sábado, 26 de febrero de 2011

Las niñas del desván (2)

Todo empezó cuando murió mi madre. Por aquel entonces yo tenía diez años y la pérdida de lo que en aquellos momentos significaba mi más preciado tesoro y mi mano derecha llegó a ser muy duro para mí. Mi madre sufría una enfermedad que hasta hace poco era completamente desconocida por la gente, el desorden bipolar. Se trata ni más ni menos que de una serie de trastornos que afectan a una pequeña minoría de las personas y que les hace pasar de la mayor euforia a la más terrible de las depresiones en un espacio de tiempo muy breve. En un principio se creyó que era una patología que jugaba con el estado de ánimo pero sin aparentes consecuencias fatales para nadie, sin embargo mi madre cayó presa de esa dolencia y poco a poco todo el mundo era testigo de cómo se consumía de una forma paulatina. Paulatina pero inevitable. Tardó mucho tiempo en llegar a mentalizarse de que en realidad se encontraba enferma pero no sirvió de nada porque ya era demasiado tarde, siempre lo ha sido. Al poco de fallecer, mi padre me hizo una promesa que cumplió fielmente y que aún revolotea en mi mente ocho años después de todo lo acontecido.

-          Tranquilo pequeño, yo cuidaré de ti. No te preocupes por mamá porque aunque no la podamos ver por aquí ha llegado a un lugar muy bonito y siempre estará esperándonos. Siempre. Cierra los ojos y piensa en todas aquellas cosas que has compartido a su lado y ya verás como las lágrimas que ahora se deslizan por tu cara se desvanecen como por arte de magia y de alguna forma llegan hasta ella. Antes de fallecer me dijo que llevaría un pequeño frasco a donde quiera que fuese y que metería todas y cada una de tus lágrimas para así conservar un bonito recuerdo de ti.

Todavía se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo esas palabras, palabras que por otra parte, nunca olvidaré y siempre me acompañarán. Sentado en su mecedora preferida con ese peculiar balanceo, fumando tabaco con su pipa y con la mirada perdida en la ventana del salón, me hablaba de muchos y muy diversos temas. Todo lo que pasaba por la mente de mi padre y que me intentaba transmitir tenía sentido. Jamás me hablaba por hablar porque, entre otras razones, me consideraba alguien adulto y con mucho sentido común a pesar de mi corta edad. Ha sido sobre todo a raíz de la muerte de mi madre, como si interfiriese de alguna forma en nuestra estrecha relación, cuando por fin entablábamos largas pero no por ello aburridas conversaciones en las que tocábamos bastantes cuestiones mi padre y yo, cara a cara. Sin embargo de todas ellas solo me quedo con una que, sin lugar a dudas, me marcó mucho más que el resto. El desván, ese maldito desván tenía la culpa de todo. Desde pequeño siempre supe que no encerraba nada bueno pero nunca imaginé que entre sus paredes vivía el causante de todas mis pesadillas. Mi padre había subido muchas veces allá arriba y se sabía de memoria todo lo que permanecía y como estaba ubicado porque el mismo había sido el que años atrás lo había colocado. Tenía muchas revistas viejas, tebeos en blanco y negro y cromos de jugadores de béisbol. Lo tenía tan bien ordenado que siempre tardaba muy poco tiempo en encontrar lo que buscaba. Cada vez que me portaba bien o que le obedecía me daba algo de allá arriba y conseguía arrancarme sonrisas y verdaderos gestos de felicidad de mi cara. Al principio, cuando mi madre aún nos acompañaba, subía como un avión, permanecía media hora y volvía a bajar por esas escaleras, las cuales crujía la madera en algunos peldaños, con infinidad de regalos en las mangas y los bolsillos. Recuerdo que primero me repartía todo lo que descansaba en los bolsos de su pantalón de pana y acto seguido levantaba los brazos al aire para que así yo mismo pudiese introducir mis diminutas manos en ellos y percatarme que de verdad ya me lo había dado todo y que ya podía marchar a jugar con mi premio pero yo sabía mejor que nadie que debajo de las mangas de sus camisas estampadas había más cromos, más regalos, más felicidad.

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