Nunca pensé que los primeros rayos de la luz del día, que se filtraban por las numerosas rendijas de la persiana de mi cuarto y que morían en la espalda de mi novia, pudiesen causar tanto asombro y admiración como en aquellos instantes así estaba sucediendo. Estaba tumbada boca abajo, con la cabeza por debajo de la almohada, durmiendo o haciéndose la dormida, esto último se le daba muy bien, mientras yo gastaba todo el tiempo del mundo en observarla. Lo cierto es que jamás imaginé que algún día pudiera llegar a compartir mi vida con una chica como Lidia. Bajo mi punto de vista era quizá la persona que más se acercaba a la perfección y lo demostraba día tras día, constantemente. Reunía una serie de adjetivos que siempre me gustó que tuvieran las jóvenes de su edad y el compendio de todos ellos había constituido quizá lo que me atrajo de ella hace aproximadamente cinco años en aquella discoteca.
- Oye Fran. ¿Te puedo preguntar algo?
- Sí, dime.
- Si yo te pidiese por favor que tocases un bulto que se encuentra debajo de una sábana, ¿lo harías?
- ¿A qué viene eso ahora, Lidia?
Evidentemente no estaba dormida por lo que se reincorporó y mirándome con atención dejó escapar de nuevo palabras por su pequeña y dulce boquita.
- Mírame a los ojos y júrame que serás sincero conmigo.
- Está bien, lo juro.
- Si yo te pidiese que bajases al sótano una noche a oscuras o que mirases detrás de unos arbustos después de haber escuchado un extraño ruido, ¿me obedecerías?
- No sé a donde quieres llegar. ¿A qué viene todo eso?
- Ya están aquí, Fran. Yo pensé que ya me había liberado pero desgraciadamente siguen ahí, atormentándome la vida.
- Pero… ¿quién?
- Las que se esconden en todos esos sitios para no ser vistas. Por eso te lo comenté, porque yo no me atrevo a hacerlo, ¿me comprendes?
- Pero… ¿de dónde has sacado todo eso?
- Me obligan a hacer cosas que no quiero. Tienen mucho poder de convicción. Es de alguna forma imposible desobedecerlas en algo que pretendan cometer. Siempre vuelven por Navidad pero este año no son dos como el anterior, son más.
- Me estás empezando a asustar Lidia.
- Ponte cómodo y escúchame atento. Creo que esto que te voy a contar te interesa.
Durante todo el tiempo que pasé a su lado muy pocas veces se sentaba delante de mí y me relataba con gesto serio y pensativo, lo que le sucedió antes de que nuestras vidas viajaran en paralelo como así lleva sucediendo estos cinco últimos años. Ya no me acordaba cuando había sido la última vez que me miró con tanta atención sobre mi propia cama, sin embargo, en las contadas ocasiones que lo hacía llegaba incluso a asustarme hasta tal punto que nunca la dejaba terminar sus testimonios. Sabía que su intención no era preocuparme o aterrorizarme pero siempre conseguía lo que nunca nadie había logrado con anterioridad, ponerme los pelos como escarpias con sus palabras. Lidia es una muchacha muy maja, dulce y cariñosa, nunca me cansaré de repetirlo, pero eso no es disculpa que impida que en su interior esconda los secretos más macabros que nunca antes habían llegado a mis oídos y aquel veinticuatro de diciembre, víspera del día de Navidad, había sido la fecha elegida para revelarme algunos de ellos.
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