lunes, 14 de marzo de 2011

Fallos cerebrales (5)

Al volverme para ver algo, lo que fuese, a través de la ventana mis ojos quedaron a medio camino. El cuadro. Ese dichoso cuadro que un día me había regalado mi madre estaba poseído. En él, un cocodrilo, más parecido a los de las películas de la Disney que a los protagonistas de un documental de naturaleza, me transmitía información. No hablaba ni gesticulaba, sin embargo al pie de su boca surgía una especie de bocadillo, como sucede en los cómic, y cada cierto intervalo de tiempo unos mensajes de texto cumplían a la perfección su papel informativo. No sabía si era la respuesta de... bueno, de Dios, o simplemente formaba parte del espectáculo. Lo cierto es que entre unas cosas y otras estaban consiguiéndolo. Comenzaba a enloquecer.

“No te asustes. Está sentada en el suelo de la cocina, de momento no corres ningún peligro”

¡Dios mío! Ahora comprendía el por qué de los chasquidos. Alguien había entrado en mi casa y pretendía asustarme emitiendo toda clase de ruiditos extraños. En lo más profundo de mi mente alguien o algo me aconsejaba que no me moviese de ahí por nada del mundo. También llegó a susurrarme algo sobre una energía negativa o algo así que no llegué a entender bien. No pensaba que todo esto iba a llegar hasta tal extremo, pero una vez convencido de ello la situación no me dejaba alternativa. Necesitaba empuñarlo, sentir el frío acero entre mis dedos. Reclamaba la ayuda de mi machete y este, por supuesto, no me falló. No me lo habían regalado mis padres ni mis hermanos, ni siquiera alguno de mis mejores amigos. Lo había comprado yo con mis propios ahorros.

Al ponerme de pie sobre la cama abrí el estante de mi armario y al verlo pude comprobar como el alivio y la distensión arrinconaba a los nervios y la incertidumbre que, sin permiso alguno, se habían instalado en mi desamparada cabecita. El valor y coraje que hace unos años me visitó, llamaba otra vez a mis puertas con el propósito de instalarse. Sin pensármelo dos veces lo empuñé con mi mano derecha y lancé una mirada más que desafiante hacia el marco de la puerta de mi propio cuarto. No iba a dejar que nadie entrase en mi casa y mucho menos con la intención de gastarme una broma o asustarme. Ni hablar. En ese momento dentro del cuadro en el que aún continuaba estático e impasible ese dichoso cocodrilo, las palabras que rellenaban el bocadillo desaparecieron y en su lugar aparecieron otras nuevas con un significado más aterrador sí cabe que el anterior. Pero no le presté atención. Ya no.

Estaba decidido. Iría hasta la cocina y me enfrentaría con esa cosa. O con esa persona, o quizá fuese un imponente y repulsivo monstruo o un simple espíritu. No tenía ni la menor idea de lo que estaba sentado en la cocina pero fuese lo que fuese me las iba a pagar. Lo que de verdad me aterrorizaba era pensar en la idea de que allí no hubiese nada. Absolutamente nada, lo que ratificaría la presencia de cualquier trastorno mental que estuviese sufriendo. Otra vez se posó en mi mente, pero de una forma muy fugaz, la portada de ese tomo con el título: “Fallos cerebrales”.

Solo os puedo decir que cuando entré en la cocina se me cayó el cuchillo al suelo del susto. No consiguió atraparme y ahora, dos semanas después, espero impaciente mi hora.

No hay comentarios:

Publicar un comentario