lunes, 14 de marzo de 2011

Fallos cerebrales (4)

El ruido que había oído anteriormente constituía el único motivo por el cual volvía a tener contacto con la realidad. Pero ya no era tan familiar...

Se había convertido como por arte de magia en un chocante chasquido. Nunca había oído nada por el estilo pero a aquellas alturas ya nada me podía sorprender. Tras unos segundos de silencio otro chasquido, este menos pronunciado, llegó al regazo de mis tímpanos avisándome que tarde o temprano nada bueno iba a ocurrir en mi propia casa.

Con grandes dosis de fuerza de voluntad, de la que ya no me quedaba, intenté recordar todo, una vez más. Su presencia detrás de aquel pulcro visillo amarillento, su mirada... ¡Un momento! Antes de que clavase, por primera vez, sus ojos en los míos recuerdo que se giró y posó la vista en algo o alguien que inestimablemente se encontraba en su piso. Pero, ¿qué persona cuenta con el poder de incitar a alguien a realizar tal barbaridad? O también puede que haya oído un extraño ruido o algo así...

“El sonido de la muerte es una tenue melodía celestial que va cobrando vida propia cuando sospecha que es capaz de realizar bien su trabajo”

Cuando el pomo de la puerta de mi habitación comenzó a girar suavemente conseguí captar las primeras notas de tan restringida composición musical. Sin embargo en aquel breve espacio de tiempo no podía ni debía concentrarme en ridículas musiquillas del más allá. Toda mi atención se concentraba en el perfil de ese pomo que aún giraba despacio, muy despacio. Pensé en esconderme debajo de la cama, en levantarme y plantar cara a fuese lo que fuese aquello. En aquel instante volví a pensar en demasiadas cosas en muy poco espacio de tiempo. Mi posición no se alteró lo más mínimo. Cuando el pomo llegó al final de su recorrido el movimiento se trasladó a la puerta. Nunca antes hubiera imaginado algo así porque no creía ni en espíritus ni en fantasmas ni en nada. Lo consideraba una tremenda payasada. No obstante aquel día, bajo aquel techo el payaso era yo. Tenía la impresión de haber vivido años y años de mi vida con un velo oscuro que ocultaba mi rostro y, sobre todo, ocultándomelo todo a mí.

Por fin la puerta se abrió del todo pero nadie estaba detrás de ella. Por lo menos hasta ese momento. Llegué incluso a pensar en una novatada de mal gusto. Si de verdad todo formaba parte del espectáculo de unos mocosos con el fin de pasar un divertido rato a mi costa lo estaban bordando. Pero... sobre aquella cama pedía a Dios que así fuese y que se acabase de una vez por todas todo esto pero no parecía hacerme mucho caso. Tal vez por mi incesante manía de pensar muchas cosas en tan poco tiempo. Desvié la mirada a mi reloj de pulsera digital para conocer cual era la hora del sufrimiento. Las doce y veintitrés minutos. No sabía si de verdad estaba capacitado para seguir ahí, esperando de alguna forma, la muerte. Esa palabra cobraba tal importancia en mi cabeza que con solo pensar en ella me producía escalofríos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario