domingo, 27 de febrero de 2011

Las niñas del desván (10)

Era cierto. No mentía. Veintiocho de marzo, el cumpleaños de mi madre. Pero, ¿cómo era posible que lo supiera? Sin ninguna duda aquí había gato encerrado. Alguien se lo había dicho tiempo atrás pero quién y quizá lo más importante de todo, por qué. Las incógnitas comenzaban a formar una pequeña montaña al mismo tiempo que el dichoso simio ya se encontraba a veinte centímetros escasos de mí y me estaba estrechando la mano, sin embargo, algo me decía en mi interior que si por alguna razón me atrevía a estrecharle la mano a aquel mono estaría perdido. Todavía conservaba la linterna en mi mano derecha pero ya apenas me fijaba en la proyección de la luz sino en la forma que esa cosa hubiera adoptado a mis espaldas. Con grandes dosis de valor empecé a girar sobre mí mismo con el fin de descubrir de una vez por todas quien se encontraba detrás de todo esto, quien me había hecho sufrir durante estos últimos años y, por supuesto, quien me impedía dormir en mi propia casa. Solo sabía que la respuesta a todas esas preguntas tenía voz de mujer y más en concreto de mi madre, que en paz descanse. Cuando por fin me di la vuelta y la enfoqué con la linterna no daba crédito a lo que veían mis ojos. Era una niña de unos nueve años, muy parecida a la que me había parecido ver antes, con unas trenzas muy graciosas, ojos verdes y una sonrisa de oreja a oreja la cual llamaba mucho la atención. Estaba vestida con un traje de flores estampadas que le llegaba hasta más debajo de las rodillas y que a su vez le hacía juego con un collar y una pulsera. A primera vista no caí en la cuenta pero segundos más tarde cuando volví a clavar mis ojos en los suyos me percaté de quien era en realidad. Se trataba de mi difunta madre cuando no era más que una muchacha. Había pasado mucho tiempo observando retratos de ella junto con mi padre en el salón y la conocía bien. La reconocería entre un millón, sin lugar a dudas. Lo cierto es que tenía infinitas preguntas que formularla pero en aquel instante se me quedó la mente en blanco. No sabía qué hacer ni qué decir, solo era capaz de respirar con cierta agitación y no quitarle la mirada de encima como si hubiese visto un fantasma. Bueno, en realidad aquella niña era el fantasma de mi madre, no obstante, yo no quería verla como un fantasma sino como una cría normal y corriente.

-          Hoy es veintiocho de marzo, el cumple de tu mamá, ¿no le tienes preparada una sorpresa a tu madre?- me susurró.

De mis labios no brotó ni una palabra, solo silencio, por lo que ella continuó.

-          Pues yo si que le he traído una pequeña cosita a mi hijo para que no se entristezca y para que recuerde a su madre como una gran mujer.

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