Antes de que comenzase la ascensión habíamos planeado una pequeña pero no por ello infructuosa táctica. Teníamos las cosas muy claras y sabíamos mejor que nadie que allí arriba no tenía lugar un concurso de disfraces precisamente. Nos acechaba un peligro desconocido del que ignorábamos su magnitud sin embargo algo nos decía con machacona insistencia que era imposible escapar. Una serie de términos comenzaba a desfilar en mi mente como nunca antes lo habían hecho. Palabras como huir, peligro, pesadilla o miedo eran los principales e indiscutibles protagonistas de mi película cuyo título y guión prometía mantenerse en secreto. Mario sería el primero en descubrir la verdad, sus movimientos acordamos que fuesen lentos pero seguros y Bea le aconsejó que conservare los ojos bien abiertos a pesar de todo. Esas palabras también me servían para mí. Le dimos un par de canicas para que si en algún momento se viese acorralado las arrojase por el hueco hasta donde siempre permaneceríamos Bea y yo, cogidos de la mano, compartiendo nervios y agitadas respiraciones de una forma bastante peculiar. Y, por último le deseamos la mejor de las suertes porque de verdad la iba a necesitar. Mientras subía, yo repasaba mentalmente todas y cada una de las cosas que segundos antes pactamos. No eran muchas y en principio parecían sencillas pero cuando el terror se convierte en un mono y este se sienta sobre tu pecho, todo, absolutamente todo, pasa a un segundo plano. Ya no recordaba que el cuarto escalón estaba a punto de romperse pero si durante todos estos años soportó bien el peso de mi padre, ¿por qué no iba a soportar el de mi mejor amigo?
Cuando por fin pisó el último escalón, el corazón me dio un vuelco y noté como Beatriz me apretaba más mi mano derecha. Nunca pensé que de verdad contase con tanta fuerza. A partir de ese momento me hubiese gustado, por una parte, estar en la piel de Mario para así poder contaros con pelos y señales lo que allí arriba ocurría. Pero por otra parte no deseaba que el terror tomara las riendas de mi cuerpo. Sentía miedo, el mismo que estaba, de alguna forma, transmitiendo a Bea y, probablemente, el mismo que sintiese Mario segundos antes de vivir la experiencia más impactante, escalofriante y estremecedora de su vida. Miles de adjetivos servirían con total seguridad para describir lo que en aquellos precisos y frenéticos instantes acontecía en mi propia casa pero ninguno de ellos me serviría para conseguir vuestras acreditaciones a conocer la verdad.
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