Un leve ruido se hizo audible justo en la otra punta de la casa pero por el simple motivo de parecerme familiar me obligué a descartarlo como algo extraño. Mirando de reojo la ventana de mi habitación y con la garganta seca encendí el interruptor de la cocina. Aún sabiendo que me encontraba solo en mi propia casa y que nadie me atacaría por sorpresa cuando encendiera las luces, me sentía un poco incómodo. Eché un poco de agua en un vaso y me lo bebí. Respiré hondo y me sentí mucho mejor. Una oleada de valor y coraje atravesó fugazmente mi cuerpo.
- Creo que la voy a mirar otra vez y me demostraré a mí mismo que de verdad yace muerta y que la enterrarán un día de estos y que su familia llorará y lamentará mucho su pérdida. Después llamaré a la policía y se lo contaré- pensé.
En ese momento caí en la cuenta de que el teléfono y la ventana estaban a escasos centímetros y que podría realizar las dos cosas simultáneamente sin ningún problema.
Pues bien, cuando me acerqué a esa ventana, a mi propia ventana, y me asomé por segunda vez en toda la noche, creía que me moría. Lo que en realidad presencié aquella fría noche no lo había soñado ni en mi peor pesadilla. Nunca había visto un cadáver en la vida real pero aquello no era un cadáver. Era un monstruo. Sus ojos, o lo que fuesen, seguían conservando su anterior aspecto macabro. Pude comprobar como de su boca emanaba espuma blanca y un líquido amarillento un tanto peculiar. Sin embargo lo que realmente me impactó eran sus dilatados e interminables brazos que se enroscaban una y otra vez como dos venenosas serpientes instantes antes de atacar a su presa.
La oscuridad de la noche y la perplejidad que me producía tan insólita situación estaban destinados a convivir eternamente. Era incapaz de mover un solo músculo, de desviar un segundo la vista, incluso de respirar. Me sentía cautivado, preso en una asquerosa y mugrienta telaraña sin esperanza ninguna de sobrevivir, esperando la llegada de la araña, de la muerte.
Nunca antes me había parado a pensar si todo aquello que emitían en las películas pudiese, en algún momento, suceder en la vida real. Ese era el momento elegido para que, por fin, pudiese abrir los ojos y enfrentarme a la terrible realidad. Y los abrí, y mientras continuaba observando cada centímetro de su piel a una distancia considerable, a mi cabeza aterrizó la portada de ese maldito libro. Era verde con las letras en plata, pero era curioso, porque nunca llegué a conocer el nombre de su autor. Si no hubiesen derribado hace dos años aquella biblioteca volvería y lo buscaría, pero ahora lo único que me queda es recordar.
“Los defectos cerebrales no son sueños ni pesadillas, conviven con nosotros en la vida real y una vez que ven la luz pueden llegar a ser mortales... Yo he tenido el placer de conocer casos de personas que lo han sufrido en sus propias carnes y os puedo asegurar que sus testimonios fueron realmente sobrecogedores... Emanaciones de sangre por ojos, narices y bocas, sorprendentes retorcimientos de extremidades, vómitos de arena y barro..."
En aquel momento una caravana de malos recuerdos de los cuales algunos ya pensaba que los había olvidado para siempre, pedía paso en mi mente. Lo único que se me ocurría era tumbarme en mi cama boca abajo y cerrar los ojos muy fuerte. Pero cuando el terror conoce tus puntos débiles no hay nada que hacer. Aún con los ojos cerrados y sumergido en el mundo de la suprema oscuridad unos pequeños puntitos blancos adornaban las cuatro esquinas de un cuadrado imaginario. No intentaban comunicarme nada sin embargo me transmitían una sensación indescriptible y como no, amenazaban con crecer. Crecer y crecer hasta unirse los cuatro en uno mucho mayor y poblar todo el cuadrado de una forma y manera magistral. Al cabo de unos segundos ya podía observar la imagen con bastante nitidez, era una calavera. No estaba furiosa ni tampoco feliz. No reía ni lloraba simplemente estaba ahí, cumpliendo su papel. Empezaba a sospechar que todo estaba minuciosamente planeado para destruirme pero yo sabía que mucho tendrían que cambiar las cosas para que comenzase a enloquecer de verdad.
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