lunes, 14 de marzo de 2011

Fallos cerebrales (1)

Desde mi posición la luna ya no brilla como lo hacía antes. Ahora ya no. De un tiempo a esta parte han cambiado muchas cosas, tantas que la mayoría de la gente no se ha dado ni cuenta. Antes cuando me acercaba a la ventana de mi habitación y echaba un vistazo  disfrutaba del placer de observar cosas bonitas, bonitas de verdad. Veía a parejas besándose y abrazándose, demostrando más que nunca lo mucho que se aman y susurrándose al oído perlas de sabiduría románticas. También podía distinguir a solitarios jubilados paseando a sus chuchos a cualquier hora del día. Pero no estaban tristes ni desolados, al contrario. A través del cristal descubría como eran sinónimo de alegría y optimismo. Después de contemplar aunque solo fuesen unos minutos esa calle donde tantas y tantas veces había dedicado mi tiempo, te dabas cuenta que el mundo que te rodeaba giraba a su vez en torno a la paz y la tranquilidad. No existía razón por la cual entristecerse, enfadarse o bien discutir con tus más allegados.

Por aquel entonces el caudal del río circulaba tranquilo y sosegado, sin sobresaltos. Sin embargo alguien o algo amenazaba con romper esa armonía. Sin ir más lejos, hace escasamente dos semanas, a esta misma hora, tuve la desgracia de contemplar con mis propios ojos la forma con la que una adolescente se arrojaba al vacío desde la ventana de su propia casa. La impresión de la caída que archivó mi cerebro resultó ser algo sobrecogedor. Todavía cuando pienso en ello se me ponen los pelos de punta. Tuve la desgracia de estar en el sitio adecuado a la hora indicada. Desde el sofá de mi salón, como si de un lugar privilegiado se tratase, observé de principio a fin toda la macabra secuencia que, sin lugar a dudas, quedará grabada en mis retinas para siempre. Estas cosas aunque uno desee olvidarlas y pasar página es imposible. A mí me ha sucedido y aunque solo lleve conservada esa terrible imagen dos semanas en mi mente, la crueldad y la brutalidad presentes me acompañarán hasta la tumba. De eso estoy total y absolutamente convencido.

Segundos antes de saltar al vacío, incluso antes de que hubiera reunido el valor suficiente para hacerlo, pude comprobar como alzaba la vista y clavaba sus ojos en los míos. En ese preciso instante el corazón me dio un vuelco y la sangre que circulaba por mis venas, si es que de verdad lo hacía en ese momento, se me congeló de tal forma que llegué incluso a quedarme sin respiración durante un breve espacio de tiempo. A pesar de la distancia entre las dos ventanas y de la enorme tensión del momento conseguí rescatar de sus ojos una impresionante sensación de terror en estado puro. En su pálido semblante y, más concretamente en esos ojos temblorosos, estaba la llave que abría las inmensas puertas del misterio, el enigma y los marcados entresijos de su vida.

Rondaba los diecisiete años de edad y únicamente la conocía de vista. No obstante, cuando cruzamos las miradas aquella fría noche de abril caí en la cuenta de que necesitaba con desesperación algún tipo de ayuda, ayuda que por otra parte no llegaba. Estaría sufriendo una especie de crisis nerviosa o una terrible depresión y los problemas que la rodeaban crecían y crecían estrepitosamente hasta conseguir derribarla por completo. Algunas personas no se imaginan lo peligrosas que pueden llegar a ser en un hombre adulto y más mortífero si cabe si la víctima no es más que un frágil e indefenso adolescente.

En el instante en el que Patricia (supe su nombre al leer el periódico al día siguiente del accidente) se precipitaba al vacío y justo antes de producirse el fatal impacto contra el suelo, lo que la produciría la muerte instantánea, mi cerebro eligió vivir la tragedia a cámara lenta eliminando cualquier ruido que en ese mismo espacio de tiempo se hubiese producido. Todo el mundo pasaba a formar parte de un segundo plano ya que a aquella hora y en aquel lugar la protagonista principal tenía nombre y apellidos: Patricia Rodón Blanco. Y ahí estaba yo, detrás de la ventana de mi dormitorio presenciándolo todo con suma impotencia e ineptitud. Al principio no supe como reaccionar y lo relacioné como si hubiera sido el fragmento de una prestigiosa película de acción americana. Pero aquí no había cámaras ni guiones. Era real. Esa idea que aún revoloteaba en mi cabeza me amenazaba constantemente.

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