sábado, 26 de febrero de 2011

Las niñas del desván (5)

Muchas veces cuando haces o dices alguna cosa no sabes en realidad explicar por qué  te has decidido y eso ha sido lo que por desgracia nos sucedió aquella fría noche de finales de marzo. No sé quien de los tres sacó el tema, ni la razón por la cual lo hizo, pero lo que sí os puedo ratificar es que el desván volvía a estar presente en mi boca y ahora también en la boca de mis más entrañables y respetados camaradas. Mario quería subir ahí arriba, no sé si para experimentar la sensación de miedo, la misma que inundaba todas y cada una de sus excitantes historias, o simplemente para zanjar de una vez por todas el asunto del desván. Bea, por el contrario, se mantenía tan cauta y prudente como siempre y ese se había transformado en el comportamiento que más me gustaba presenciar en aquellos frenéticos instantes. Sin lugar a dudas. Esa misma tarde estuvimos charlando a cerca de qué es lo que podía estar generando tanta incertidumbre y quizá lo más importante de todo, por qué. Llegué incluso a recordar algunas palabras sueltas que mi padre me había contado tiempo atrás. Expresiones nada acordes con su incrédula y suspicaz personalidad como por ejemplo que, lo que allí arriba yacía no era un oscuro y desordenado desván sino una fábrica de sustos, sustos que tarde o temprano se cobraría la vida de más de una persona. Y lo peor de todo es que no estaba muy equivocado. En absoluto.

Lo cierto es que la idea de dejar subir a Mario por esa estrecha y endeble escalerilla, en la cual crujían algunos de sus peldaños al ser pisados, no me seducía nada. Menos mal que aún me acompañaba la esperanza de estar cerca de Beatriz que con sus maduros razonamientos camuflaba a la perfección su verdadera edad. Sin embargo, aquel día la costaba mucho más analizar la situación, pensar y reflexionar, expresarse, como si de alguna forma se hubiera convertido en una esponja capaz de absorber todos los temores que una vez pasaron por su cabeza, como si ese condenado bicho que sobrevivía en el desván la hubiese poseído a su antojo al igual que una triste y apagada marioneta de plástico. Pero Beatriz era una chica muy fuerte, siempre lo ha sido, y lo intentaría por todos los medios como sin con ello le fuera la vida.

¿Quién hubiese imaginado que esa tarde noche estaba marcada con una x desde el primer momento? Prometía ser tan larga y extraña como los ruidos que no paraban de acompañarnos y de incitarnos a averiguar que es lo que ahí dentro acontecía, aunque solo fuese alzar la vista desde la calle a través del pequeño y polvoriento ventanuco. Recuerdo bien como Mario se pasó toda la tarde pensativo, Bea y yo mirábamos como lo hacía. No teníamos ni idea de qué era lo que en aquellos momentos rondaba por su cabeza, pero nos lo podíamos imaginar, por lo menos yo. Sabía mejor que nadie que uno de los deseos de mi amigo era asomar la cabeza y cotillear un poco pero las cosas no eran tan sencillas y los errores prometían pagarse caros, muy caros. La advertencia de mi padre se había convertido como por arte de magia en una inapreciable mota de polvo en un lugar tan mugriento el cual no quiero volver a recordar. Pero era necesario. Uno no puede huir constantemente de su peor pesadilla porque tarde o temprano se agotaría y esta lo acorralaría de una forma y manera magistral. Eso ha sido por lo menos lo que pensé aquella noche y quizá el único motivo por el que no prohibí a Mario pisar de nuevo aquellos peldaños de los que ya apenas me acordaba.

Ellos lo sabían todo, yo mismo fui el encargado de contarles lo de los ruidos, lo de los pequeños intervalos de silencio y cada vez que lo hacía me miraban sorprendidos, perplejos, como si se hubiesen olvidado de pestañear. Aquella noche decidimos hacer una cosa que con toda probabilidad no se me olvidará en el resto de mi vida, decidimos permanecer agazapados en mi cuarto, esperando lo que inevitablemente sucedería, ya que noche tras noche así tenía lugar. Y esperamos un rato que, a mí particularmente, se me hizo eterno hasta que por fin aquel ser comenzó a jugar a su manera con los breves espacios de tiempo emitiendo pequeños ruiditos y combinándolo a la perfección con otros de silencio. Estaba claro que aquella cosa no le gustaba el día, ya que mientras había claridad y hasta que no caía la noche lo aprovechaba para dormir o para, simplemente estar quieto. No os podéis ni imaginar cuanto tiempo me robó, obligándome a estar pendiente de cómo sería en realidad, por qué correteaba de un lado hacia otro en la oscuridad y quizá lo más importante de todo, por qué había escogido, si es que de verdad tuvo la oportunidad de hacerlo, este desván, mi propio desván. Las incógnitas eran tantas y el tiempo que disponíamos para resolverlas tan breve que Mario no resistió más la presión a la que nos manteníamos sometidos y decidió subir. Eran las doce y media de la noche y los tres sabíamos que antes o después había que enfrentarse con aquello, fuera lo que fuese.

No hay comentarios:

Publicar un comentario