jueves, 28 de abril de 2011

Ya están aquí (3)

- ¿Hechos insólitos y sobrecogedores?, ¿de qué se trata?- la interrumpí mientras no la quitaba ojo de encima.
- Bueno, lo cierto es que resulta difícil de explicar con palabras pero de todas formas lo intentaré. Me gustaría que tú también supieras que sucedió allí aquel maldito veintidós de diciembre de parte de madrugada.
- ¿No prefieres desayunar antes que nada?
- He estado toda la noche dando vueltas y más vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y creo que ya ha llegado la hora de decírselo a alguien. Necesito contártelo ahora mismo sin introducciones ni preámbulos. Ya he esperado demasiado tiempo, ¿no te parece?
- De acuerdo. Como tú quieras. Soy todo oídos.

A pesar de la escasez de claridad y de lo desordenado que estaba todo dentro de mi cuarto se podían deducir e incluso distinguir bastantes objetos desde mi posición, sobre todo aquellos que descansaban cerca de la ventana pero mi atención reposaba, ahora más que nunca sobre ella, sobre Lidia. No tenía ni la más remota idea de lo que pretendía relatarme ya que jamás me comentó nada al respecto. Ni siquiera me dio una dichosa pista. Nada. Había conservado esa especie de secreto mucho tiempo en lo más profundo de su cabeza y ahora, de algún modo, ya se encontraba dispuesta a compartirlo conmigo detallándome todo lo que allí aconteció con pelos y señales. Yo, sin lugar a dudas, permanecería atento a su lado, escuchando su versión ya que comenzaba a sentir como se me acercaba la sensación de curiosidad a pasos agigantados.

- Aquel día las seis acordamos reunirnos en la plaza del ayuntamiento del pueblo a eso de las cinco de la tarde. Aún recuerdo que cayó de viernes, que habíamos asistido a clase por la mañana como siempre y que todo parecía indicar que prometía ser un día largo y divertido. Yo, por norma general casi nunca me aburría con ellas, me lo pasaba muy bien ya que desde que nos conocimos conectamos a la perfección. No obstante algo me decía dentro de mí que ese día no iba a ser como el resto. Quienquiera que sea el encargado de manejar los hilos del destino de las personas nos tenía guardada una pequeña sorpresita aquel día y nos sorprendió, vaya que si nos sorprendió.

En ese momento apartó su vista de la mía e hizo una pausa. Aún conservaba el gesto pensativo que la caracterizaba cuando se ponía seria. Estos días atrás es cierto que la noté un poco más fría e impasible conmigo pero no le di mayor importancia. Acto seguido paseó su mirada por toda la habitación y volvió a clavar sus ojos en los míos mientras retomaba esa conversación que la convertía en una persona mucho más interesante de lo que en realidad era.

- Les dije a mis padres que esa noche iba a dormir a casa de Sonia y que no se preocupasen por nada, que todo estaba bajo control. Mi madre me dio un beso y me dijo pásalo bien, cariño. Mi padre y mi hermana no se molestaron ni en mirarme a la cara, no obstante no me sorprendió ya que ese comportamiento era el que mejor encajaba con sus más que apáticas y desinteresadas formas de ser. Fui la última en acudir al encuentro en aquella plaza y la primera que les mostró el camino para visitar aquel dichoso cobertizo que nunca debimos haber pisado, ya que yo era la única que conocía el trayecto. Durante la caminata sacamos a la luz muchos y muy diversos temas de conversación amenos y agradables, por lo menos para mí pero en ninguno de ellos se tocaba lo que verdaderamente nos atraía a mis por entonces cinco amigas y a mí misma.
- ¿Qué es eso que os atraía, si se puede saber?- la interrumpí un tanto desconcertado.
- Todo lo relacionado con pasar miedo.- me respondió mientras desviaba la vista hacia su anillo- Brujas, vampiros, magia negra, zombis, sombras que se deslizan detrás de una estantería en una habitación oscura… cosas de esas. Ese sentimiento que compartía con ellas ha sido quizá el secreto mediante el cual no las veía como amigas sino como algo más. Eran como hermanas para mí. El sendero de tierra que serpenteaba varios kilómetros hasta la orilla del río estaba llegando a su fin y con él la luz del día. Estábamos desprovistas de linternas o de cualquier objeto que pudiera desprender un haz de luz por lo que la sensación de miedo ganaba muchos enteros por aquellos contornos. Cuando por fin llegamos a nuestro destino, un viejo y pésimamente conservado cobertizo apareció ante nuestros ojos mirones. Contaba la leyenda que antaño solía constituir uno de los pocos refugios para pastores en días de tormenta en varios kilómetros a la redonda y que en él sucedían fenómenos extraños, rozando lo paranormal. Al principio, recién construido el albergue mucha gente entraba ahí dentro para protegerse de los fuertes temporales que tenían la costumbre de desencadenarse muy a menudo por estas tierras, pero a posteriori con el paso del tiempo y las frecuentes apariciones de cadáveres en el río y por los alrededores, muchos de ellos dejaron de visitarlo olvidándose poco a poco de su existencia. La verdad es que hacía muchos años que nadie había vuelto a reunir el valor necesario para acercarse e investigar que misterio encerraba todo aquello pero su sola y enigmática presencia allí alimentaba infinitos mitos y leyendas que circulaban por los pueblos vecinos de generaciones en generaciones hasta nuestros días.

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