Lo cierto es que cuando las zapatillas de Mario desaparecieron de mi vista pensé en lo peor. Pensé en que ya nunca más le volvería a ver y tan solo esa idea bastó para que se me pusieran los pelos de punta. No sabía lo que pensaba Beatriz de todo esto pero me lo podía imaginar. Ese preciso instante en el que, cogidos de la mano, intercambiábamos respiraciones entrecortadas y miradas pensativas ha sido quizá el más largo y angustioso de todos los que abarca mi memoria. Transcurrieron algo más de diez minutos que a mí en particular me pareció hora y media y ya, sin resistir más la tensión del momento, volví a cruzar la mirada con la de Bea y la susurré unas palabras de las que aún me arrepiento en el día de hoy. No articulaba con absoluta claridad las palabras que de alguna forma brotaban de mis labios y el sudor comenzaba ahora más que nunca a cobrar protagonismo sobre mi frente. Yo sabía mejor que nadie, y estoy seguro de que Bea también, que Mario se encontraba en claro peligro y ayudarle en este momento sería lo que cualquier amigo de verdad haría. En todo este lapso de tiempo que prometía ser eterno, Mario no arrojó las canicas por el hueco, no se oía su voz para por lo menos tranquilizarnos y restar un poco de importancia a todo esto, ni siquiera volvimos a oír los ruidos de lo que aquello, fuera lo que fuese, ya nos tenía acostumbrados. Nada. Solo silencio.
- Voy a subir Bea, no soporto más.- la dije en un tono tan convencido que hasta yo mismo me sorprendí de mis propias palabras.
- Espera un poco más, Mario tiene que estar a punto de bajar. No es normal que se tire tanto tiempo allá arriba al no ser que...
- ¡Qué!
- Bueno, al no ser que haya encontrado algo sospechoso y se haya entretenido un poco, ¿no te parece?
Esas palabras estuvieron a punto de convencerme pero no lo hicieron. Los dos sabíamos que Mario no bajaría tan tranquilo por esas escaleras y nos daría una palmadita en la espalda mientras nos dijera tranquilos, todo ha sido invención nuestra, ahí arriba no hay nada. Eso no pasaría, era absurdo. En el momento en que uno se parase un momento a reflexionar se daría cuenta de que allí arriba pasaban cosas extrañas, extrañas de verdad. No había que ser un lince para caer en la cuenta de ello.
Cuando por fin me despojé de su mano un pequeño escalofrío atravesó fugazmente mi cansado y convaleciente cuerpo. El mono al que una vez hizo alusión mi padre se me estaba acercando despacio, muy despacio siempre clavándome esos ojos tan repugnantes en los míos.
- Dios mío, cuanta razón tenía mi padre, que en paz descanse.- pensé.
Mientras me alejaba de ella, ascendiendo por esa maldita escalerilla cerré los ojos e intenté por todos los medios olvidar a ese condenado mono pero en aquel instante y bajo aquellas circunstancias prometía ser algo imposible. Sin darme la vuelta en ningún momento notaba como Bea seguía todos y cada uno de mis movimientos con su mirada con todo el interés del mundo y oía también, aunque de una forma muy vaga, apenas inapreciable, como crujía alguno de los escalones de aquella escalera. Aquella noche y bajo aquel techo todo contaba con suma importancia por lo que no está de más relatar hasta el más mínimo detalle. Cuando por fin volví a abrir los ojos ya solo me faltaban dos escalones más para poder pisar el suelo de ese desván y aunque quisiese darme la vuelta ya no vería a Bea como tuve la oportunidad de haberlo hecho hasta ahora. Nunca antes recuerdo haber conservado los ojos tan abiertos y los cinco sentidos tan en alerta como aquella vez. No quería perderme ni un solo movimiento por insignificante que pareciese porque por primera vez mi vida y la de mi mejor amigo corrían peligro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario