Desde mi posición podía distinguir más ojos rojos al fondo, detrás de viejas estanterías y de bultos tapados con sábanas cubiertas de polvo. Había doce o trece en total y todos ellos transmitían la misma sensación de estremecimiento. Pero cuando me di cuenta de que aquel no era mi lugar, cuanta razón tenía mi padre, ya era demasiado tarde. En aquel polvoriento desván siempre lo fue. Ya no había marcha atrás. Me rodearon clavándome esos condenados ojos y en mi mente el mono consiguió tumbarme y ya se estaba disponiendo a sentarse encima de mi pecho desnudo mientras Mario y Bea compartían carcajadas y gestos de felicidad. Pero... ¿qué demonios hacían ahí? Bueno, eso ya no importaba. El caso es que desobedecí los sabios consejos que mi padre me había ofrecido tiempo atrás y ahora pagaría por ello.
- No tienes por qué preocuparte. Nosotras cuidaremos de ti, justo lo que no consiguió cumplir tu padre. Te voy a contestar una por una a todas las preguntas que te surjan y después nos acompañarás. ¿De acuerdo, pequeño?- la voz ya no tenía ni punto de comparación con la de mi madre. Ahora parecía la de una máquina.- En primer lugar quiero que sepas que yo sigo siendo tu madre aunque no me reconozcas por mi aspecto físico. En segundo lugar no te preocupes por tus amigos, Mario y Beatriz, porque están sanos y salvos lejos de aquí. Esto no va con ellos, es un asunto de familia, ¿no te parece, corazón? Y, por último, todas estas preciosidades a las que tengo el gusto de acompañar no son ni más ni menos que viejas compañeras mías de colegio que, por desgracia, fallecieron por diferentes causas a lo largo de estos últimos años. No tienes por qué desconfiar de ellas. Te lo dice de todo corazón, tu madre.
- Solo tengo una pregunta más que hacerte y espero que seas sincera. ¿Qué pretendes hacer conmigo?- la pregunté en medio de una oscuridad solo rota por diminutos puntitos rojos rodeándonos.
- Esa es la pregunta del millón, pequeño.- en ese preciso instante dio cinco pasos y se me acercó a escasos centímetros de mi piel. Era el monstruo más horrible que había visto jamás. Llevaba algo en su mano derecha pero no pude distinguir de que se trataba hasta que me lo puso a la altura del cuello. Un cuchillo, un enorme cuchillo de cocina de grandes dimensiones. Noté como los puntitos rojos cada vez estaban más cerca y como aparecían más aún al fondo del desván. Ahora ya se podían contar por decenas.- Escúchame hijo, quiero que me prestes toda la atención posible en estos momentos. Seré breve. La culpa por la que yo misma fallecí no la tuvo esa enfermedad tan extraña que conociste, sino tu padre. Él ha sido el único responsable de que yo me marchara al otro barrio y también de que me encuentre ahora mismo enfrente tuyo en el desván de nuestra propia casa con un cuchillo amenazando a la persona que más he querido en el mundo. Él me mató y ahora he venido con todas estas cómplices para vengarme, pero cual ha sido mi sorpresa cuando en vez de encontrarle a él aquí arriba te encuentro a ti. Pensaba que nunca reunirías el valor necesario para subir hasta aquí pero ya veo que estaba confundida. Me has demostrado que ya te has convertido en un hombre, hijo, como tu padre y como a él no le puedo asesinar consumaré mi venganza contra tu propia carne. Al fin y al cabo contáis con la misma sangre, ¿no es así?
ains que nervios!!!!!!!!!!tengo ganas de saber ya como termina eres muy buen escritor y pedazo de historia.
ResponderEliminar