En ese instante tres periodistas más decidieron levantarse de sus sillas y abandonar la sala. En este caso no se produjeron susurros ni críticas de ningún tipo. El experto en cuestión aprovechó esta inesperada pausa para beber otro poco de agua. Los reporteros que aún quedaban, ahora ya se podían contar con los dedos de una mano, seguían murmurando cosas y escribiendo, aunque ahora bastante más relajados. Quizá todos los presentes coincidían en pensar por qué tanto misterio con relación a esa persona. Es posible que si prestase su colaboración todo fuese mucho más sencillo. Pero también cabría la posibilidad de que si daba la cara en un acto público, tal vez, ya no estuviese nunca más entre nosotros. Prefería, pues, agachar la cabeza y ocultarse en el anonimato. Un anonimato que se estaba pagando con la vida de noventa y tres personas. Y de fondo un payaso. Un payaso feliz, que ríe. Con toda probabilidad lo haga de sus víctimas o simplemente porque no sabe hacer otra cosa. ¿Es que existe poca maldad en el mundo?, ¿es necesaria la inexplicable aparición y presencia de un ser de diabólica sonrisa para unirse a las guerras y a las enfermedades? ¡Dios mío!, ¿nadie va a ser capaz de detenerlo en los tiempos en los que vivimos?
Las señales en los tobillos se sucedían uno tras otro hasta que los cuerpos hallados se empezaban a contar por centenares. El mundo entero, aunque nunca lo había visto en persona, lo conocía, lo reconocería entre un millón porque su sonrisa se había transformado como por arte de magia en la más famosa de todas. Se escribieron muchos libros y se rodaron también películas a cerca de tan singular personaje pero, durante aquellos tres años, sin lugar a dudas los más duros de toda la historia de la humanidad, la cruda realidad superó con creces a la ficción.
Dicen que el tiempo da y quita razones y con el paso de este se logró saber que nunca jamás nadie hizo nada por evitar lo inevitable, que no se cazó al payaso como se había sugerido, ni siquiera hubo una miserable intención de hacerlo y que el experto entrevistado había sido la única persona que sobrevivió a las garras del payaso. Nunca reconoció que él mismo había sido testigo directo de esos poderosos ojos y nunca quiso relatar cual había sido el truco que hubiese significado la salvación de cientos y cientos de vidas humanas. Él arrastraba, como todas y cada uno de los cadáveres, la señal en su tobillo izquierdo por la sencilla razón de que estuvo allí aquella fría noche de febrero y lo vio. Al alzar la vista una sorprendente silueta de un payaso sonriente y seguro de sí mismo apareció ante él. Ambos se reían, ambos se cruzaron sus miradas mientras sus sonrisas chocaban estrepitosamente en algún lugar constituyendo una situación bastante surrealista. Permanecieron escasos segundos inmóviles, enfrentados, hasta que por fin, algo sucedió. El fantástico y risueño personaje le dedicaba con mucha maestría, como él muy bien sabía hacer, una serie de vocablos un tanto extraños faltos de ser descifrados por una mente inteligente, como la de Eduardo. Captó inmediatamente el mensaje que esa sonrisa le brindaba y esa misma noche dejó la persiana sin bajar.
Al echarse en su cama, listo para conciliar el sueño una frase aún revoloteaba intrépidamente en su cabeza.
- Si lo delatas te mataré. Buenas noches.
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