domingo, 27 de febrero de 2011

Las niñas del desván (9)

Contra todo pronóstico me animé a dar un par de pasos más muy atento y expectante a todo lo que pudiera suceder y fue entonces cuando por fin, aunque de una forma muy vaga, distinguí algo al fondo. Era una sombra detrás de un viejo sillón envuelto en plásticos y cubierto de abundante polvo. Una sombra de lo que a primera vista parecía... ¡Dios mío!, se trataba de una niña. Una niña de unos ocho o nueve años se encontraba inmóvil a siete metros de distancia. No cabría la menor duda, sin embargo no me estaba mirando a mí sino que se encontraba de espaldas y con la cabeza ligeramente desviada hacia abajo y hacia la izquierda como examinando algo extraño que se encontró a su paso. Mientras la observaba desde ahí otra sombra aprovechó para avanzar un par de metros y volver a detenerse detrás de una vieja estantería de libros muy mal conservados. Por un momento me dio la impresión de que estaban jugando al escondite en el desván de mi propia casa sin pedirme ningún tipo de permiso ni nada y yo les había descubierto. O les había molestado. Esta última idea se me clavó en el corazón con tanta fuerza que hasta llegó a conseguir ponerme los pelos de punta. En un principio ya podía constatar que ahí arriba vivía gente, gente de carne y hueso, es decir, que no comenzaba a volverme loco como en más de una ocasión llegué a pensar. Y también caí en la cuenta de otra cosa más, no les daba ningún tipo de reparo o vergüenza corretear de un lado hacia otro en mi presencia como si no me tuvieran respeto. Lo que sí estaba claro era que Mario no daba señales de vida y eso ya me empezaba a preocupar.

La situación en la que me mantenía inmerso era tan impredecible que cualquier cosa podía pasar a unas velocidades de vértigo. Y así ha sido como realmente sucedió. En aquel fatídico instante de mi vida pude comprobar con mis propios ojos que todo viajaba a gran velocidad. Bueno, casi todo porque mis acciones, mis pensamientos y mis reflejos mantenían el mismo ritmo que de costumbre. Bajo aquel techo y en aquellas circunstancias un ritmo bastante torpe y parsimonioso. Inmediatamente después noté como alguien yacía a mis espaldas a escasos centímetros de mi piel contagiándome todo un cúmulo de escalofríos que no hacían otra cosa más que atravesar mi cuerpo. Un cuerpo cada vez más débil y vulnerable. No había oído ningún ruido ni de movimiento ni de ligeras carcajadas ni de nada. Se había desplazado en el más absoluto de los silencios y ahora, ahí seguía, conservando una posición y respirando un aire que no tenía por qué respirar. El dichoso mono volvía a ocupar un gran espacio en mi mente como si quisiera entrar por todos los medios y quedarse en ella para siempre pero yo luchaba por apartarlo de mí.

-          Hola corazón, ¿cómo estás?, ¿va todo bien por aquí?- me dijo aquel ser en un perfecto castellano.

 ¡Dios mío!, aquellas palabras..., aquella voz... ¡era mi madre! No cabía la menor duda. Hacía ya mucho tiempo que nadie me hablaba de una forma tan dulce y cariñosa como antaño lo solía hacer ella. Me apostaría cualquier cosa a que aquella voz era inconfundiblemente la de mi madre. Pero... ¡era imposible!, ella estaba...

-          ¿Qué pasa pequeño?, ¿no le vas a dar dos besitos a tu madre el día de su cumpleaños?- volvió a decirme aquella voz que ya me resultaba muy familiar.

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