jueves, 28 de abril de 2011

Ya están aquí (7)

Aquella noche, a eso de las once, una hora antes de las campanadas de fin de año, Lidia y yo nos encontrábamos tumbados en la cama, sin lugar a dudas nuestro lugar preferido ya que en ella tenía lugar la mayor parte de nuestros juegos, caricias y perlas de sabiduría romántica que brotaban de nuestros labios, lejos de las celebraciones habituales, las cenas en familia y las fiestas hasta altas horas de la madrugada porque desgraciadamente al día siguiente teníamos que madrugar para asistir a nuestros respectivos trabajos. El día, por lo general, había transcurrido bastante ameno y distendido como acontecía siempre que tenía el placer de permanecer a su lado, pero ellas, evidentemente ya se encargarían de romper la gran complicidad que aún conservábamos en mil pedazos. Las cinco voces surgían de debajo de la cama pero no nos hablaban a nosotros sino que estaban cuchicheando entre ellas ni más ni menos que la forma con la que perpetrarían su más que diabólico plan de ataque. Pretendían ejecutarnos y esconder nuestros cuerpos en mi propio armario para con el tiempo poder descuartizarlos e ir devorándolos despacio, sin ninguna prisa. Yo lo oí todo como también sentí los temblores que me transmitía Lidia con su mano derecha. En ese frenético instante cogí fuerzas de donde no había y entorné mi cuerpo hasta conseguir llegar a mi mesilla de noche y rescatar una vieja linterna que solo usaba cuando saltaba el automático o se iba la luz a causa de las tormentas. Aún funcionaba. Acto seguido la di un beso a mi novia y la juré que todo iba a salir bien y que no se preocupase por nada. Ella, ante el resplandor de la linterna me contestó, con una mirada que lo resumía todo, que por favor ni se me ocurriese mirar por debajo de la cama porque eso era lo que de alguna forma ellas estaban esperando. Fue entonces cuando la espeté la famosa expresión “ahora o nunca”. Era la oportunidad perfecta para revelar la verdadera identidad de las causantes de todas y cada una de sus pesadillas y no era preciso desaprovecharla bajo ninguna razón. Poco a poco, como a cámara lenta, comencé a inclinarme hasta conseguir una postura tan incómoda como necesaria en aquellos momentos. La luz que emitía la linterna acompañó mi movimiento fielmente hasta que bañé de claridad sus diminutas y terroríficas siluetas. Estaban sentadas en círculo y en ningún momento se percataron de que una resplandeciente y molesta luz les alumbraba. Yacían completamente inmóviles, planeando lo que con total seguridad se iba a convertir en un despiadado y sangriento doble asesinato pero pese a eso y pese a los nervios que ya corrían por mis venas a una velocidad de vértigo, no me dejé amedrentar. Los cinco confusos perfiles seguían cuchicheando al mismo volumen mientras que por mi mente empezaba a desfilar una caravana de ideas que, aunque podían ser veraces no me hacía ninguna gracia tenerlas en cuenta. Ideas como que mi presencia en aquel instante las había descubierto, o peor aún, las había molestado, pero fuese cual fuese la dichosa verdad tengo que decir que ese escenario en tales circunstancias me daba mucho miedo, más del que os podéis imaginar. Lidia, desde su posición me insistía una y otra vez que no me acercase más porque las consecuencias podían llegar a ser fatales pero la decisión ya estaba tomada. Ya no había vuelta atrás.

Nunca imaginé que la sensación de miedo pudiese acorralar e intimidar tanto a una persona en cualquiera de las etapas de su vida. Pensaba que el hecho de pasar miedo, de que el terror en estado puro consiga atraparte, contaba con menos importancia de la que en realidad tiene pero estaba equivocado. Sentir miedo puede transformar a alguien por completo. Logra incrementar los latidos del corazón y que los pelos se te pongan como escarpias, ridiculiza tus habilidades, reúnes fuerzas de donde ni siquiera sabías que había y, por lo general, te convierte en un hombre mucho más violento y agresivo. Dicho de otra forma, consigue mutar el comportamiento de las personas, como lo haría la más terrible y dolorosa de las enfermedades. Yo, tuve la ocasión de comprobarlo con mis propios ojos aquella nochevieja ya que dentro de mi propio cuarto y a escasos centímetros de mi piel descansaba el foco de todos y cada uno de mis temores.

Aún con la linterna en la mano y esforzando la vista al máximo logré divisar lo que yacía en el centro de ese círculo y que ellas mismas rodeaban como si ese objeto constituyese el verdadero motor de sus extrañas existencias. Era negro y rectangular y con mucha probabilidad no hubiese generado ningún tipo de sobresalto o estremecimiento si estuviese colocado en cualquier otro lugar de la casa a cualquier otra hora, no obstante allí, tal y como aparecía ante mis ojos, presumía con ser aterrador. En ese instante tomé la decisión de reincorporarme, apartar a un lado la sábana y la manta que me cubría y levantarme de la cama posando mis pies descalzos en una de las alfombras que me había regalado mi madre años atrás, y desviando la vista hacia mi novia que continuaba devolviéndome la mirada con unos ojos tan llorosos y asustados que a primera vista me parecía imposible reconocerlos como suyos. Pero sí lo eran y ellos lo sabían todo mejor que nadie. Sabían que las cinco siluetas eran ni más ni menos que cinco muñecas de la extensa colección que aún conservaba y de la que no pretendía deshacerse nunca. Sabían que el misterioso objeto que descansaba en el centro del corro era una simple grabadora de voz negra que había usado para engañarme en todo momento y en la cual nacían esas presuntas sicofonías del más allá a las que tanto respeto tenía. Y sabían que tanto el refugio, como sus cinco amigas era obra de su más que sorprendente y admirable imaginación que no paraba de asombrarme día a día, así como de sus evidentes cualidades para la interpretación.

Me disgusté mucho con su actitud, incluso me prometí a mi mismo en ignorarla durante un par de días o tres pero a pesar de todo Lidia seguía siendo el sueño que siempre quise soñar. No tardamos mucho tiempo en volver a retomar las caricias y los arrumacos, las palabras enternecedoras, las sonrisas confirmando nuestra envidiable complicidad y los famosos revoltijos de brazos y piernas que conformábamos sobre mi cama. Con el paso del tiempo las aguas del río volvieron a su cauce pero nunca en la vida podré olvidar ese refugio tan macabro que se alzaba al final de un largo y polvoriento camino de tierra, al lado de un arroyo que por allí también se dejaba ver, a las afueras del clásico pueblecito rural en donde los mitos y las leyendas saltaban de boca en boca a lo largo de generaciones y generaciones. Y lo peor de todo es que a partir de entonces una pregunta será la encargada de asomar con inesperada frecuencia en mi mente y que me perseguirá toda la vida.     

- ¿Existirán de verdad los lugares prohibidos o simplemente forman parte de las más que indudables fantasías de mi novia?...

Ya están aquí (6)

Lo cierto es que lo había vuelto a conseguir, había logrado captar toda mi atención aquella mañana del día de nochebuena. Los días anteriores a aquella fecha tan señalada me había parado a pensar que esas navidades iban a resultar iguales que siempre pero no por ello más aburridas o monótonas, para nada. Nos abrazaríamos, nos besaríamos, crearíamos originales revoltijos de brazos y piernas sobre mi cama y compartiríamos las cosas típicas de los enamorados pero después de escuchar el testimonio que me tenía reservado en los rincones más lúgubres y sombríos de su mente ya nada volvería a ser como antes. Mi cabeza junto con la suya, se mantendría ocupada pensando en todo eso que años atrás giró en torno a un condenado refugio abandonado a las afueras de su pueblo natal y, lo peor de todo es que, por todos los medios intentaría buscar las explicaciones que nunca ha sido capaz de encontrar Lidia en todos estos últimos años.

¿Quién podría jugar de esa forma tan macabra con la vida de las personas a su antojo?- era quizá la pregunta que más inmediatamente buscaba ser respondida.- ¿Y por qué razón se animó o se animaron a hacerlo?...

- ¿Comprendes un poco mejor por lo que estoy pasando?
- …
- Bueno Fran, ya queda menos.
- ¿Todavía hay más?- le pregunté sorprendido con mi espalda apoyada sobre la cabecera de la cama en un gesto que denotaba ciertos aires de nerviosismo e inquietud.
- Sí, aún hay más. Ojala todo hubiese acabado aquel veintidós de diciembre entre aquellas cuatro paredes pero no fue así. Todos los años por Navidad continúan visitándome y recordándome que la única culpable de todo lo sucedido he sido yo misma por enseñarles a mis, por aquel entonces compañeras de fatigas, la ubicación de un lugar prohibido, cuya existencia no debieron haber conocido jamás como hasta la fecha así llevaba sucediendo.
- ¿A quién te refieres cuando dices que continúan visitándote?
- No lo sé. No sé que forma adquieren porque nunca tuve el valor necesario para verlas. Lo único que te puedo decir es que tienen voz de mujer y en ocasiones, en la oscuridad y el silencio más riguroso, llegan hasta mis oídos débiles susurros con las intenciones más macabras del mundo. Hablan de muchos temas pero todos ellos relacionados con la famosa escapada nocturna a ese refugio. Al principio, las primeras navidades, solo contaba dos voces, pero últimamente ya son más, no sé, puede que cuatro o cinco y mediante frases sueltas y sin aparente relación entre ellas, pretenden lograr que enloquezca. O eso es lo que por lo menos pienso yo.
- ¿Qué te susurran?
- Son como sicofonías del más allá. Murmullan oraciones del estilo de “si al refugio irás, en la vida real morirás”, “cada vez tienes los cuchillos más cerca, pronto notarás como te acarician suavemente tu suave y fina piel”, “mucho tienen que cambiar las cosas para que no yazcas pronto bajo tierra”, “yo me encargaré personalmente que tus heridas no cicatricen nunca” y muchísimas más que ya no recuerdo. Como ves, todas ellas tienen algo que las caracteriza y las distingue del resto, sus macabras intenciones por acabar conmigo de alguna forma pero no estoy dispuesta a permitírselo bajo ningún concepto. Quienquiera que se esconda en los armarios, debajo de la cama o dentro de un baúl y me susurre sus condenados propósitos no podrá conmigo. Ayer de noche volvieron a hacer acto de presencia y me confesaron que tenía los días contados y que fuera pensando en despedirme de todos mis seres queridos porque de un momento a otro se producirá la terrible tragedia pero no creí en sus palabras. Ya no les tengo miedo y digan lo que digan no les haré caso.
- Sí, eso creo que es lo mejor que puedes hacer. Ignóralos y ya verás como el día menos pensado desaparecen para siempre- la contesté sin pensar en lo que decía.

No es sencillo olvidarse de algo que te mantiene pensativo constantemente, os lo puedo asegurar. Ese mismo día y los siguientes disfruté tanto a su lado que casi se me olvidan por completo sus inquietudes sin embargo, como ya os he comentado, no es nada fácil. Desde hacía mucho tiempo y hasta el mismo día de la nochevieja de aquel año no tenía la menor duda, Lidia se había convertido en la chica con la que siempre soñé compartirlo todo pero entre sus magníficas y admirables cualidades convivía una intranquilidad y unos temores constantes que, aunque los intentaba disimular con asiduidad, nunca pudo conseguir ocultarlo, por lo menos conmigo. Aquella misma nochevieja, exactamente una semana después del día que me compartió sus secretos más íntimos, sucedió lo que alguien la llevó avisando con mucho tiempo de antelación, lo que nunca debió haber sucedido, la continuación del capítulo del refugio. Lidia, en bastantes ocasiones, me comentó que ahora, con la llegada de este nuevo año que asomaba, era un buen momento para pasar página de una vez por todas y prestar más atención a otros muchos ámbitos de la vida cotidiana, no obstante quien iba a imaginarse que esa era precisamente la última página de su libro…

Aquella noche las cosas ocurrieron tan rápido que necesité el compendio de los días posteriores para ir asimilándolo todo con absoluta claridad. Lo cierto es que volvió a escuchar sus tímidas y apagadas vocecillas, esta vez, sin importarles mi presencia a quienes quiera que fuesen ellas, ya que yo también he sido testigo directo de sus habilidades lingüísticas y he de decir que si de verdad contaban con el privilegio de pensar, su método era envidiablemente increíble. Como bien me había dicho Lidia, sus términos formaban frases aparentemente sueltas y sin sentido pero que si te parabas un momento a reflexionar sobre ellas descubrías como estaban interrelacionadas con maestría formando una telaraña de palabras dignas del mejor escritor del género. Las cinco vocecillas que yo llegué a contar nacían en los rincones más oscuros y polvorientos de mi habitación y llegaban hasta mis oídos como si pretendiesen seducirme o hipnotizarme a su antojo. No cabía duda que no perdían el tiempo en ninguna de sus fantasmagóricas apariciones y que tenían las ideas claras, muy claras desde un principio.

Ya están aquí (5)

Cuando me despojé por fin de la sábana que me cubría el cuerpo y la cara, me sorprendió verla apoyada sobre el quicio de la puerta, en vez de a unos cuatro metros junto a la ventana, que es donde pensaba que aún yacía y desde donde parecía que provenía su cálida voz. Estaba fumando un cigarrillo de tabaco rubio, el cual desplazaba con gran destreza con su mano izquierda desde el pequeño cenicero que sostenía con su otra mano hasta sus labios, por lo que constaté que estaba más nerviosa de lo que en un principio había imaginado. Mi chica por lo general solo fumaba los sábados cuando salíamos de marcha a la discoteca o cuando los nervios la ganaban su particular batalla, y esa era, sin lugar a dudas, una de esas ocasiones.

- El primer susto llegó a partir de las nueve de la noche. Las seis oímos claramente como alguien picaba con insistencia a la puerta pero no distinguíamos a nadie a través del pequeño ventanuco que daba hacia ese lado. Eran golpes secos, por lo que descartamos la posibilidad que se tratase del viento, sin embargo no teníamos ni idea de quien podría deambular por aquellos contornos a esas horas de la noche. Puede parecer difícil de entender pero cada vez que pasaba el tiempo me costaba más y más respirar el aire allí dentro. A lo mejor eran imaginaciones mías Fran, pero juraría que mi respiración como la de todas mis, por aquel entonces, acompañantes era más fatigada y ahogada que nunca. En otras palabras, allí dentro me sentía incómoda.
- ¿Qué notabas a parte de la respiración?
- Bueno, eso era una minúscula mota de polvo comparado con lo que se avecinó después. Notábamos unos pitidos extraños en los oídos, una visión un poco borrosa que nos impedía fijarnos con plena atención en cualquier detalle y un hormigueo por todo el cuerpo. No obstante todo eso sucedió antes que los pinchazos que nos sacudieron nuestras cabezas durante un periodo de tiempo estimado de unos diez o quince minutos. Ha sido horrible. Daba la impresión que quien fuera que estuviese al cargo de provocarnos todo aquello conocía al dedillo todos y cada uno de nuestros puntos débiles y atacaba sin piedad alguna mientras nosotras gritábamos y nos retorcíamos de dolor. Intentamos por todos los medios escapar de aquel maldito escondrijo pero aquella desgraciada noche todos nuestros esfuerzos resultaron en vano. Lo cierto es que en aquel momento ya no estábamos interesadas en conocer un poco más aquellos mitos y leyendas que brotaban a menudo de los labios más ancianos del lugar. Sin embargo ya era tarde para echarse atrás y recapacitar. Siempre lo había sido.

Se produjo otra pausa, otra mirada pensativa aún con el cigarrillo entre sus dedos y, como no, otros detalles grotescos que se unían a la lista. Desde mi posición notaba como le estaba costando relatarme todo aquello, incluso podía distinguir como le deslizaban pequeñas lágrimas por sus mejillas, las cuales en ningún momento intentó disimular, que procedían de unos ojos algo llorosos y morían en los dibujos de uno de sus pijamas preferidos. Después del breve espacio de silencio que inundó mi cuarto su voz algo más tenue y apagada volvió a brotar de sus labios obligándome a prestar el máximo de atención posible.

- No sé exactamente cuanto duró todo aquel infierno al que estábamos sometidas pero a mí particularmente se me hizo eterno. No soportaba el dolor que cada vez se agarraba más y más a mi piel, mientras veía como Eva y Beatriz se enroscaban en el suelo formando insólitas espirales de terror, Marta y Rebeca de pie agitaban desesperadamente sus cabezas de un lado para el otro emitiendo verdaderos chillidos que surgían de sus más que convalecientes gargantas y en cuanto a Sonia, mi mejor amiga, yacía tumbada en una esquina boca arriba con los ojos en blanco y espuma en la boca. Tenías que haber estado allí para contemplar lo que vieron mis ojos. Cuando por fin cesó todo aquel mal que nos tenía presos a su merced, comenzamos a recobrar aunque de forma paulatina, todos los sentidos que de alguna forma teníamos perturbados hasta volver a verlo todo como al principio. Es posible que nunca encuentre una explicación razonable que justifique nuestro comportamiento bajo aquel techo, sin embargo eso no quiere decir que lo que nos sucedió aquella desangelada noche sea fruto de nuestras jóvenes y enfermas mentes. En absoluto. Y la cosa no acabó ahí. El encargado de crear esa atmósfera tan asfixiante en la que estábamos inmersas, no se dio por vencido tan fácilmente y quería más, mucho más. Solo nos permitió dos minutos de calma y sosiego para volver después a la carga. Nuestras melenas comenzaron a contar con vida propia y, como por arte de magia, se elevaban en el aire y ondeaban al son de una brisa imaginaria. Pero esa brisa suave y obediente no tardó en convertirse en un verdadero vendaval que nos arrastraba sin piedad golpeándonos y balanceándonos con una fuerza que rápidamente catalogué como sobrenatural contra las cuatro paredes, el suelo y el techo. Solo por un instante se cruzó en mi cabeza el deseo de abandonar este mundo a toda costa para de esa forma ahorrarme tanto dolor y sufrimiento pero por suerte las enormes ganas de vivir con las que por aquel entonces presumía evitaron males mayores.

- ¡Dios mío, Lidia!, no puedo creer lo que me estás contando- la interrumpí.
- Pues es cierto Fran, sabes que yo no te mentiría ni te engañaría hablando sobre estos temas- me confesó sollozando con más lágrimas en sus mejillas mientras apagaba la colilla en el cenicero de mármol. A continuación prosiguió con su sobrecogedor testimonio pronunciando las últimas palabras que consiguieron dejarme total y absolutamente de piedra.- Para acabar nos elevamos las seis a cuatro o cinco metros del suelo y comenzamos a girar a una velocidad tan vertiginosa que lo único que captaban mis ojos eran simples efectos de colores en movimiento hasta que por fin caí torpemente al suelo de madera y perdí el conocimiento. No te puedo precisar con exactitud cuanto tiempo permanecí convaleciente, no obstante de lo que sí me acuerdo al despertar es que me encontraba sola y que ya había amanecido. La puerta del refugio, contra todo pronóstico, no estaba abierta pero sí allegada por lo que decidí abandonar aquel maldito lugar y no volver nunca más. Desde esa lejana noche han sido muchos los días en los que daba vueltas y más vueltas a todo aquello, intentando encontrar con insistencia una explicación que nunca llegó. Fueron muchas las noches también que no pude conciliar el sueño y cuando por fin lograba pegar ojo las pesadillas que se arremolinaban en mi mente cobraban protagonismo hasta el punto de conseguir empapar la almohada de mi cama con mi propio sudor o cortarme la respiración de una forma y manera absolutamente magistrales.

Ya están aquí (4)

El tono de su voz estaba adquiriendo un acento distinto a como hablaba ella habitualmente y ese detalle me conmovió. Era como si otra persona tomara las riendas de su conversación, de manera y forma temporal claro está, hasta que despertase de la especie de trance a la que estaba sometida y volviese de nuevo a la realidad. Yo a Lidia la conozco bien y sé de buena tinta que ella nunca escogería ciertas palabras que brotaron de su boca esa mañana. Estaba total y absolutamente convencido.

- ¿Cómo se llaman tus amigas?- la pregunté.
- Sonia, Marta, Rebeca, Eva y Beatriz eran sus nombres- me corrigió- ya que por desgracia nunca más volverán a respirar el aire que siempre se merecieron y que alguien o algo les arrebató injustamente.
- ¿Murieron esa misma noche?- la volví a preguntar en un susurro.
- Bueno, lo cierto es que no se sabe, desaparecieron y nunca más se volvió a saber de ellas. La policía fue incapaz de encontrar los cadáveres hasta que llegó el momento en el que alguien decidió cerrar el caso. A partir de entonces, aproximadamente un par de años después del supuesto múltiple asesinato, la gente comenzó a olvidarse de sus caras, las mismas que inundaron aquella pequeña región por todos los rincones. Estaban por todas partes, en las farolas, en los escaparates de las tiendas, en las páginas de los periódicos, en Internet… pero en la actualidad ya es agua pasada como tantas y tantas cosas, las cuales no interesan a nadie.
- Y… ¿se puede saber que sucedió ahí dentro?
- Esa es la pregunta del millón, la que todo el mundo quiere saber y desconoce. Es la pregunta que muchos me han formulado y que hasta el momento no he sido capaz de contestar pero creo que ya ha llegado la hora de compartirlo con alguien. Nunca se me olvidará que aquella noche hacía un viento del demonio y las seis estábamos muertas de frío por lo que deseábamos entrar en aquel refugio cuanto antes a pesar de todas esas leyendas que aún seguían revoloteando sobre nuestras jóvenes mentes. Yo no tenía miedo y creo que mis osadas acompañantes tampoco por lo que a eso de las siete y media de la tarde pisamos por primera vez la cabaña. Lo cierto es que no era gran cosa, medía unos siete u ocho metros de largo por tres de ancho y presentaba el aspecto típico que suelen tener este tipo de lugares. Contaba con todos los elementos necesarios para crear un escenario digno de ver y recordar para todos aquellos amantes del terror en su estado más puro. Era, digámoslo de alguna forma, como un lugar pensado y construido solo y únicamente para dar miedo. La puerta por la que accedimos a su interior estaba a punto de desplomarse, aún no sé como aquella noche no se derrumbó después de las continuas y fuertes sacudidas que recibía del poderoso viento que a medida que pasaba los minutos parecía que cobraba más y más fuerza. Una vez en su interior pudimos apreciar las cuatro descuidadas ventanas que custodiaban la estancia y que no tenían otra misión que permitir el paso de la claridad en los días soleados. A parte de las ventanas, los poyetes de piedra que se alzaban junto a ellas y el suelo de madera no había nada más que mereciese mención alguna. Al estar desprovisto de mobiliario una de las cosas que me llamó mucho la atención era el eco que fielmente acompañaba a todas y cada una de nuestras palabras.

Nunca podré entender cual ha sido el motivo que condujo a mi novia y a sus cinco amigas hasta un lugar tan hostil como el que ella misma estaba describiendo. En ese instante se levantó de la cama, levantó la persiana de mi cuarto dejando pasar la cantidad suficiente de luz para obligarme a cerrar los ojos y taparme con la sábana, y con su boca a escasos centímetros del cristal y su mirada en algún rincón de la calle que yacía a ese lado, dejó escapar más palabras de su boca en un tono mucho más bajo del que había utilizado hasta ahora, como si en vez de estar relatándomelo a mí, estuviese simplemente pensando en alto.

- Nuestro objetivo había sido desde un principio pasar la noche allí, y ese ha sido, sin lugar a dudas, el error más grave que cometimos en toda nuestra vida. Acto seguido de observarlo todo con exquisito detenimiento decidimos sentarnos en círculo sobre los tablones de madera que integraban aquel suelo y pensar en lo que podía y no podía suceder. A mí en aquel momento se me ocurrían tantas ideas y todas ellas tan absurdas que no paraba de reírme y contagiar de algún modo mis carcajadas a todas ellas. Estábamos riéndonos dentro de un lugar prohibido y las consecuencias que ello suponía podían llegar a ser fatales, como así mismo ocurrió.

- ¿Lugar prohibido?, ¿a qué te refieres?- la pregunté extrañado aún oculto bajo la sábana de mi cama.
- Hace años leí un libro en casa de mis abuelos en el que venían detallados una serie de lugares un tanto especiales a lo largo y ancho de todo el planeta. Se dividía en múltiples clases de parajes un tanto peculiares, los lugares más frecuentados por el hombre, los menos visitados, los lugares más famosos, los más fríos, los que contaban con el mayor número de muertes por año, los rincones más inaccesibles y un largo etcétera. Pues bien, casi al final del libro encontré una sección que no aparecía en el índice pero que sin embargo sí que formaba parte de su contenido; los lugares prohibidos. El autor del libro quiso dejar claro que solamente existían siete lugares prohibidos, privados o usurpados en todo el mundo. Estos eran los únicos que no te proporcionaban explícitamente como ocurría con todos los demás, sino que tenías que conformarte con averiguarlos por tu cuenta a partir de una serie de coordenadas que el mismo autor facilitaba. Seis de ellos conseguí localizarlos muy lejos de mi casa pero el último, bajo mi asombro y estupefacción, no solo estaba en la misma comarca en la que tenía el gusto de vivir sino que se encontraba a escasos kilómetros del domicilio de mis difuntos abuelos. Al final y después de horas y horas de intensas investigaciones llegué a la conclusión de que ese albergue constituiría el punto exacto al que se refería el autor del texto. Hablaba poco acerca de estos extraños parajes, no obstante de todos los párrafos que dedicó con respecto al tema solo me quedé con dos ideas que penetraron en mi mente a una velocidad realmente de vértigo. La primera decía que nunca era aconsejable acercarse hasta ellos ya que los peligros a los que se exponían los valientes que se atrevían eran muchos y las posibilidades de supervivencia eran reducidas. Esa oración en particular no se me olvidará en la vida. La segunda idea que fui capaz de rescatar mencionaba que una vez visitado el lugar no era apropiado comentar con nadie su existencia. Era necesario conservarla en el anonimato por lo que a posteriori pudiera suceder… Aunque me hubiese gustado, nunca más volví a ver el libro que descansaba en uno de los estantes superiores del armario del salón de la casa de mis abuelos. Pero bueno, centrémonos en lo verdaderamente importante de todo esto, el refugio.

Ya están aquí (3)

- ¿Hechos insólitos y sobrecogedores?, ¿de qué se trata?- la interrumpí mientras no la quitaba ojo de encima.
- Bueno, lo cierto es que resulta difícil de explicar con palabras pero de todas formas lo intentaré. Me gustaría que tú también supieras que sucedió allí aquel maldito veintidós de diciembre de parte de madrugada.
- ¿No prefieres desayunar antes que nada?
- He estado toda la noche dando vueltas y más vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño y creo que ya ha llegado la hora de decírselo a alguien. Necesito contártelo ahora mismo sin introducciones ni preámbulos. Ya he esperado demasiado tiempo, ¿no te parece?
- De acuerdo. Como tú quieras. Soy todo oídos.

A pesar de la escasez de claridad y de lo desordenado que estaba todo dentro de mi cuarto se podían deducir e incluso distinguir bastantes objetos desde mi posición, sobre todo aquellos que descansaban cerca de la ventana pero mi atención reposaba, ahora más que nunca sobre ella, sobre Lidia. No tenía ni la más remota idea de lo que pretendía relatarme ya que jamás me comentó nada al respecto. Ni siquiera me dio una dichosa pista. Nada. Había conservado esa especie de secreto mucho tiempo en lo más profundo de su cabeza y ahora, de algún modo, ya se encontraba dispuesta a compartirlo conmigo detallándome todo lo que allí aconteció con pelos y señales. Yo, sin lugar a dudas, permanecería atento a su lado, escuchando su versión ya que comenzaba a sentir como se me acercaba la sensación de curiosidad a pasos agigantados.

- Aquel día las seis acordamos reunirnos en la plaza del ayuntamiento del pueblo a eso de las cinco de la tarde. Aún recuerdo que cayó de viernes, que habíamos asistido a clase por la mañana como siempre y que todo parecía indicar que prometía ser un día largo y divertido. Yo, por norma general casi nunca me aburría con ellas, me lo pasaba muy bien ya que desde que nos conocimos conectamos a la perfección. No obstante algo me decía dentro de mí que ese día no iba a ser como el resto. Quienquiera que sea el encargado de manejar los hilos del destino de las personas nos tenía guardada una pequeña sorpresita aquel día y nos sorprendió, vaya que si nos sorprendió.

En ese momento apartó su vista de la mía e hizo una pausa. Aún conservaba el gesto pensativo que la caracterizaba cuando se ponía seria. Estos días atrás es cierto que la noté un poco más fría e impasible conmigo pero no le di mayor importancia. Acto seguido paseó su mirada por toda la habitación y volvió a clavar sus ojos en los míos mientras retomaba esa conversación que la convertía en una persona mucho más interesante de lo que en realidad era.

- Les dije a mis padres que esa noche iba a dormir a casa de Sonia y que no se preocupasen por nada, que todo estaba bajo control. Mi madre me dio un beso y me dijo pásalo bien, cariño. Mi padre y mi hermana no se molestaron ni en mirarme a la cara, no obstante no me sorprendió ya que ese comportamiento era el que mejor encajaba con sus más que apáticas y desinteresadas formas de ser. Fui la última en acudir al encuentro en aquella plaza y la primera que les mostró el camino para visitar aquel dichoso cobertizo que nunca debimos haber pisado, ya que yo era la única que conocía el trayecto. Durante la caminata sacamos a la luz muchos y muy diversos temas de conversación amenos y agradables, por lo menos para mí pero en ninguno de ellos se tocaba lo que verdaderamente nos atraía a mis por entonces cinco amigas y a mí misma.
- ¿Qué es eso que os atraía, si se puede saber?- la interrumpí un tanto desconcertado.
- Todo lo relacionado con pasar miedo.- me respondió mientras desviaba la vista hacia su anillo- Brujas, vampiros, magia negra, zombis, sombras que se deslizan detrás de una estantería en una habitación oscura… cosas de esas. Ese sentimiento que compartía con ellas ha sido quizá el secreto mediante el cual no las veía como amigas sino como algo más. Eran como hermanas para mí. El sendero de tierra que serpenteaba varios kilómetros hasta la orilla del río estaba llegando a su fin y con él la luz del día. Estábamos desprovistas de linternas o de cualquier objeto que pudiera desprender un haz de luz por lo que la sensación de miedo ganaba muchos enteros por aquellos contornos. Cuando por fin llegamos a nuestro destino, un viejo y pésimamente conservado cobertizo apareció ante nuestros ojos mirones. Contaba la leyenda que antaño solía constituir uno de los pocos refugios para pastores en días de tormenta en varios kilómetros a la redonda y que en él sucedían fenómenos extraños, rozando lo paranormal. Al principio, recién construido el albergue mucha gente entraba ahí dentro para protegerse de los fuertes temporales que tenían la costumbre de desencadenarse muy a menudo por estas tierras, pero a posteriori con el paso del tiempo y las frecuentes apariciones de cadáveres en el río y por los alrededores, muchos de ellos dejaron de visitarlo olvidándose poco a poco de su existencia. La verdad es que hacía muchos años que nadie había vuelto a reunir el valor necesario para acercarse e investigar que misterio encerraba todo aquello pero su sola y enigmática presencia allí alimentaba infinitos mitos y leyendas que circulaban por los pueblos vecinos de generaciones en generaciones hasta nuestros días.

Ya están aquí (2)

- Hace aproximadamente doce años, mucho antes de que me conocieras, coincidí con unas chicas un tanto peculiares cuando aún asistía a las clases del instituto. Por aquel entonces sólo tenía dieciséis años y cursaba 3ºBUP. Aquel año había llegado nueva al centro y no conocía a nadie por lo que estas muchachas constituyeron lo que se puede denominar mis primeras amistades. Al principio solo eran dos pero con el paso del tiempo se unieron tres más y, junto conmigo, formábamos una pandilla en donde el sentimiento de la sinceridad y la franqueza ondeaban por encima de todo lo demás. Era muy feliz y me divertía mucho con ellas, pero esa felicidad no tardaría mucho tiempo en abandonarme…

Con mis ojos clavados en los suyos y la respiración algo agitada ya me temía lo peor. No entendía por qué a una chica como Lidia tenían que pasarle estas cosas. A continuación ladeó ligeramente su cara y con un semblante apagado y lloroso, que en ningún momento intentó disimular, hizo una pausa. Todo parecía indicar que iba a costarle sudor y lágrimas terminar de relatarme lo que se había propuesto aquella morena rizosa que cada noche dormía a mi lado. Desconozco cual había sido la razón por la cual se decidió a compartir conmigo sus palabras ni qué importancia contaba todo esto para ella pero lo que sí estaba claro es que esa mañana se esforzó hasta límites insospechados para cumplir su propósito.

- Y… ¿qué sucedió después Lidia?- la susurré mientras entrelazaba los dedos de mis manos con los suyos.
-  Los estudios no representaban ningún problema para nosotras ya que las seis éramos  buenas estudiantes y muy trabajadoras por lo que los retos los buscábamos en otras áreas. Áreas, de algún modo, más peligrosas y problemáticas que nunca debimos haber visitado pero que sin embargo no te das cuenta hasta que ya estás totalmente sumergido. No sé como explicártelo Fran. En la vida hay lugares prohibidos para ciertas personas, lugares que nunca deberían ser pisados porque contagian sensaciones muy fuertes de miedo y dolor. Pues bien, esas sensaciones son las que, por desgracia, experimentamos aquel veintidós de diciembre.
- ¿A qué lugares te refieres?- le pregunté sorprendido con el ceño fruncido.
- Pues a lugares sombríos y desapacibles en donde en ocasiones se pueden llegar a percibir voces de fondo que parecen sicofonías del más allá.
- Venga Lidia, no me digas que crees en todo eso. ¿Nadie te dijo nunca que esas cosas son simples fantasías?

Solo le bastó una mirada que inmediatamente catalogué como de incertidumbre e incredulidad para responderme a mi pregunta. Nunca pensé confesárselo a nadie pero a veces sentía pánico permanecer al lado de mi chica. Cuando se ponía seria perdía de alguna forma toda la dulzura y el encanto que era capaz de transmitir y se transformaba, como por arte de magia, en una joven infinitamente más austera y sobria.

- Existen muchos lugares que cumplen esos requisitos de los que hablo como bien pueden ser cementerios, bosques, sótanos o un simple armario empotrado en el que sus puertas viejas de madera ni siquiera rechinen a los oídos de nadie. Nosotras por aquel entonces buscábamos diversión y sensaciones fuertes y reunimos nuestros jóvenes corazones ni más ni menos que en un cobertizo abandonado en el que ya sabíamos de antemano que sucedían fenómenos misteriosos. Deseábamos comprobarlo, apreciar con nuestros propios ojos de qué se trataba eso que la gente no paraba de repetir. Yo, particularmente, estaba convencida de qué no iba a suceder nada extraño ni fuera de lo normal mientras perdurara nuestra estancia allí, porque pensaba que todo eso eran simples y llanas fantasías como bien tú has comentado hace un momento, pero me equivoqué. Allí dentro tuvieron lugar los hechos más insólitos y sobrecogedores que nunca jamás hubiera podido ni imaginar. Carecíamos de tablas guijas o cualquier instrumento necesario para contactar con espíritus o seres de otras naturalezas mucho más oscuras pero es que apenas nos hizo falta.

Ya están aquí

Nunca pensé que los primeros rayos de la luz del día, que se filtraban por las numerosas rendijas de la persiana de mi cuarto y que morían en la espalda de mi novia, pudiesen causar tanto asombro y admiración como en aquellos instantes así estaba sucediendo. Estaba tumbada boca abajo, con la cabeza por debajo de la almohada, durmiendo o haciéndose la dormida, esto último se le daba muy bien, mientras yo gastaba todo el tiempo del mundo en observarla. Lo cierto es que jamás imaginé que algún día pudiera llegar a compartir mi vida con una chica como Lidia. Bajo mi punto de vista era quizá la persona que más se acercaba a la perfección y lo demostraba día tras día, constantemente. Reunía una serie de adjetivos que siempre me gustó que tuvieran las jóvenes de su edad y el compendio de todos ellos había constituido quizá lo que me atrajo de ella hace aproximadamente cinco años en aquella discoteca.

- Oye Fran. ¿Te puedo preguntar algo?
- Sí, dime.
- Si yo te pidiese por favor que tocases un bulto que se encuentra debajo de una sábana, ¿lo harías?
- ¿A qué viene eso ahora, Lidia?

Evidentemente no estaba dormida por lo que se reincorporó y mirándome con atención dejó escapar de nuevo palabras por su pequeña y dulce boquita.

- Mírame a los ojos y júrame que serás sincero conmigo.
- Está bien, lo juro.
- Si yo te pidiese que bajases al sótano una noche a oscuras o que mirases detrás de unos arbustos después de haber escuchado un extraño ruido, ¿me obedecerías?
- No sé a donde quieres llegar. ¿A qué viene todo eso?
- Ya están aquí, Fran. Yo pensé que ya me había liberado pero desgraciadamente siguen ahí, atormentándome la vida.
- Pero… ¿quién?
- Las que se esconden en todos esos sitios para no ser vistas. Por eso te lo comenté, porque yo no me atrevo a hacerlo, ¿me comprendes?
- Pero… ¿de dónde has sacado todo eso?
- Me obligan a hacer cosas que no quiero. Tienen mucho poder de convicción. Es de alguna forma imposible desobedecerlas en algo que pretendan cometer. Siempre vuelven por Navidad pero este año no son dos como el anterior, son más.
- Me estás empezando a asustar Lidia.
- Ponte cómodo y escúchame atento. Creo que esto que te voy a contar te interesa.

Durante todo el tiempo que pasé a su lado muy pocas veces se sentaba delante de mí y me relataba con gesto serio y pensativo, lo que le sucedió antes de que nuestras vidas viajaran en paralelo como así lleva sucediendo estos cinco últimos años. Ya no me acordaba cuando había sido la última vez que me miró con tanta atención sobre mi propia cama, sin embargo, en las contadas ocasiones que lo hacía llegaba incluso a asustarme hasta tal punto que nunca la dejaba terminar sus testimonios. Sabía que su intención no era preocuparme o aterrorizarme pero siempre conseguía lo que nunca nadie había logrado con anterioridad, ponerme los pelos como escarpias con sus palabras. Lidia es una muchacha muy maja, dulce y cariñosa, nunca me cansaré de repetirlo, pero eso no es disculpa que impida que en su interior esconda los secretos más macabros que nunca antes habían llegado a mis oídos y aquel veinticuatro de diciembre, víspera del día de Navidad, había sido la fecha elegida para revelarme algunos de ellos.

lunes, 14 de marzo de 2011

Fallos cerebrales (5)

Al volverme para ver algo, lo que fuese, a través de la ventana mis ojos quedaron a medio camino. El cuadro. Ese dichoso cuadro que un día me había regalado mi madre estaba poseído. En él, un cocodrilo, más parecido a los de las películas de la Disney que a los protagonistas de un documental de naturaleza, me transmitía información. No hablaba ni gesticulaba, sin embargo al pie de su boca surgía una especie de bocadillo, como sucede en los cómic, y cada cierto intervalo de tiempo unos mensajes de texto cumplían a la perfección su papel informativo. No sabía si era la respuesta de... bueno, de Dios, o simplemente formaba parte del espectáculo. Lo cierto es que entre unas cosas y otras estaban consiguiéndolo. Comenzaba a enloquecer.

“No te asustes. Está sentada en el suelo de la cocina, de momento no corres ningún peligro”

¡Dios mío! Ahora comprendía el por qué de los chasquidos. Alguien había entrado en mi casa y pretendía asustarme emitiendo toda clase de ruiditos extraños. En lo más profundo de mi mente alguien o algo me aconsejaba que no me moviese de ahí por nada del mundo. También llegó a susurrarme algo sobre una energía negativa o algo así que no llegué a entender bien. No pensaba que todo esto iba a llegar hasta tal extremo, pero una vez convencido de ello la situación no me dejaba alternativa. Necesitaba empuñarlo, sentir el frío acero entre mis dedos. Reclamaba la ayuda de mi machete y este, por supuesto, no me falló. No me lo habían regalado mis padres ni mis hermanos, ni siquiera alguno de mis mejores amigos. Lo había comprado yo con mis propios ahorros.

Al ponerme de pie sobre la cama abrí el estante de mi armario y al verlo pude comprobar como el alivio y la distensión arrinconaba a los nervios y la incertidumbre que, sin permiso alguno, se habían instalado en mi desamparada cabecita. El valor y coraje que hace unos años me visitó, llamaba otra vez a mis puertas con el propósito de instalarse. Sin pensármelo dos veces lo empuñé con mi mano derecha y lancé una mirada más que desafiante hacia el marco de la puerta de mi propio cuarto. No iba a dejar que nadie entrase en mi casa y mucho menos con la intención de gastarme una broma o asustarme. Ni hablar. En ese momento dentro del cuadro en el que aún continuaba estático e impasible ese dichoso cocodrilo, las palabras que rellenaban el bocadillo desaparecieron y en su lugar aparecieron otras nuevas con un significado más aterrador sí cabe que el anterior. Pero no le presté atención. Ya no.

Estaba decidido. Iría hasta la cocina y me enfrentaría con esa cosa. O con esa persona, o quizá fuese un imponente y repulsivo monstruo o un simple espíritu. No tenía ni la menor idea de lo que estaba sentado en la cocina pero fuese lo que fuese me las iba a pagar. Lo que de verdad me aterrorizaba era pensar en la idea de que allí no hubiese nada. Absolutamente nada, lo que ratificaría la presencia de cualquier trastorno mental que estuviese sufriendo. Otra vez se posó en mi mente, pero de una forma muy fugaz, la portada de ese tomo con el título: “Fallos cerebrales”.

Solo os puedo decir que cuando entré en la cocina se me cayó el cuchillo al suelo del susto. No consiguió atraparme y ahora, dos semanas después, espero impaciente mi hora.

Fallos cerebrales (4)

El ruido que había oído anteriormente constituía el único motivo por el cual volvía a tener contacto con la realidad. Pero ya no era tan familiar...

Se había convertido como por arte de magia en un chocante chasquido. Nunca había oído nada por el estilo pero a aquellas alturas ya nada me podía sorprender. Tras unos segundos de silencio otro chasquido, este menos pronunciado, llegó al regazo de mis tímpanos avisándome que tarde o temprano nada bueno iba a ocurrir en mi propia casa.

Con grandes dosis de fuerza de voluntad, de la que ya no me quedaba, intenté recordar todo, una vez más. Su presencia detrás de aquel pulcro visillo amarillento, su mirada... ¡Un momento! Antes de que clavase, por primera vez, sus ojos en los míos recuerdo que se giró y posó la vista en algo o alguien que inestimablemente se encontraba en su piso. Pero, ¿qué persona cuenta con el poder de incitar a alguien a realizar tal barbaridad? O también puede que haya oído un extraño ruido o algo así...

“El sonido de la muerte es una tenue melodía celestial que va cobrando vida propia cuando sospecha que es capaz de realizar bien su trabajo”

Cuando el pomo de la puerta de mi habitación comenzó a girar suavemente conseguí captar las primeras notas de tan restringida composición musical. Sin embargo en aquel breve espacio de tiempo no podía ni debía concentrarme en ridículas musiquillas del más allá. Toda mi atención se concentraba en el perfil de ese pomo que aún giraba despacio, muy despacio. Pensé en esconderme debajo de la cama, en levantarme y plantar cara a fuese lo que fuese aquello. En aquel instante volví a pensar en demasiadas cosas en muy poco espacio de tiempo. Mi posición no se alteró lo más mínimo. Cuando el pomo llegó al final de su recorrido el movimiento se trasladó a la puerta. Nunca antes hubiera imaginado algo así porque no creía ni en espíritus ni en fantasmas ni en nada. Lo consideraba una tremenda payasada. No obstante aquel día, bajo aquel techo el payaso era yo. Tenía la impresión de haber vivido años y años de mi vida con un velo oscuro que ocultaba mi rostro y, sobre todo, ocultándomelo todo a mí.

Por fin la puerta se abrió del todo pero nadie estaba detrás de ella. Por lo menos hasta ese momento. Llegué incluso a pensar en una novatada de mal gusto. Si de verdad todo formaba parte del espectáculo de unos mocosos con el fin de pasar un divertido rato a mi costa lo estaban bordando. Pero... sobre aquella cama pedía a Dios que así fuese y que se acabase de una vez por todas todo esto pero no parecía hacerme mucho caso. Tal vez por mi incesante manía de pensar muchas cosas en tan poco tiempo. Desvié la mirada a mi reloj de pulsera digital para conocer cual era la hora del sufrimiento. Las doce y veintitrés minutos. No sabía si de verdad estaba capacitado para seguir ahí, esperando de alguna forma, la muerte. Esa palabra cobraba tal importancia en mi cabeza que con solo pensar en ella me producía escalofríos.

Fallos cerebrales (3)

Un leve ruido se hizo audible justo en la otra punta de la casa pero por el simple motivo de parecerme familiar me obligué a descartarlo como algo extraño. Mirando de reojo la ventana de mi habitación y con la garganta seca encendí el interruptor de la cocina. Aún sabiendo que me encontraba solo en mi propia casa y que nadie me atacaría por sorpresa cuando encendiera las luces, me sentía un poco incómodo. Eché un poco de agua en un vaso y me lo bebí. Respiré hondo y me sentí mucho mejor. Una oleada de valor y coraje atravesó fugazmente mi cuerpo.

-          Creo que la voy a mirar otra vez y me demostraré a mí mismo que de verdad yace muerta y que la enterrarán un día de estos y que su familia llorará y lamentará mucho su pérdida. Después llamaré a la policía y se lo contaré- pensé.

En ese momento caí en la cuenta de que el teléfono y la ventana estaban a escasos centímetros y que podría realizar las dos cosas simultáneamente sin ningún problema.

Pues bien, cuando me acerqué a esa ventana, a mi propia ventana, y me asomé por segunda vez en toda la noche, creía que me moría. Lo que en realidad presencié aquella fría noche no lo había soñado ni en mi peor pesadilla. Nunca había visto un cadáver en la vida real pero aquello no era un cadáver. Era un monstruo. Sus ojos, o lo que fuesen, seguían conservando su anterior aspecto macabro. Pude comprobar como de su boca emanaba espuma blanca y un líquido amarillento un tanto peculiar. Sin embargo lo que realmente me impactó eran sus dilatados e interminables brazos que se enroscaban una y otra vez como dos venenosas serpientes instantes antes de atacar a su presa.
La oscuridad de la noche y la perplejidad que me producía tan insólita situación estaban destinados a convivir eternamente. Era incapaz de mover un solo músculo, de desviar un segundo la vista, incluso de respirar. Me sentía cautivado, preso en una asquerosa y mugrienta telaraña sin esperanza ninguna de sobrevivir, esperando la llegada de la araña, de la muerte.

Nunca antes me había parado a pensar si todo aquello que emitían en las películas pudiese, en algún momento, suceder en la vida real. Ese era el momento elegido para que, por fin, pudiese abrir los ojos y enfrentarme a la terrible realidad. Y los abrí, y mientras continuaba observando cada centímetro de su piel a una distancia considerable, a mi cabeza aterrizó la portada de ese maldito libro. Era verde con las letras en plata, pero era curioso, porque nunca llegué a conocer el nombre de su autor. Si no hubiesen derribado hace dos años aquella biblioteca volvería y lo buscaría, pero ahora lo único que me queda es recordar.

“Los defectos cerebrales no son sueños ni pesadillas, conviven con nosotros en la vida real y una vez que ven la luz pueden llegar a ser mortales... Yo he tenido el placer de conocer casos de personas que lo han sufrido en sus propias carnes y os puedo asegurar que sus testimonios fueron realmente sobrecogedores... Emanaciones de sangre por ojos, narices y bocas, sorprendentes retorcimientos de extremidades, vómitos de arena y barro..."

En aquel momento una caravana de malos recuerdos de los cuales algunos ya pensaba que los había olvidado para siempre, pedía paso en mi mente. Lo único que se me ocurría era tumbarme en mi cama boca abajo y cerrar los ojos muy fuerte. Pero cuando el terror conoce tus puntos débiles no hay nada que hacer. Aún con los ojos cerrados y sumergido en el mundo de la suprema oscuridad unos pequeños puntitos blancos adornaban las cuatro esquinas de un cuadrado imaginario. No intentaban comunicarme nada sin embargo me transmitían una sensación indescriptible y como no, amenazaban con crecer. Crecer y crecer hasta unirse los cuatro en uno mucho mayor y poblar todo el cuadrado de una forma y manera magistral. Al cabo de unos segundos ya podía observar la imagen con bastante nitidez, era una calavera. No estaba furiosa ni tampoco feliz. No reía ni lloraba simplemente estaba ahí, cumpliendo su papel. Empezaba a sospechar que todo estaba minuciosamente planeado para destruirme pero yo sabía que mucho tendrían que cambiar las cosas para que comenzase a enloquecer de verdad.

Fallos cerebrales (2)

Pero la cosa no acabó ahí, ni muchísimo menos. Una vez en el suelo, boca abajo, y con el pelo alborotado, no parecía ella. Daba la impresión de tratarse de una especie de malvado ser o de una bruja. Yo continuaba inmóvil, con el corazón en un puño, el alma encogido y con la misma sensación de impotencia que al principio, pero poco a poco esta percepción perdía fuerza y ha sido el tiempo el encargado de difuminarla por completo. Cuando la vi ahí tirada entre la acera y la carretera una ráfaga de pensamientos irrumpió en mi mente. Pensé en demasiadas cosas en muy poco tiempo y eso posiblemente se convirtió en la inesperada y principal causa de los fallos cerebrales que surgieron desde aquel momento.

Hace cuatro o cinco años tuve la oportunidad de leer un libro a cerca de estos extraños pero reales fenómenos que habitan en el interior de los cerebros humanos. Aún recuerdo que lo extraje de una biblioteca pública en el barrio donde vivía con mis padres y en él te explicaban a grandes rasgos en que consistían estos errores macabros más conocidos con el nombre de fallos cerebrales. También te exponían una serie de medidas para prevenir estas espontáneas dolencias de las que ya no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que no se trataba de una enfermedad de nacimiento y por lo tanto, se podía originar en cualquier etapa de la vida de una persona. Por aquel entonces aún no se había encontrado ninguna cura o antídoto eficaz.

Su cuello comenzó a girar levemente. Desde allí arriba apenas percibía el movimiento pero su cuello giraba, vaya que si giraba. Conservaba el cuerpo boca abajo pero de alguna forma había conseguido rotar su pequeño y delicado pescuezo hasta apoyar la nuca en el asfalto de la húmeda carretera que separaba los dos edificios. En aquel momento no daba crédito a lo que veían mis ojos. Mi mirada, imperturbable, seguía clavada en ese inservible cuerpo, en esa pálida cara, en esos endemoniados ojos oscuros. De repente me volví y decidí ir a buscar unos viejos prismáticos que me había regalado mi padre por mi cumpleaños, hace ya nueve años. Los rescaté del armario de mi cuarto y pude comprobar como aún se mantenían intactos, como el primer día. Me los coloqué y al graduar las lentes enseguida comprendí que no podía estar sucediendo algo así y que ahora, al verlo mejor con los prismáticos conocería la verdad. Y en efecto, la verdad era esa, la que nunca antes hubiese imaginado que algún día ocurriría. Había girado el cuello hasta más allá de los límites humanos y, sorprendentemente, había conseguido abrir los ojos. Pero estos no me miraban a mí, tenían la vista perdida. Con los gemelos podía controlar minuciosamente toda la calle, sin embargo me costaba trabajo abandonar el punto de mira del cuerpo. Nunca jamás había visto un cadáver y este, al ser el primero y al verlo de esta manera, me sorprendió profundamente.

Patricia, una joven que acababa de suicidarse al arrojarse por un décimo piso al vacío, se había convertido en mi mayor pesadilla. Por más que miraba hacia ambos lados de la calle no encontraba a nadie. Solo permanecíamos ella, con todas sus aspiraciones demoniacas, y yo, sujetando con fuerza los binoculares y rezando a Dios que yaciese muerta de verdad.

Continuaba examinándola de arriba abajo pero ya no pude encontrar nada extraño ni fuera de lo normal, por lo que volví a fijar la mirada en su descolorido y cadavérico rostro y... ¡Dios mío! Sus dos ojos negros ya no tenían la vista perdida y, como un par de puñales de acero se clavaron en mí. Me había descubierto y ya no había vuelta atrás. Tiré los prismáticos al suelo y retrocedí un par de pasos pero en mi cabeza una vocecilla no paraba de repetir de forma un tanto insistente tarde, tarde, demasiado tarde.

Las primeras gotas de sudor hicieron acto de presencia en mi frente pero tenía cosas más importantes en las que pensar. Desde luego a partir de aquel momento no resultaría fácil olvidar aquellos ojos oscuros. Y la forma con la que me miraban. Sin embargo con una enorme agilidad y destreza impropias de mí, mi mente volvió a hacer referencia a ese fenómeno paranormal. Decidí entonces pensar en eso y no darle más vueltas. De lo contrario me acabaría volviendo loco. Guardé los gemelos en su correspondiente funda y los deposité donde estaban. Acto seguido entré en el cuarto de baño y, una vez frente al espejo, me refresqué la cara con abundante agua fría. Al volver la mirada al espejo este me devolvió la imagen de un joven cansado y algo confundido, por lo que supuse que dormir sería la única vacuna eficaz contra toda esta pesadila.

Fallos cerebrales (1)

Desde mi posición la luna ya no brilla como lo hacía antes. Ahora ya no. De un tiempo a esta parte han cambiado muchas cosas, tantas que la mayoría de la gente no se ha dado ni cuenta. Antes cuando me acercaba a la ventana de mi habitación y echaba un vistazo  disfrutaba del placer de observar cosas bonitas, bonitas de verdad. Veía a parejas besándose y abrazándose, demostrando más que nunca lo mucho que se aman y susurrándose al oído perlas de sabiduría románticas. También podía distinguir a solitarios jubilados paseando a sus chuchos a cualquier hora del día. Pero no estaban tristes ni desolados, al contrario. A través del cristal descubría como eran sinónimo de alegría y optimismo. Después de contemplar aunque solo fuesen unos minutos esa calle donde tantas y tantas veces había dedicado mi tiempo, te dabas cuenta que el mundo que te rodeaba giraba a su vez en torno a la paz y la tranquilidad. No existía razón por la cual entristecerse, enfadarse o bien discutir con tus más allegados.

Por aquel entonces el caudal del río circulaba tranquilo y sosegado, sin sobresaltos. Sin embargo alguien o algo amenazaba con romper esa armonía. Sin ir más lejos, hace escasamente dos semanas, a esta misma hora, tuve la desgracia de contemplar con mis propios ojos la forma con la que una adolescente se arrojaba al vacío desde la ventana de su propia casa. La impresión de la caída que archivó mi cerebro resultó ser algo sobrecogedor. Todavía cuando pienso en ello se me ponen los pelos de punta. Tuve la desgracia de estar en el sitio adecuado a la hora indicada. Desde el sofá de mi salón, como si de un lugar privilegiado se tratase, observé de principio a fin toda la macabra secuencia que, sin lugar a dudas, quedará grabada en mis retinas para siempre. Estas cosas aunque uno desee olvidarlas y pasar página es imposible. A mí me ha sucedido y aunque solo lleve conservada esa terrible imagen dos semanas en mi mente, la crueldad y la brutalidad presentes me acompañarán hasta la tumba. De eso estoy total y absolutamente convencido.

Segundos antes de saltar al vacío, incluso antes de que hubiera reunido el valor suficiente para hacerlo, pude comprobar como alzaba la vista y clavaba sus ojos en los míos. En ese preciso instante el corazón me dio un vuelco y la sangre que circulaba por mis venas, si es que de verdad lo hacía en ese momento, se me congeló de tal forma que llegué incluso a quedarme sin respiración durante un breve espacio de tiempo. A pesar de la distancia entre las dos ventanas y de la enorme tensión del momento conseguí rescatar de sus ojos una impresionante sensación de terror en estado puro. En su pálido semblante y, más concretamente en esos ojos temblorosos, estaba la llave que abría las inmensas puertas del misterio, el enigma y los marcados entresijos de su vida.

Rondaba los diecisiete años de edad y únicamente la conocía de vista. No obstante, cuando cruzamos las miradas aquella fría noche de abril caí en la cuenta de que necesitaba con desesperación algún tipo de ayuda, ayuda que por otra parte no llegaba. Estaría sufriendo una especie de crisis nerviosa o una terrible depresión y los problemas que la rodeaban crecían y crecían estrepitosamente hasta conseguir derribarla por completo. Algunas personas no se imaginan lo peligrosas que pueden llegar a ser en un hombre adulto y más mortífero si cabe si la víctima no es más que un frágil e indefenso adolescente.

En el instante en el que Patricia (supe su nombre al leer el periódico al día siguiente del accidente) se precipitaba al vacío y justo antes de producirse el fatal impacto contra el suelo, lo que la produciría la muerte instantánea, mi cerebro eligió vivir la tragedia a cámara lenta eliminando cualquier ruido que en ese mismo espacio de tiempo se hubiese producido. Todo el mundo pasaba a formar parte de un segundo plano ya que a aquella hora y en aquel lugar la protagonista principal tenía nombre y apellidos: Patricia Rodón Blanco. Y ahí estaba yo, detrás de la ventana de mi dormitorio presenciándolo todo con suma impotencia e ineptitud. Al principio no supe como reaccionar y lo relacioné como si hubiera sido el fragmento de una prestigiosa película de acción americana. Pero aquí no había cámaras ni guiones. Era real. Esa idea que aún revoloteaba en mi cabeza me amenazaba constantemente.

Joker (4)

En ese instante tres periodistas más decidieron levantarse de sus sillas y abandonar la sala. En este caso no se produjeron susurros ni críticas de ningún tipo. El experto en cuestión aprovechó esta inesperada pausa para beber otro poco de agua. Los reporteros que aún quedaban, ahora ya se podían contar con los dedos de una mano, seguían murmurando cosas y escribiendo, aunque ahora bastante más relajados. Quizá todos los presentes coincidían en pensar por qué tanto misterio con relación a esa persona. Es posible que si prestase su colaboración todo fuese mucho más sencillo. Pero también cabría la posibilidad de que si daba la cara en un acto público, tal vez, ya no estuviese nunca más entre nosotros. Prefería, pues, agachar la cabeza y ocultarse en el anonimato. Un anonimato que se estaba pagando con la vida de noventa y tres personas. Y de fondo un payaso. Un payaso feliz, que ríe. Con toda probabilidad lo haga de sus víctimas o simplemente porque no sabe hacer otra cosa.  ¿Es que existe poca maldad en el mundo?, ¿es necesaria la inexplicable aparición y presencia de un ser de diabólica sonrisa para unirse a las guerras y a las enfermedades? ¡Dios mío!, ¿nadie va a ser capaz de detenerlo en los tiempos en los que vivimos?

Las señales en los tobillos se sucedían uno tras otro hasta que los cuerpos hallados se empezaban a contar por centenares. El mundo entero, aunque nunca lo había visto en persona, lo conocía, lo reconocería entre un millón porque su sonrisa se había transformado como por arte de magia en la más famosa de todas. Se escribieron muchos libros y se rodaron también películas a cerca de tan singular personaje pero, durante aquellos tres años, sin lugar a dudas los más duros de toda la historia de la humanidad, la cruda realidad superó con creces a la ficción.

Dicen que el tiempo da y quita razones y con el paso de este se logró saber que nunca jamás nadie hizo nada por evitar lo inevitable, que no se cazó al payaso como se había sugerido, ni siquiera hubo una miserable intención de hacerlo y que el experto entrevistado había sido la única persona que sobrevivió a las garras del payaso. Nunca reconoció que él mismo había sido testigo directo de esos poderosos ojos y nunca quiso relatar cual había sido el truco que hubiese significado la salvación de cientos y cientos de vidas humanas. Él arrastraba, como todas y cada uno de los cadáveres, la señal en su tobillo izquierdo por la sencilla razón  de que estuvo allí aquella fría noche de febrero y lo vio. Al alzar la vista una sorprendente silueta de un payaso sonriente y seguro de sí mismo apareció ante él. Ambos se reían, ambos se cruzaron sus miradas mientras sus sonrisas chocaban estrepitosamente en algún lugar constituyendo una situación bastante surrealista. Permanecieron escasos segundos inmóviles, enfrentados, hasta que por fin, algo sucedió. El fantástico y risueño personaje le dedicaba con mucha maestría, como él muy bien sabía hacer, una serie de vocablos un tanto extraños faltos de ser descifrados por una mente inteligente, como la de Eduardo. Captó inmediatamente el mensaje que esa sonrisa le brindaba y esa misma noche dejó la persiana sin bajar.

Al echarse en su cama, listo para conciliar el sueño una frase aún revoloteaba intrépidamente en su cabeza.

-   Si lo delatas te mataré. Buenas noches.

Joker (3)

El ambiente que allí se respiraba se crispó por segundos, sin embargo la inesperada marcha de dos periodistas evitó males mayores y todo volvió a la normalidad, no sin antes exponer a todos los presentes una serie de palabras que brotaron de los labios de uno de los reporteros que en ese preciso momento salía por la puerta.

-          Ese payaso acabará con todos nosotros y nadie, absolutamente nadie hará nada por evitarlo. Es imposible luchar contra algo que tiene el poder de manipular mentes a su capricho o suspenderse en el aire como si tal cosa.

Continuaba hablando en voz alta pero sus palabras se desvanecían sin que pudieran llegar a oídos de nadie. Quizá su compañero sí pudo rescatarlas. El entrevistado tras escuchar expresiones de tan marcada índole acusativa, decidió cambiar su semblante tomando este un cáliz mucho más pensativo y acorde con su personalidad. Tal vez aquel impertinente tuviera razón, tal vez...

-          ¿Cómo su equipo de profesionales y usted han llegado a la conclusión de que se trata de un payaso el que está detrás de todo esto y no de casos independientes y nunca relacionados entre sí?
-          A esa pregunta sí que le puedo contestar. Noventa y un cuerpos de los encontrados tienen algo en común. Todos ellos llevan tatuados cerca del tobillo izquierdo en unos casos o del derecho en otros, el rostro de un pequeño bufón feliz y una palabra al lado: “JOKER”.
-          ¿Ese es su nombre?
-          Sí, así es. Mas que un término es más bien su firma. Desde el primer cuerpo encontrado allá por las pasadas Navidades han analizado minuciosamente esta pista gente experta y todos han coincidido en que... bueno... es un poco difícil explicar con palabras.
-          Inténtelo, por favor- insistió el periodista.
-          Está bien. Los médicos forenses están convencidos de que se trata de algo que surge de la piel como un lunar o un grano. Es decir, nadie los tatuó nada, ni muchísimo menos. Simplemente nació de una forma natural.
-          Y... ¿Cuándo se supone que empieza a nacer esa especie de señal?
-          Pensamos que todo comienza cuando sus víctimas logran ver la perversa silueta camuflada en ese carnavalesco disfraz de payaso.
-          ¿Todos los cuerpos encontrados muestran con claridad el dibujo y su posible firma?, ¿siempre aparece visible cerca de los tobillos y no en un brazo o en la espalda, por ejemplo?
-          Las preguntas de una en una, por favor. Bueno tengo que decir que sí, el lugar elegido siempre es el mismo. No han hallado ni un solo cuerpo que lo tuviera en cualquier otro lugar. Contestando a la otra pregunta quiero que sepan que todos ellos lo tenían exceptuando las dos niñas de esta mañana. Ellas contaban con la palabra pero el dibujo estaba sin acabar. A medio hacer, como si hubiesen muerto antes de lo programado.
-          ¿Está usted diciendo que desde que se produce el primer roce o contacto con el payaso hasta el fallecimiento del desafortunado hay un espacio de tiempo preestablecido que no es aconsejable alterar ni violar?
-          Sí, más o menos. Ese periodo de tiempo es corto pero aún no lo sabemos con exactitud.
-          Me estaba preguntando y estoy convencido de que el resto de mis compañeros también, ¿podría revelarnos si ese hombre con el que intercambió ciertas palabras no hace mucho tiempo también llevaba el tatuaje con la firma?
-          ...Eh... No, no lo llevaba.
-          ¿Se lo dijo de palabra o bien lo vio usted con sus propios ojos?
-          Les aseguro que no lo llevaba y les rogaría por favor que no volvieran a hacer alusión a esa persona.
-          Pero...
-          Por favor.
-          Está bien.

Joker (2)

-          ¿Es cierto que todas aquellas personas que osen mirarle a los ojos acaban siendo sus víctimas?
-          Desgraciadamente sí, es cierto. En un principio pensábamos lo contrario pero estábamos confundidos. Cuando en un momento dado cualquiera que se precie, levante la persiana y contemple su horrible silueta se puede dar por muerto.
-          Hace varias semanas un periódico local comentaba que el famoso “Payaso que ríe” mataba indirectamente a todas sus presas. A todas menos a una. El periódico consiguió averiguar más datos, como por ejemplo, su nombre, edad y estado civil pero jamás ningún periodista pudo conseguir una entrevista con él. Es como si se lo hubiese tragado la tierra. ¿Usted piensa que de verdad esa persona existe?
-          Por supuesto. Le puedo asegurar que existe. No se trata de ningún rumor ni de ninguna mentira. Es más yo le conozco y después de lo sucedido pude intercambiar algunas palabras con él.
-          ¿Nos podría facilitar más datos sobre ese sujeto?
-          Lo siento. Prefiere mantenerse en el anonimato. Es su decisión y hay que respetarla.
-          ¿A qué se refería el diario cuando insinuaba el término “indirectamente”?
-          El famoso payaso nunca jamás mató a nadie. El no es un asesino. Sin embargo hay “algo” en su interior con lo que consigue sus propósitos. Es decir, él quiere matar pero no mata.
-          ¿Qué es exactamente ese “algo”?
-          Bueno, todavía no lo sabemos con exactitud pero personalmente pienso que es un don o algo por el estilo. Hay gente que piensa que es un discípulo del... demonio.
-          ¿Me está usted diciendo que el demonio está detrás de todo esto?
-          Mire, le voy a ser sincero. Yo no creo en el demonio ni en el más allá. Solo creo en lo que ven mis ojos y hasta ahora sólo han visto una caravana de trágicos sucesos macabros.
-          Bueno, cambiando un poco de tema, ¿cree usted si de verdad hay alguien que se encuentre a salvo de su macabra sonrisa?
-          No, nadie en el mundo estuvo, está o estará a salvo. De eso estoy completamente seguro.
-          Hace poco más de un mes se corría el rumor de que por fin los hilos del destino de las personas contaban con un dueño y señor. ¿Se muestra usted consciente de tal afirmación?
-          Pienso que en estos momentos la gente está muy confundida y no puede pensar con claridad. Por desgracia los medios de comunicación no hacen nada por evitar esta tensión que se respira y, en ocasiones, la incrementan, originando que la gente se asuste cada vez más y haciéndoles la vida imposible. Pero por otro lado también creo que el destino de todos nosotros corre un gran peligro mientras convivamos con seres de estas características.
-          ¿Sería posible que, de alguna forma, pudiese modificar su mentalidad, si es que cuenta con ella?
-          Se barajan dos opciones con respecto a su mentalidad: o es muy pobre, casi nula, o cuenta con una avanzada capacidad mental de la que no podamos ni imaginar. Mucho me temo que su mentalidad, sea cual sea,  permanecerá inalterable.
-          ¿Tiene sentimientos de algún tipo nuestro payaso?
-          No, en absoluto. No sabe lo que es sentirse triste ni alegre.
-          ¿Sabe si alguien, alguna vez, lo vio en un instante en el cual no estuviera riéndose?
-          Su malvada sonrisa está de alguna extraña forma adherida a su cara por lo que resulta imposible que alguien le hubiera visto con otro gesto. Hasta con la persona que tuve el honor de charlar lo vio así.
-          ¿Está usted insinuando que aunque el payaso en cuestión desease cambiar de gesto no lo lograría bajo ningún concepto?
-          No lo insinúo, lo afirmo. Créame, estoy convencido de ello.
-          ¿Puede por favor explicarnos a todos los presentes como consigue mantenerse o conservar su posición por detrás de las ventanas de las casas sin caer a consecuencia de la gravedad?
-          Digamos que tiene el poder de suspenderse en el aire como también lo tiene de matar a gente inocente de una forma indirecta.
-          ¿Me está usted diciendo que el payaso sabe volar?
-          No, simplemente logra mantener su posición suspendiéndose en el aire durante un determinado espacio de tiempo. Pensamos que largo, bastante largo.
-          ¿Podría recordarnos que cifra exacta de cadáveres va dejando tras de sí?
-          Contando las dos niñas de esta mañana, noventa y tres. Noventa y tres fallecidos en poco más de nueve meses, lo que hace una media de uno cada tres días aproximadamente.
-          La mayor parte de las muertes se ejecutaron a través de la aplicación de la técnica del suicidio. ¿Piensa que ese ser es capaz de manipular la mente de las personas a su antojo con el fin de conseguir convencerlas de que la muerte es la mejor solución a sus tristes  y apagadas vidas? Por favor, sea sincero.
-          Si, así es, pero lo que yo piense no significa que así tenga lugar.