domingo, 27 de febrero de 2011

Las niñas del desván (12)

En realidad nunca debí haber pronunciado esas palabras. O por lo menos en el tono en el que lo hice. En ese mismo instante todo sufrió un giro brusco. El aire que respiraba se tornó como por arte de magia mucho más pesado, el resplandor de la linterna se debilitó con timidez y, como no, el rostro de aquella niña se transformó por completo. Ahora ya no era tan dulce. Sus ojos se tiñeron de un rojo muy intenso, su mirada era mucho más diabólica que antes y la sonrisa que desprendía ya no tenía nada de encantadora. Es más, era aterradora como toda ella. Me lo tenía que haber imaginado desde un principio. Además las trenzas desaparecieron y toda su larga melena rubia quedó suspendida en el aire como si bailase al son de una danza muy peculiar. La misma danza que siempre me causó pánico y que me tenía en vilo noche tras noche sin poder hacer nada por evitarlo. Ha sido entonces cuando levantó su brazo derecho, aún con el frasco entre sus dedos, ahora convertidos en asquerosas y mugrientas garras con uñas sucias y afiladas y, con sus ojos clavados en los míos,  comenzó a pronunciar una serie de palabras en latín. Desde mi posición no lo distinguía con claridad pero el líquido que aún permanecía en el interior del recipiente de cristal empezó a burbujear y a temblar agitando a su vez la garra de un lado hacia otro con una fuerza que daba la impresión de ser sobrenatural. Ante tal espectáculo retrocedí un par de pasos hasta que me topé con algo blando que se encontraba justo a mis espaldas. No obstante era incapaz de desviar la vista de aquel ser que poco a poco seguía con su terrible transformación. Ya medía más de dos metros de altura y su piel continuaba sufriendo las impredecibles erupciones y sarpullidos alterando su aspecto en otro infinitamente más agresivo y provocador. La luz de la linterna ya apenas alumbraba a medio metro de distancia pero mis ojos se fueron adaptando, de forma paulatina, a la oscuridad, por lo que seguía viendo todo lo que allí acontecía hasta que llegó el momento en el que el envase de cristal se rompió en mil pedazos derramando todo su contenido por el abandonado y polvoriento suelo del desván. Ese ha sido el momento que elegí para tirar las dos canicas que llevaba en el bolsillo derecho por el hueco de la escalerilla para de esa forma avisar a Bea de que me encontraba en serio peligro. Sin embargo algo dentro de mí no paraba de repetirme que Beatriz al igual que Mario me había abandonado. Cuando por fin me desprendí de la linterna y me giré para comprobar con qué había chocado, el corazón me volvió a dar otro vuelco más. Y ya eran muchos. Era otra niña y, probablemente en otros tiempos otra madre, comenzando su metamorfosis para lograr convertirse en un ser cruel y maligno como lo era ya la niña que intentó hacerse pasar por mi madre. Ésta última hacía cosas tan repugnantes y odiosas como su compañera de pesadilla, como desprender espuma blanca por la boca o enroscar y desenroscar sus alargados brazos produciendo auténticas espirales de terror. Lo cierto es que las cosas se estaban empezando a poner muy feas y cada vez tenía menos esperanzas de que Beatriz o Mario apareciesen en cualquier momento.

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