Siempre guardaba una historia en la recámara para las situaciones más especiales. Beatriz, en cambio, no era una chica tan charlatana y extrovertida pero poseía otras facultades que iluminaban constantemente su presencia. Sabía escuchar a los demás y aprendía de los errores a pasos agigantados. Era, digámoslo de alguna forma, como nuestra profesora particular. En primer lugar escuchaba con mucha atención e interés nuestras palabras sin interrumpirnos en ningún momento y acto seguido realizaba su particular valoración. Ponía notas a todas y cada una de las historias que en esos precisos instantes pasasen por nuestras cabezas y nos revelaba como podíamos mejorarlas. Beatriz lo veía todo más fácil que la mayoría de las personas, sus notas en la escuela y su modo de pensar y actuar lo ratificaban, pero al mismo tiempo en su mente notaba como poco a poco se acercaba a lo que posiblemente fuese un límite, su límite.
- Igual que para la mayor parte de las cosas hay un truco, siempre lo hubo. Las cosas no son blancas o negras, sino que pueden ser de muchos otros colores, simplemente debéis arrastrar vuestros pensamientos hasta lo que para vosotros os parezca más fácil. Es un poco difícil de explicar por mi parte y de que me entendáis por la vuestra pero si de verdad me habéis comprendido, reflexionar sobre ello, por favor.- nos repetía una y otra vez al resplandor de esa chimenea que aún mantenía cálida nuestra presencia.
Esos días, con el aún reciente recuerdo del fallecimiento de mi padre en la cabeza, transcurrieron sin sobresaltos ni sorpresas, asistiendo a la escuela, compartiendo mi cuarto para hacer los deberes y, como no, contándonos las historias más extrañas y a la vez asombrosas que se nos ocurrían mientras Bea hacía sus ya particulares evaluaciones al respecto. Nos lo pasábamos tan bien que el tiempo volaba ante nuestros ojos como un auténtico relámpago sin poder hacer nada por evitarlo. Por aquel entonces éramos expertos en acorralar y matar al tiempo. Sin embargo dos años después, cuando ya todo parecía que iba por el buen camino algo sucedió. Yo sabía que tarde o temprano iba a tener que enfrentarme con el bicho que acabaría por despertarse del largo letargo al que se había sometido. Esa cosa, fuera lo que fuese, se había animado de nuevo a corretear de un lado al otro del desván emitiendo a su vez una serie de ruidos muy familiares de los que ya apenas recordaba. Me volvían a acompañar las noches en vela, los comederos de coco y también, la sensación de miedo que ya notaba como comenzaba a acariciarme despacio, muy despacio, como solo ella sabía hacer. Por suerte Mario y Beatriz no me habían fallado durante todo este tiempo y seguían siendo mis aliados y mi más poderosa protección.
No hay comentarios:
Publicar un comentario