sábado, 26 de febrero de 2011

Las niñas del desván (3)

Esos años han sido los mejores de mi vida. Todo eran risas, diversión, optimismo y una felicidad que nos rodeaba e impregnaba el aire que respirábamos. No obstante, la vida no es siempre  color de rosa y tras la muerte de mi madre todo comenzó a adquirir un cáliz cada vez más oscuro y misterioso. Mi padre ya no subía con tanta asiduidad al desván y en las contadas ocasiones que lo hacía tardaba mucho menos tiempo que antaño, como si tuviese prisa, como si tuviese miedo. Y más de una vez pude apreciar que cuando descendía por las escaleras de madera se tornaban visibles pequeñas gotas de sudor sobre su frente mientras respiraba un poco más rápido que de costumbre. Nunca le pedí algún tipo de explicación pero yo sabía que a mi padre le daba miedo subir allá arriba para conseguir satisfacerme con cromos, pósters o tebeos de grandes y conocidos superhéroes.

Un día de aquellos, lo recuerdo a la perfección, me comentó algo que, aunque tardé un poco en darme cuenta, me sorprendió. Sentado en su mecedora con una chaqueta raída, gafas con montura de metal, siempre con la pipa entre sus labios y conmigo apoyado en sus rodillas dejó escapar una serie de palabras que parecía que bailaban al son de una danza muy particular. Y se me clavaron en mi mente como cuchillos excelentemente afilados. Me habló de la fuerza con la que puede penetrar el miedo en algunas personas y me dijo que en ocasiones el terror en estado puro se sentaba sobre su pecho como un mono. Yo al principio, como ya he dicho, no sabía por donde iban los tiros pero poco a poco empecé a encajar piezas y a darme cuenta de que en el desván de nuestra propia casa sucedían cosas extrañas. Me dijo que desde su cuarto oía ruidos que provenían de arriba y que no se trataba precisamente de ratones o del viento. En absoluto. Aquella tarde no le di demasiada importancia a sus palabras pero con el tiempo no dejaba de pensar una y otra vez en ellas. También me avisó que si alguna vez faltase no subiera a por más premios a la buhardilla porque tal vez el premio de lo que allí permanecía acechando fuese yo mismo. No recuerdo muy bien más palabras suyas pero yo creo que sus intenciones habían quedado muy claras desde un principio.

Cuando falleció mi padre ahorcado en el patio trasero en extrañas circunstancias, faltaban solo tres días para mi decimocuarto cumpleaños. Pensaba que iba a resultar un día feliz como el resto pero el destino me tenía guardada una sorpresa, la cual, gracias a Dios, ya he podido superar por completo. Para ello me ayudaron mucho mis compañeros de la escuela, sobretodo dos, Mario y Bea, sin lugar a dudas, mis dos mejores amigos. Ha sido, en gran parte gracias a ellos, por lo que con toda seguridad continúo ahí, al pie del cañón, intentando reconstruir mi vida sin ganas de arrojar la toalla. Es sorprendente como alguien puede influir en la vida de una persona de una forma y manera tan positiva. Yo tuve el placer y el privilegio de vivirlo y les estoy muy agradecido por todo lo que han hecho. Recuerdo que por las noches nos sentábamos en el suelo del salón de mi casa, al pie de la chimenea, y de nuestras bocas brotaban auténticas historias de terror. Casi siempre el primero en romper el hielo era Mario que, con una sorprendente imaginación y una capacidad de ambientación y de argumentación dignas del mejor escritor del género, nos relataba las historias más peculiares que jamás habían llegado a nuestros oídos.

-          Cuenta la leyenda que antaño existía una mujer tan joven y tan bella que no había hombre en el mundo que no cayera rendido a sus encantos. Era realmente preciosa, con un cuerpo escultural, larga melena rubia, una sonrisa de fábula y, como no, unos ojos azules sorprendentes gracias a los cuales conseguía siempre todos sus propósitos. Sin embargo esa mujer, como tantas otras, tenía un defecto que la caracterizaba y la separaba del resto y no me estoy refiriendo a su envidiable belleza. A través de sus ojos lo quería ver todo. Quería ver tantas cosas en tantos lugares diferentes que era realmente imposible que alguien pudiese satisfacer sus deseos. Ya cansada de ver todo aquello que de alguna forma rodeaba su esbelta silueta quiso verle la cara al mismísimo diablo. Para ello le invocó y lo que en realidad vieron sus ojos llegó a ser tan extremadamente repugnante e inmundo que no tuvo más remedio que arrancárselos de cuajo y huir lejos, muy lejos de su familia, de sus amigos y de todos sus dulces recuerdos que acompañaron su camino para que así nadie pudiese reconocerla nunca más. Dicen que en la actualidad vaga sin rumbo por los pasillos de un hospital psiquiátrico en ruinas a las afueras de una gran ciudad buscando desesperadamente lo que un día se arrancó.

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