sábado, 26 de febrero de 2011

Las niñas del desván (1)

Los oscuros y polvorientos recovecos que conformaban el desván de mi antigua casa nunca han presumido de compañía, hasta hace poco. Allí arriba nació y creció un pequeño pero hambriento monstruo y las viejas paredes y el diminuto ventanuco han sido durante estos últimos años testigos directos de su fantasmagórica existencia. Nunca le vi pero sé que vivía allí arriba, respirando ruidosa y entrecortadamente, un aire que jamás mereció respirar. Mi padre, que en paz descanse, no paraba de repetirme que no subiera al desván por nada en el mundo y que no permitiese que nadie lo hiciese porque si de verás alguien reunía el valor necesario, algo le sucedería y nadie, absolutamente nadie, oiría los chillidos que en esos momentos brotasen de sus labios, si de verdad en esos momentos lo hacían.

-          Apenas asomes la cabeza para ver que es lo que hay allá arriba, es muy peligroso y ese condenado bicho tiene mucha hambre, no te imaginas cuanta.- me repetía una y otra vez sentado en esa vieja mecedora de caoba mientras fumaba con su pipa.

Yo, por aquel entonces, no contaba con más de doce años y no valoraba como así se merecían, sus sabias palabras. No puedo negar que siempre tuve la curiosidad de desplegar ese falso techo convirtiéndolo de esa forma en una estrecha escalera de madera y asomar la cabeza para ver si, de verdad, allí arriba había algo. Pero no me hacía ninguna falta hacerlo porque ya lo sabía. Por las noches cuando la oscuridad y el silencio bailaban más pegados que de costumbre, sentía como alguien corría de un lado para otro, descansaba varios segundos y lo volvía a repetir en otra dirección, oía pequeños gruñidos de lo que posiblemente fuese un jabalí o un oso herido y muy enfermo y notaba en mis propias carnes como ese extraño ser conseguía lo que nunca antes nada había logrado conseguir, que el terror en estado puro me atrapase.

Puede parecer incluso gracioso pero un día de aquellos me eché en mi cama como solía hacer a menudo y sentí algo así como si un cerrojo comenzase a ceder dentro de mi cerebro. Lo cierto es que no puedo explicarlo como desearía porque ni yo mismo sabía con exactitud que era lo que me estaba sucediendo en realidad. El caso es que algo iba mal y no sabía como debería de reaccionar bajo aquellas circunstancias. Durante el largo periodo de tiempo que allí prevalecí me imaginé a ese bicho con miles y miles de formas distintas, a cuál más temible y aterradora y todas ellas compartían algo en común, unos dientes y garras extremadamente afilados. Mi padre siempre me hablaba de ello y me preparaba psicológicamente para que me transformase en una persona mucho más poderosa de lo que en realidad era. Una persona inmune.

-          No renuncies a tu miedo pero tampoco te entregues a él... hagas lo que hagas conserva siempre la calma e intenta razonar, ¿de acuerdo, hijo?...

De todo aquello transcurrieron ya ocho largos años en los que vivía o, por lo menos intentaba vivir tranquilo, sin sobresaltos. Mi padre falleció cuando yo apenas contaba con catorce años y ese hecho, sin lugar a dudas, marcó un antes y un después en mi corta pero agitada vida. Me gustaría mucho que escucharais mis palabras y que me acompañaseis en un viaje al pasado hasta lo que años atrás era mi ciudad natal, mis amigos y mis miedos. Yo prometo que os contaré toda la historia desde el principio hasta el final sin engaños ni exageraciones, al ritmo de los latidos de mi corazón y con la esperanza de que ya nadie pueda volver a asustarme como alguien o algo intentó hacerlo insistentemente hasta la fecha. Vamos allá.

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