El tono de su voz estaba adquiriendo un acento distinto a como hablaba ella habitualmente y ese detalle me conmovió. Era como si otra persona tomara las riendas de su conversación, de manera y forma temporal claro está, hasta que despertase de la especie de trance a la que estaba sometida y volviese de nuevo a la realidad. Yo a Lidia la conozco bien y sé de buena tinta que ella nunca escogería ciertas palabras que brotaron de su boca esa mañana. Estaba total y absolutamente convencido.
- ¿Cómo se llaman tus amigas?- la pregunté.
- Sonia, Marta, Rebeca, Eva y Beatriz eran sus nombres- me corrigió- ya que por desgracia nunca más volverán a respirar el aire que siempre se merecieron y que alguien o algo les arrebató injustamente.
- ¿Murieron esa misma noche?- la volví a preguntar en un susurro.
- Bueno, lo cierto es que no se sabe, desaparecieron y nunca más se volvió a saber de ellas. La policía fue incapaz de encontrar los cadáveres hasta que llegó el momento en el que alguien decidió cerrar el caso. A partir de entonces, aproximadamente un par de años después del supuesto múltiple asesinato, la gente comenzó a olvidarse de sus caras, las mismas que inundaron aquella pequeña región por todos los rincones. Estaban por todas partes, en las farolas, en los escaparates de las tiendas, en las páginas de los periódicos, en Internet… pero en la actualidad ya es agua pasada como tantas y tantas cosas, las cuales no interesan a nadie.
- Y… ¿se puede saber que sucedió ahí dentro?
- Esa es la pregunta del millón, la que todo el mundo quiere saber y desconoce. Es la pregunta que muchos me han formulado y que hasta el momento no he sido capaz de contestar pero creo que ya ha llegado la hora de compartirlo con alguien. Nunca se me olvidará que aquella noche hacía un viento del demonio y las seis estábamos muertas de frío por lo que deseábamos entrar en aquel refugio cuanto antes a pesar de todas esas leyendas que aún seguían revoloteando sobre nuestras jóvenes mentes. Yo no tenía miedo y creo que mis osadas acompañantes tampoco por lo que a eso de las siete y media de la tarde pisamos por primera vez la cabaña. Lo cierto es que no era gran cosa, medía unos siete u ocho metros de largo por tres de ancho y presentaba el aspecto típico que suelen tener este tipo de lugares. Contaba con todos los elementos necesarios para crear un escenario digno de ver y recordar para todos aquellos amantes del terror en su estado más puro. Era, digámoslo de alguna forma, como un lugar pensado y construido solo y únicamente para dar miedo. La puerta por la que accedimos a su interior estaba a punto de desplomarse, aún no sé como aquella noche no se derrumbó después de las continuas y fuertes sacudidas que recibía del poderoso viento que a medida que pasaba los minutos parecía que cobraba más y más fuerza. Una vez en su interior pudimos apreciar las cuatro descuidadas ventanas que custodiaban la estancia y que no tenían otra misión que permitir el paso de la claridad en los días soleados. A parte de las ventanas, los poyetes de piedra que se alzaban junto a ellas y el suelo de madera no había nada más que mereciese mención alguna. Al estar desprovisto de mobiliario una de las cosas que me llamó mucho la atención era el eco que fielmente acompañaba a todas y cada una de nuestras palabras.
Nunca podré entender cual ha sido el motivo que condujo a mi novia y a sus cinco amigas hasta un lugar tan hostil como el que ella misma estaba describiendo. En ese instante se levantó de la cama, levantó la persiana de mi cuarto dejando pasar la cantidad suficiente de luz para obligarme a cerrar los ojos y taparme con la sábana, y con su boca a escasos centímetros del cristal y su mirada en algún rincón de la calle que yacía a ese lado, dejó escapar más palabras de su boca en un tono mucho más bajo del que había utilizado hasta ahora, como si en vez de estar relatándomelo a mí, estuviese simplemente pensando en alto.
- Nuestro objetivo había sido desde un principio pasar la noche allí, y ese ha sido, sin lugar a dudas, el error más grave que cometimos en toda nuestra vida. Acto seguido de observarlo todo con exquisito detenimiento decidimos sentarnos en círculo sobre los tablones de madera que integraban aquel suelo y pensar en lo que podía y no podía suceder. A mí en aquel momento se me ocurrían tantas ideas y todas ellas tan absurdas que no paraba de reírme y contagiar de algún modo mis carcajadas a todas ellas. Estábamos riéndonos dentro de un lugar prohibido y las consecuencias que ello suponía podían llegar a ser fatales, como así mismo ocurrió.
- ¿Lugar prohibido?, ¿a qué te refieres?- la pregunté extrañado aún oculto bajo la sábana de mi cama.
- Hace años leí un libro en casa de mis abuelos en el que venían detallados una serie de lugares un tanto especiales a lo largo y ancho de todo el planeta. Se dividía en múltiples clases de parajes un tanto peculiares, los lugares más frecuentados por el hombre, los menos visitados, los lugares más famosos, los más fríos, los que contaban con el mayor número de muertes por año, los rincones más inaccesibles y un largo etcétera. Pues bien, casi al final del libro encontré una sección que no aparecía en el índice pero que sin embargo sí que formaba parte de su contenido; los lugares prohibidos. El autor del libro quiso dejar claro que solamente existían siete lugares prohibidos, privados o usurpados en todo el mundo. Estos eran los únicos que no te proporcionaban explícitamente como ocurría con todos los demás, sino que tenías que conformarte con averiguarlos por tu cuenta a partir de una serie de coordenadas que el mismo autor facilitaba. Seis de ellos conseguí localizarlos muy lejos de mi casa pero el último, bajo mi asombro y estupefacción, no solo estaba en la misma comarca en la que tenía el gusto de vivir sino que se encontraba a escasos kilómetros del domicilio de mis difuntos abuelos. Al final y después de horas y horas de intensas investigaciones llegué a la conclusión de que ese albergue constituiría el punto exacto al que se refería el autor del texto. Hablaba poco acerca de estos extraños parajes, no obstante de todos los párrafos que dedicó con respecto al tema solo me quedé con dos ideas que penetraron en mi mente a una velocidad realmente de vértigo. La primera decía que nunca era aconsejable acercarse hasta ellos ya que los peligros a los que se exponían los valientes que se atrevían eran muchos y las posibilidades de supervivencia eran reducidas. Esa oración en particular no se me olvidará en la vida. La segunda idea que fui capaz de rescatar mencionaba que una vez visitado el lugar no era apropiado comentar con nadie su existencia. Era necesario conservarla en el anonimato por lo que a posteriori pudiera suceder… Aunque me hubiese gustado, nunca más volví a ver el libro que descansaba en uno de los estantes superiores del armario del salón de la casa de mis abuelos. Pero bueno, centrémonos en lo verdaderamente importante de todo esto, el refugio.
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