La niña se llevó su mano hacia su bolsillo derecho y la introdujo en él. Ya me temía lo peor. Intuía que iba a sacar un gran cuchillo de cocina y que se lo clavaría a su propio hijo en el cuello o en el mismísimo corazón no sin antes haberle explicado con todo lujo de detalles que era lo que había hecho con Mario y que era lo que tenía pensado hacerle a Beatriz instantes después. Sin embargo, me equivoqué. Extrajo un pequeño frasco en el que parecía contener colonia o alguna fragancia afrodisiaca y me lo mostró mientras me explicaba que era el líquido que en realidad descansaba en su interior. Una vez más sus palabras me recordaron a mi madre y me volvieron a atrapar. Me dijo que eran mis propias lágrimas y que las guardaba con mucho cariño. Justo lo que años atrás me había comentado mi padre.
- Así que todo era cierto, no se lo había inventado él para consolarme.- pensé.
- Por supuesto que no lo hizo para consolarte corazón. Toma, mira, aquí tienes el frasco para que veas que era verdad.- me contestó la muchacha de ojos verde esmeralda y sonrisa traviesa.
Sorprendente. Tenía la asombrosa capacidad de leer mi pensamiento como si tal cosa. Cada vez se me parecía más a un indeseable monstruo que a una tierna y dulce niña de nueve años. Me tenía total y completamente prisionero a las órdenes de su gran repertorio de habilidades sobrenaturales de las que presumía constantemente. Pero no podía dejarme seducir tan fácil por una cría por lo que reuní fuerzas, carraspeé y la empecé a pedir explicaciones.
- ¿Quién coño eres?, ¿qué has hecho con Mario?, ¿quién son todas estas crías que te acompañan?...
- Eh, tranquilo pequeño. Relájate. Te lo contaré todo. En el fondo somos madre e hijo, ¿no?
- Tú no eres mi madre, mi madre está muerta así que dejar de hacer el paripé. Todo esto es estúpido.- la repliqué notablemente cabreado.
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