo sucedió. El fantástico y risueño personaje le dedicaba con mucha maestría, como él muy bien sabía hacer, una serie de vocablos un tanto extraños faltos de ser descifrados por una mente inteligente, como la de Eduardo. Captó inmediatamente el mensaje que esa sonrisa le brindaba y esa misma noche dejó la persiana sin bajar.

Al echarse en su cama, listo para conciliar el sueño una frase aún revoloteaba intrépidamente en su cabeza.

-   Si lo delatas te mataré. Buenas noches.

Joker (3)

El ambiente que allí se respiraba se crispó por segundos, sin embargo la inesperada marcha de dos periodistas evitó males mayores y todo volvió a la normalidad, no sin antes exponer a todos los presentes una serie de palabras que brotaron de los labios de uno de los reporteros que en ese preciso momento salía por la puerta.

-          Ese payaso acabará con todos nosotros y nadie, absolutamente nadie hará nada por evitarlo. Es imposible luchar contra algo que tiene el poder de manipular mentes a su capricho o suspenderse en el aire como si tal cosa.

Continuaba hablando en voz alta pero sus palabras se desvanecían sin que pudieran llegar a oídos de nadie. Quizá su compañero sí pudo rescatarlas. El entrevistado tras escuchar expresiones de tan marcada índole acusativa, decidió cambiar su semblante tomando este un cáliz mucho más pensativo y acorde con su personalidad. Tal vez aquel impertinente tuviera razón, tal vez...

-          ¿Cómo su equipo de profesionales y usted han llegado a la conclusión de que se trata de un payaso el que está detrás de todo esto y no de casos independientes y nunca relacionados entre sí?
-          A esa pregunta sí que le puedo contestar. Noventa y un cuerpos de los encontrados tienen algo en común. Todos ellos llevan tatuados cerca del tobillo izquierdo en unos casos o del derecho en otros, el rostro de un pequeño bufón feliz y una palabra al lado: “JOKER”.
-          ¿Ese es su nombre?
-          Sí, así es. Mas que un término es más bien su firma. Desde el primer cuerpo encontrado allá por las pasadas Navidades han analizado minuciosamente esta pista gente experta y todos han coincidido en que... bueno... es un poco difícil explicar con palabras.
-          Inténtelo, por favor- insistió el periodista.
-          Está bien. Los médicos forenses están convencidos de que se trata de algo que surge de la piel como un lunar o un grano. Es decir, nadie los tatuó nada, ni muchísimo menos. Simplemente nació de una forma natural.
-          Y... ¿Cuándo se supone que empieza a nacer esa especie de señal?
-          Pensamos que todo comienza cuando sus víctimas logran ver la perversa silueta camuflada en ese carnavalesco disfraz de payaso.
-          ¿Todos los cuerpos encontrados muestran con claridad el dibujo y su posible firma?, ¿siempre aparece visible cerca de los tobillos y no en un brazo o en la espalda, por ejemplo?
-          Las preguntas de una en una, por favor. Bueno tengo que decir que sí, el lugar elegido siempre es el mismo. No han hallado ni un solo cuerpo que lo tuviera en cualquier otro lugar. Contestando a la otra pregunta quiero que sepan que todos ellos lo tenían exceptuando las dos niñas de esta mañana. Ellas contaban con la palabra pero el dibujo estaba sin acabar. A medio hacer, como si hubiesen muerto antes de lo programado.
-          ¿Está usted diciendo que desde que se produce el primer roce o contacto con el payaso hasta el fallecimiento del desafortunado hay un espacio de tiempo preestablecido que no es aconsejable alterar ni violar?
-          Sí, más o menos. Ese periodo de tiempo es corto pero aún no lo sabemos con exactitud.
-          Me estaba preguntando y estoy convencido de que el resto de mis compañeros también, ¿podría revelarnos si ese hombre con el que intercambió ciertas palabras no hace mucho tiempo también llevaba el tatuaje con la firma?
-          ...Eh... No, no lo llevaba.
-          ¿Se lo dijo de palabra o bien lo vio usted con sus propios ojos?
-          Les aseguro que no lo llevaba y les rogaría por favor que no volvieran a hacer alusión a esa persona.
-          Pero...
-          Por favor.
-          Está bien.

Joker (2)

-          ¿Es cierto que todas aquellas personas que osen mirarle a los ojos acaban siendo sus víctimas?
-          Desgraciadamente sí, es cierto. En un principio pensábamos lo contrario pero estábamos confundidos. Cuando en un momento dado cualquiera que se precie, levante la persiana y contemple su horrible silueta se puede dar por muerto.
-          Hace varias semanas un periódico local comentaba que el famoso “Payaso que ríe” mataba indirectamente a todas sus presas. A todas menos a una. El periódico consiguió averiguar más datos, como por ejemplo, su nombre, edad y estado civil pero jamás ningún periodista pudo conseguir una entrevista con él. Es como si se lo hubiese tragado la tierra. ¿Usted piensa que de verdad esa persona existe?
-          Por supuesto. Le puedo asegurar que existe. No se trata de ningún rumor ni de ninguna mentira. Es más yo le conozco y después de lo sucedido pude intercambiar algunas palabras con él.
-          ¿Nos podría facilitar más datos sobre ese sujeto?
-          Lo siento. Prefiere mantenerse en el anonimato. Es su decisión y hay que respetarla.
-          ¿A qué se refería el diario cuando insinuaba el término “indirectamente”?
-          El famoso payaso nunca jamás mató a nadie. El no es un asesino. Sin embargo hay “algo” en su interior con lo que consigue sus propósitos. Es decir, él quiere matar pero no mata.
-          ¿Qué es exactamente ese “algo”?
-          Bueno, todavía no lo sabemos con exactitud pero personalmente pienso que es un don o algo por el estilo. Hay gente que piensa que es un discípulo del... demonio.
-          ¿Me está usted diciendo que el demonio está detrás de todo esto?
-          Mire, le voy a ser sincero. Yo no creo en el demonio ni en el más allá. Solo creo en lo que ven mis ojos y hasta ahora sólo han visto una caravana de trágicos sucesos macabros.
-          Bueno, cambiando un poco de tema, ¿cree usted si de verdad hay alguien que se encuentre a salvo de su macabra sonrisa?
-          No, nadie en el mundo estuvo, está o estará a salvo. De eso estoy completamente seguro.
-          Hace poco más de un mes se corría el rumor de que por fin los hilos del destino de las personas contaban con un dueño y señor. ¿Se muestra usted consciente de tal afirmación?
-          Pienso que en estos momentos la gente está muy confundida y no puede pensar con claridad. Por desgracia los medios de comunicación no hacen nada por evitar esta tensión que se respira y, en ocasiones, la incrementan, originando que la gente se asuste cada vez más y haciéndoles la vida imposible. Pero por otro lado también creo que el destino de todos nosotros corre un gran peligro mientras convivamos con seres de estas características.
-          ¿Sería posible que, de alguna forma, pudiese modificar su mentalidad, si es que cuenta con ella?
-          Se barajan dos opciones con respecto a su mentalidad: o es muy pobre, casi nula, o cuenta con una avanzada capacidad mental de la que no podamos ni imaginar. Mucho me temo que su mentalidad, sea cual sea,  permanecerá inalterable.
-          ¿Tiene sentimientos de algún tipo nuestro payaso?
-          No, en absoluto. No sabe lo que es sentirse triste ni alegre.
-          ¿Sabe si alguien, alguna vez, lo vio en un instante en el cual no estuviera riéndose?
-          Su malvada sonrisa está de alguna extraña forma adherida a su cara por lo que resulta imposible que alguien le hubiera visto con otro gesto. Hasta con la persona que tuve el honor de charlar lo vio así.
-          ¿Está usted insinuando que aunque el payaso en cuestión desease cambiar de gesto no lo lograría bajo ningún concepto?
-          No lo insinúo, lo afirmo. Créame, estoy convencido de ello.
-          ¿Puede por favor explicarnos a todos los presentes como consigue mantenerse o conservar su posición por detrás de las ventanas de las casas sin caer a consecuencia de la gravedad?
-          Digamos que tiene el poder de suspenderse en el aire como también lo tiene de matar a gente inocente de una forma indirecta.
-          ¿Me está usted diciendo que el payaso sabe volar?
-          No, simplemente logra mantener su posición suspendiéndose en el aire durante un determinado espacio de tiempo. Pensamos que largo, bastante largo.
-          ¿Podría recordarnos que cifra exacta de cadáveres va dejando tras de sí?
-          Contando las dos niñas de esta mañana, noventa y tres. Noventa y tres fallecidos en poco más de nueve meses, lo que hace una media de uno cada tres días aproximadamente.
-          La mayor parte de las muertes se ejecutaron a través de la aplicación de la técnica del suicidio. ¿Piensa que ese ser es capaz de manipular la mente de las personas a su antojo con el fin de conseguir convencerlas de que la muerte es la mejor solución a sus tristes  y apagadas vidas? Por favor, sea sincero.
-          Si, así es, pero lo que yo piense no significa que así tenga lugar.

Joker (1)

No sabe lo que es sentirse triste ni alegre. Ni siquiera sabe llorar. Sólo se ríe. Pero no se ríe porque está feliz, lo hace porque así le han enseñado, si es que alguien le enseñó algún día y no aprendió por sí mismo. Sin embargo se rumorea que no se ríe sin ton ni son. Lo hace por un motivo, evidentemente desconocido. Nadie le ha visto nunca pero saben quién es y qué forma tiene. Le oyen reírse a menudo y cuando esto sucede...

El payaso en cuestión se mueve detrás de las persianas de las casas. Ese es el lugar indicado. Sus risas y carcajadas se muestran audibles en el interior de las viviendas pero nadie levanta la persiana de su propia casa a esas horas de la noche para demostrarse a sí mismo que al otro lado no hay nada y que ya puede irse a dormir tranquilo. Y una cosa más, este singular payaso siempre actúa de noche.

Después del atardecer, cuando consigues ver al payaso que ríe contemplas además tu propia muerte. Los pelos se te ponen de punta y si respiras profundamente, el olor que penetra en ti promete ser tan repulsivo que siempre, vayas a donde vayas, te perseguirá. Estás marcado con una X y un terrible accidente cuanto menos extraño, seguirá ahí, esperándote. No hay escapatoria posible, si la hubiese os juro que os la diría.

Los hilos que mueven el destino de las personas por fin tienen dueño. Nadie en el mundo podrá jamás enfrentarse a él y plantarle cara porque entonces incrementará el volumen de su risa y se reirá y se reirá y el planeta Tierra temblará al son de sus diabólicas carcajadas.

Cuando las persianas de las casas zumban nadie piensa que se trata indudablemente de la presencia de un payaso que intenta, por todos los medios, introducirse dentro. Preferimos pensar que es el aire. Sin embargo él está ahí, continúa ahí y no dejará de hacerlo por nada. Pero... ¿qué pasaría si le gustasen más sitios?, ¿y si tuviera sentimientos? ¿Qué pasaría si en lugar de reír llorase? Esas preguntas tienen respuesta pero no seré yo quien os las conteste. Cederé mi puesto a una persona experta y muy ligada con este tema en particular. Que pasen un buen día.

-          Hola, podéis comenzar cuando ustedes deseen.
-          ¿Por qué un payaso y no un perro rabioso o un lobo?
-          La imagen del payaso promete ser la ideal para transmitir la información necesaria a sus receptores, que con el transcurso del tiempo se convertirán inevitablemente en sus próximas víctimas.
-          ¿Es que un perro o un lobo no transmite la suficiente rabia o miedo?
-          No estamos hablando de miedo. Lo que el payaso logra comunicar es el mismo terror en estado puro. Imagínese que usted camina por la calle y se encuentra con uno de esos animales enfrente suyo. Automáticamente el miedo penetra en su cuerpo y no consigue expulsarlo hasta que de alguna forma se encuentre a salvo. Es digámoslo así, un miedo pasajero. Sin embargo cuando desvía la mirada una fría noche de invierno y ve la cara de este ser a través del cristal de cualquier ventana de su apartamento, lo que penetra en su cuerpo no es el anterior miedo pasajero sino una especie de terror permanente. El mismo que tienen los niños después de ver una película de terror. Este último caso convivirá con usted un largo periodo de tiempo y, en contadas ocasiones, nunca abandonará su cuerpo.
-          ¿Actúa muy a menudo?
-          Ultimamente sí. Como bien estaréis informados lo hace por las noches.
-          ¿Elige de alguna forma a sus víctimas?
-          En principio no, aunque hay muchas posibilidades de que antes de actuar examine un poco a la clase de persona con la cual se enfrentará de noche.
-          ¿Por qué se mueve solo por detrás de las persianas de las casas?
-          Esa pregunta en cuestión me perseguirá toda la vida. No le puedo contestar.