Pero la cosa no acabó ahí, ni muchísimo menos. Una vez en el suelo, boca abajo, y con el pelo alborotado, no parecía ella. Daba la impresión de tratarse de una especie de malvado ser o de una bruja. Yo continuaba inmóvil, con el corazón en un puño, el alma encogido y con la misma sensación de impotencia que al principio, pero poco a poco esta percepción perdía fuerza y ha sido el tiempo el encargado de difuminarla por completo. Cuando la vi ahí tirada entre la acera y la carretera una ráfaga de pensamientos irrumpió en mi mente. Pensé en demasiadas cosas en muy poco tiempo y eso posiblemente se convirtió en la inesperada y principal causa de los fallos cerebrales que surgieron desde aquel momento.
Hace cuatro o cinco años tuve la oportunidad de leer un libro a cerca de estos extraños pero reales fenómenos que habitan en el interior de los cerebros humanos. Aún recuerdo que lo extraje de una biblioteca pública en el barrio donde vivía con mis padres y en él te explicaban a grandes rasgos en que consistían estos errores macabros más conocidos con el nombre de fallos cerebrales. También te exponían una serie de medidas para prevenir estas espontáneas dolencias de las que ya no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es que no se trataba de una enfermedad de nacimiento y por lo tanto, se podía originar en cualquier etapa de la vida de una persona. Por aquel entonces aún no se había encontrado ninguna cura o antídoto eficaz.
Su cuello comenzó a girar levemente. Desde allí arriba apenas percibía el movimiento pero su cuello giraba, vaya que si giraba. Conservaba el cuerpo boca abajo pero de alguna forma había conseguido rotar su pequeño y delicado pescuezo hasta apoyar la nuca en el asfalto de la húmeda carretera que separaba los dos edificios. En aquel momento no daba crédito a lo que veían mis ojos. Mi mirada, imperturbable, seguía clavada en ese inservible cuerpo, en esa pálida cara, en esos endemoniados ojos oscuros. De repente me volví y decidí ir a buscar unos viejos prismáticos que me había regalado mi padre por mi cumpleaños, hace ya nueve años. Los rescaté del armario de mi cuarto y pude comprobar como aún se mantenían intactos, como el primer día. Me los coloqué y al graduar las lentes enseguida comprendí que no podía estar sucediendo algo así y que ahora, al verlo mejor con los prismáticos conocería la verdad. Y en efecto, la verdad era esa, la que nunca antes hubiese imaginado que algún día ocurriría. Había girado el cuello hasta más allá de los límites humanos y, sorprendentemente, había conseguido abrir los ojos. Pero estos no me miraban a mí, tenían la vista perdida. Con los gemelos podía controlar minuciosamente toda la calle, sin embargo me costaba trabajo abandonar el punto de mira del cuerpo. Nunca jamás había visto un cadáver y este, al ser el primero y al verlo de esta manera, me sorprendió profundamente.
Patricia, una joven que acababa de suicidarse al arrojarse por un décimo piso al vacío, se había convertido en mi mayor pesadilla. Por más que miraba hacia ambos lados de la calle no encontraba a nadie. Solo permanecíamos ella, con todas sus aspiraciones demoniacas, y yo, sujetando con fuerza los binoculares y rezando a Dios que yaciese muerta de verdad.
Continuaba examinándola de arriba abajo pero ya no pude encontrar nada extraño ni fuera de lo normal, por lo que volví a fijar la mirada en su descolorido y cadavérico rostro y... ¡Dios mío! Sus dos ojos negros ya no tenían la vista perdida y, como un par de puñales de acero se clavaron en mí. Me había descubierto y ya no había vuelta atrás. Tiré los prismáticos al suelo y retrocedí un par de pasos pero en mi cabeza una vocecilla no paraba de repetir de forma un tanto insistente tarde, tarde, demasiado tarde.
Las primeras gotas de sudor hicieron acto de presencia en mi frente pero tenía cosas más importantes en las que pensar. Desde luego a partir de aquel momento no resultaría fácil olvidar aquellos ojos oscuros. Y la forma con la que me miraban. Sin embargo con una enorme agilidad y destreza impropias de mí, mi mente volvió a hacer referencia a ese fenómeno paranormal. Decidí entonces pensar en eso y no darle más vueltas. De lo contrario me acabaría volviendo loco. Guardé los gemelos en su correspondiente funda y los deposité donde estaban. Acto seguido entré en el cuarto de baño y, una vez frente al espejo, me refresqué la cara con abundante agua fría. Al volver la mirada al espejo este me devolvió la imagen de un joven cansado y algo confundido, por lo que supuse que dormir sería la única vacuna eficaz contra toda esta pesadila.
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