jueves, 28 de abril de 2011

Ya están aquí (5)

Cuando me despojé por fin de la sábana que me cubría el cuerpo y la cara, me sorprendió verla apoyada sobre el quicio de la puerta, en vez de a unos cuatro metros junto a la ventana, que es donde pensaba que aún yacía y desde donde parecía que provenía su cálida voz. Estaba fumando un cigarrillo de tabaco rubio, el cual desplazaba con gran destreza con su mano izquierda desde el pequeño cenicero que sostenía con su otra mano hasta sus labios, por lo que constaté que estaba más nerviosa de lo que en un principio había imaginado. Mi chica por lo general solo fumaba los sábados cuando salíamos de marcha a la discoteca o cuando los nervios la ganaban su particular batalla, y esa era, sin lugar a dudas, una de esas ocasiones.

- El primer susto llegó a partir de las nueve de la noche. Las seis oímos claramente como alguien picaba con insistencia a la puerta pero no distinguíamos a nadie a través del pequeño ventanuco que daba hacia ese lado. Eran golpes secos, por lo que descartamos la posibilidad que se tratase del viento, sin embargo no teníamos ni idea de quien podría deambular por aquellos contornos a esas horas de la noche. Puede parecer difícil de entender pero cada vez que pasaba el tiempo me costaba más y más respirar el aire allí dentro. A lo mejor eran imaginaciones mías Fran, pero juraría que mi respiración como la de todas mis, por aquel entonces, acompañantes era más fatigada y ahogada que nunca. En otras palabras, allí dentro me sentía incómoda.
- ¿Qué notabas a parte de la respiración?
- Bueno, eso era una minúscula mota de polvo comparado con lo que se avecinó después. Notábamos unos pitidos extraños en los oídos, una visión un poco borrosa que nos impedía fijarnos con plena atención en cualquier detalle y un hormigueo por todo el cuerpo. No obstante todo eso sucedió antes que los pinchazos que nos sacudieron nuestras cabezas durante un periodo de tiempo estimado de unos diez o quince minutos. Ha sido horrible. Daba la impresión que quien fuera que estuviese al cargo de provocarnos todo aquello conocía al dedillo todos y cada uno de nuestros puntos débiles y atacaba sin piedad alguna mientras nosotras gritábamos y nos retorcíamos de dolor. Intentamos por todos los medios escapar de aquel maldito escondrijo pero aquella desgraciada noche todos nuestros esfuerzos resultaron en vano. Lo cierto es que en aquel momento ya no estábamos interesadas en conocer un poco más aquellos mitos y leyendas que brotaban a menudo de los labios más ancianos del lugar. Sin embargo ya era tarde para echarse atrás y recapacitar. Siempre lo había sido.

Se produjo otra pausa, otra mirada pensativa aún con el cigarrillo entre sus dedos y, como no, otros detalles grotescos que se unían a la lista. Desde mi posición notaba como le estaba costando relatarme todo aquello, incluso podía distinguir como le deslizaban pequeñas lágrimas por sus mejillas, las cuales en ningún momento intentó disimular, que procedían de unos ojos algo llorosos y morían en los dibujos de uno de sus pijamas preferidos. Después del breve espacio de silencio que inundó mi cuarto su voz algo más tenue y apagada volvió a brotar de sus labios obligándome a prestar el máximo de atención posible.

- No sé exactamente cuanto duró todo aquel infierno al que estábamos sometidas pero a mí particularmente se me hizo eterno. No soportaba el dolor que cada vez se agarraba más y más a mi piel, mientras veía como Eva y Beatriz se enroscaban en el suelo formando insólitas espirales de terror, Marta y Rebeca de pie agitaban desesperadamente sus cabezas de un lado para el otro emitiendo verdaderos chillidos que surgían de sus más que convalecientes gargantas y en cuanto a Sonia, mi mejor amiga, yacía tumbada en una esquina boca arriba con los ojos en blanco y espuma en la boca. Tenías que haber estado allí para contemplar lo que vieron mis ojos. Cuando por fin cesó todo aquel mal que nos tenía presos a su merced, comenzamos a recobrar aunque de forma paulatina, todos los sentidos que de alguna forma teníamos perturbados hasta volver a verlo todo como al principio. Es posible que nunca encuentre una explicación razonable que justifique nuestro comportamiento bajo aquel techo, sin embargo eso no quiere decir que lo que nos sucedió aquella desangelada noche sea fruto de nuestras jóvenes y enfermas mentes. En absoluto. Y la cosa no acabó ahí. El encargado de crear esa atmósfera tan asfixiante en la que estábamos inmersas, no se dio por vencido tan fácilmente y quería más, mucho más. Solo nos permitió dos minutos de calma y sosiego para volver después a la carga. Nuestras melenas comenzaron a contar con vida propia y, como por arte de magia, se elevaban en el aire y ondeaban al son de una brisa imaginaria. Pero esa brisa suave y obediente no tardó en convertirse en un verdadero vendaval que nos arrastraba sin piedad golpeándonos y balanceándonos con una fuerza que rápidamente catalogué como sobrenatural contra las cuatro paredes, el suelo y el techo. Solo por un instante se cruzó en mi cabeza el deseo de abandonar este mundo a toda costa para de esa forma ahorrarme tanto dolor y sufrimiento pero por suerte las enormes ganas de vivir con las que por aquel entonces presumía evitaron males mayores.

- ¡Dios mío, Lidia!, no puedo creer lo que me estás contando- la interrumpí.
- Pues es cierto Fran, sabes que yo no te mentiría ni te engañaría hablando sobre estos temas- me confesó sollozando con más lágrimas en sus mejillas mientras apagaba la colilla en el cenicero de mármol. A continuación prosiguió con su sobrecogedor testimonio pronunciando las últimas palabras que consiguieron dejarme total y absolutamente de piedra.- Para acabar nos elevamos las seis a cuatro o cinco metros del suelo y comenzamos a girar a una velocidad tan vertiginosa que lo único que captaban mis ojos eran simples efectos de colores en movimiento hasta que por fin caí torpemente al suelo de madera y perdí el conocimiento. No te puedo precisar con exactitud cuanto tiempo permanecí convaleciente, no obstante de lo que sí me acuerdo al despertar es que me encontraba sola y que ya había amanecido. La puerta del refugio, contra todo pronóstico, no estaba abierta pero sí allegada por lo que decidí abandonar aquel maldito lugar y no volver nunca más. Desde esa lejana noche han sido muchos los días en los que daba vueltas y más vueltas a todo aquello, intentando encontrar con insistencia una explicación que nunca llegó. Fueron muchas las noches también que no pude conciliar el sueño y cuando por fin lograba pegar ojo las pesadillas que se arremolinaban en mi mente cobraban protagonismo hasta el punto de conseguir empapar la almohada de mi cama con mi propio sudor o cortarme la respiración de una forma y manera absolutamente magistrales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario