domingo, 27 de febrero de 2011

Las niñas del desván (8)

A decir verdad jamás había subido al desván a por algo bajo ninguna excusa, ni cuando solo era un crío, por lo que no sabía con qué me iba a encontrar una vez hubiera encendido la linterna que aún reposaba en mi bolsillo izquierdo. Acto seguido de pensar de nuevo en ese mono que continuaba acercándose hasta mi posición y que cada vez me daba más miedo, conseguí introducir mi mano zurda, notablemente temblorosa, en el bolso y coger uno de los muchos regalos que me había hecho mi padre hacía años. Era amarilla, pequeña y manejable pero no por ello desprendía un haz de luz poco intenso. En absoluto.

Mi cabeza seguía dando vueltas y más vueltas al tema imaginando y dando forma a uno de los seres más inmundos y repulsivos, el cual con gran probabilidad yacería acechando agazapado como cualquier asesino en serie con un amplio historial de antecedentes tras sus espaldas. Y saltaría como un resorte en el momento más inesperado produciéndome a parte de un gran susto la muerte instantánea. Así y no de otra forma era como mi novato cerebro había escogido un posible destino para mi vida e intentaba transmitírmelo constantemente, sin embargo yo continuaba ignorándolo como si de verdad se tratase de una posibilidad realmente absurda e irracional.

Con la linterna encendida ahora ya en mi mano derecha, los pelos como auténticas escarpias y los ojos clavados al frente pestañeando solo lo imprescindible pisé por primera vez en mi vida mi propio desván. En un primer instante no percibí nada que me resultase extraño, si bien es verdad que desde la posición en la que me encontraba era francamente imposible poder distinguir con claridad lo que uno se hubiera propuesto. Pero yo insistía, forzando la vista hasta límites insospechados, en lograr ver algo sin dar ni un paso más. Algo dentro de mi cabeza me aconsejaba que ni se me ocurriese avanzar otro poco porque llegaría un momento en que resultase demasiado tarde para rectificar. Todo parecía indicar que algo malo estaba a punto de suceder, no obstante aquel día no iba a permitir bajo ningún concepto que el terror en estado puro me atrapase como a menudo antaño lo hacía con mi difunto padre. Ni hablar.

Lo cierto es que no oía nada. Ni a Mario gritar o quejarse, ni los típicos ruiditos intermitentes. Nada. Es como si esa condenada buhardilla contara con la impropia habilidad de perpetrar el más riguroso y estricto de los silencios durante un periodo de tiempo indeterminado. Ese lugar repartía invitaciones a todo el que osare pisarlo para poder asistir en directo a un mundo paralelo al mundo real en el que la oscuridad y el silencio no era más que el más conseguido de los prolegómenos para lo que inmediatamente después iba a acontecer. Ese era, por lo menos, mi punto de vista sobre ese rincón aquella fría noche de marzo.

Me mantenía inmóvil, presa de la asfixiante atmósfera que me rodeaba, pero con la esperanza de que al final todo desembocara en un simple susto y los tres marcháramos de allí felices y contentos hasta nuestros respectivos hogares. Giré sobre mí mismo acompañando mi movimiento el resplandor de la linterna pero sin percibir ni la más mínima señal de vida hasta que por fin algo o alguien se decidió a desplazarse de un lado para otro de una forma tan veloz que consiguió ridiculizar de una forma y manera magistral los reflejos que por aquel entonces me acompañaban. El movimiento de lo que quisiera que fuera aquello se vio escoltado en todo momento de un leve ruido y de una especie de carcajada tan suave que me costó unos segundos hasta a mí archivarla en mi memoria como tal. El caso es que no le importaba ni lo más mínimo mi presencia y ahí continuaba de un lado para otro como si tal cosa desafiándome hasta más allá del límite que jamás hubiera imaginado que alguien en alguna ocasión rebasaría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario